Este haiku condensa la Odisea en tres versos. El Mediterráneo es el viaje; perderse entre las olas es el extravío, el desvío, la deriva; Ítaca es el hogar, la meta, el anhelo que sigue ahí, inmóvil, aguardando. Toda la fuerza del poema está en ese contraste: el verso del medio es movimiento y pérdida, el último es quietud y certeza. El hablante se pierde, pero el destino no.
La palabra decisiva es “espera”. Ítaca recibe la acción; el viajero solo deriva. Eso remite directamente a la “Ítaca” de Cavafis, donde lo valioso es el trayecto y no la llegada. Leído así, “me pierdo” no es un fracaso sino la experiencia misma del viaje, y Ítaca puede esperar porque no hay prisa por llegar.
Admite también una lectura de exilio: el mar como travesía, elegida o forzada, e Ítaca como la tierra de origen a la que se quiere volver o como la tierra nueva adonde se quiere llegar. El poema no resuelve cuál de las dos, porque el destino nunca es un solo camino. Y en un plano más amplio, funciona como imagen de la vida: uno se desvía todo lo que quiera, pero lo esencial —la identidad, el propósito o el final— sigue fijo, esperando.

Mediterráneo
me pierdo entre las olas
Ítaca espera
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Lector empedernido. Arquitecto y especialista en diseño urbano de la Universidad Nacional de Colombia, Maestro en Desarrollo Regional y Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de la Frontera Norte de México. Profesor de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Fundador y Editor en Jefe de la Revista Interdisciplinaria en estudios urbanos Decumanus.