Las protestas en Europa ya tienen culpable para cada bando. Unos culpan a la izquierda, otros a los migrantes. En medio de la polarización casi nadie señala al sistema, y la mayoría tampoco se pregunta realmente qué es.

Por qué hay protestas en Francia, Italia, España y Albania
Los culpables de turno aparecieron antes que el humo. Unas 550.000 personas marcharon en Francia el 17 de octubre de 2026 contra el costo de la vida y el deterioro de las escuelas. En los márgenes de las marchas, grupos violentos saquearon más de 1.500 comercios, incendiaron el ayuntamiento histórico de Limoges y dejaron 1.144 agentes heridos, según el Ministerio del Interior. Hubo 2.628 detenidos.
El mismo día ardió el centro de Milán, Albania sumó una semana de disturbios contra Edi Rama y España llevaba un mes de acampadas por la vivienda.
Qué es el sistema según la sociología
El sistema es más grande que sus sospechosos; es el conjunto de estructuras que funcionan cada una con su propia lógica y se alimentan entre sí. Fíjate en el detalle. La salida de una es la entrada de otra, y el resultado es un comportamiento global que nadie decidió y que ningún gobierno controla del todo.
El sociólogo alemán Niklas Luhmann dedicó su obra a describir esa arquitectura. Para él, la sociedad moderna se divide en subsistemas que operan cada uno con un código binario propio. La economía distingue entre pagar y no pagar, el derecho entre legal e ilegal, la política entre gobierno y oposición, los medios entre lo que es noticia y lo que no lo es, y la escuela selecciona con sus calificaciones quién avanza. Cada subsistema se reproduce a sí mismo con su lógica, ignora la de los demás y depende de ellos al mismo tiempo.
La científica ambiental Donella Meadows, autora de Thinking in Systems (2008), añadió una regla práctica. El propósito real de un sistema se deduce de lo que hace, declare lo que declare. Según Meadows, lo que más transforma un sistema son los paradigmas que lo sostienen, muy por encima de las personas que ocupan sus cargos.
Jürgen Habermas completó el cuadro en Teoría de la acción comunicativa (1981). Distinguió el sistema, que se coordina con dinero y poder, del mundo de la vida, que se coordina con sentido, familia, comunidad y conversación. Las crisis llegan cuando el sistema coloniza el mundo de la vida, o sea, cuando la casa, la escuela y el tiempo de las personas pasan a medirse solo con la vara del dinero y del poder.
Esa colonización es lo que este artículo llama deshumanización.
“Criticar el sistema es de izquierda”
El mapa político de este otoño desmiente que el problema tenga un color. Francia la gobierna un centrista, Emmanuel Macron, con su cuarto primer ministro desde 2024. Italia la gobierna la derecha de Giorgia Meloni. España la gobernaba la izquierda de Pedro Sánchez. Albania la gobierna desde 2013 el socialista Edi Rama, en su cuarto mandato. Cuatro orientaciones distintas enfrentan los mismos síntomas porque operan dentro de la misma red.
Y la red sigue igual cuando cambia el gobierno.
Buena parte del público cree que criticar el sistema equivale a ser comunista. El comunismo fue el intento de fundir todos los subsistemas en uno solo. El partido controlaba la economía, el derecho, los medios y la escuela, y cada código quedaba subordinado al código político. En términos de Luhmann, eso es una desdiferenciación, y la historia del siglo XX muestra cómo termina.
Criticar el sistema con rigor consiste en estudiar sus circuitos y corregir los que dañan, sin entregar todo a un poder único.
Quién está detrás de los disturbios en Francia

La violencia, la radicalización y la polarización son la forma del malestar. La causa está debajo.
El relato público mezcla a tres personajes. El que saquea una tienda es un oportunista, y tras los disturbios franceses de 2023 la inspección oficial encontró motivos políticos en el 0,3 % de los casos. El que ataca un ayuntamiento puede tener causa, la de una ultraizquierda que quiere destruir las instituciones. El estudiante que marchó en paz por su liceo —el único que hacía política para participar en ella— es el que perdió el relato.
La polarización alimentó a reaccionarios en los dos extremos. De un lado, los black blocs que queman ayuntamientos contra “el sistema”. Del otro, Éric Zemmour pidiendo remigración y Marion Maréchal hablando de disturbios étnicos. Cada uno usa el fuego para confirmar su verdad absoluta, y los dos crecen porque el sistema, el real, no ofrece respuestas. El 24 de octubre esa polarización pasó a la calle. Según el ministro del Interior, Laurent Nuñez, grupos organizados de extrema derecha se enfrentaron a militantes de extrema izquierda en Niza y Montpellier.
La forma de movilizarse también cambió. En Italia, la jornada del 17 la convocó el movimiento Italia in Piazza por TikTok, sin líderes ni partidos. De los 72 jóvenes llevados a la jefatura de Milán, 44 eran menores y casi ninguno tenía antecedentes. Muchos copiaron gestos virales de Francia, la forma más burda de decir “le ganamos algo al sistema”.
Qué medidas tomaron los gobiernos contra las protestas
La respuesta del poder es otro síntoma. Para el acto II del 24 de octubre, Francia desplegó 70.000 policías y gendarmes, soldados de la Operación Sentinelle custodiando edificios y prohibiciones de recorridos, con prioridad para las marchas de sindicatos y partidos. El dispositivo funcionó contra los saqueos. Hubo 24 comercios saqueados frente a 1.522 la semana anterior, 53 agentes heridos frente a 1.144 y 1.435 detenidos, según el balance actualizado de Nuñez. La portavoz del gobierno, Maud Bregeon, resumió que el Estado se impuso.
Ah, pero aun así marcharon 410.000 personas según el ministerio y 800.000 según la CGT, la patronal del comercio calcula caídas de ventas de alrededor del 80 % y los chalecos amarillos convocan el acto III para el 31 de octubre. Nuñez dijo esperar nuevos disturbios ese día.

Este lunes 26, desde Marsella, Macron dijo haber pedido al gobierno que responda a las reivindicaciones legítimas que están en el origen del movimiento, y Lecornu recibió a las organizaciones de estudiantes antes de anunciar medidas. Las cifras siguen sin conocerse, y el margen es estrecho con las finanzas públicas bajo presión y un presidente que deja el cargo en abril.
El resto de Europa reacciona con el mismo reflejo. En Italia, la jornada del 24 llevó a unas 15.000 personas a las calles de Milán, los choques más duros fueron en Bolonia y en Roma un grupo entró al Coliseo forzando el acceso. Hubo casi 5.000 identificados y nueve arrestos, y Meloni invocó las medidas que acababa de aprobar su Consejo de Ministros para prevenir la violencia.
En Albania, Rama anunció el 26 un paquete contra lo que llamó anarquía urbana, con multas de hasta 5.000 euros por participante, un registro electrónico de sospechosos de delitos contra el orden público y la facultad policial de exigir el borrado de publicaciones en redes. Esa misma noche, los manifestantes quemaron las sillas que Rama había colocado frente a su oficina como invitación al diálogo. Hasta Vladímir Putin intervino, al responder que las acusaciones contra Rusia por la violencia evidencian la debilidad de algunos líderes europeos.
El orden contuvo la forma del malestar. La causa sigue en la calle.
¿Estamos ante un cambio de era?
Las señales son tres, y el ciclo es largo. El investigador Peter Turchin estudió siglos de crisis con modelos cuantitativos. En 2010 publicó en la revista Nature que Estados Unidos y Europa occidental entrarían en una fase de inestabilidad hacia 2020, y en End Times (2023) condensó su teoría estructural-demográfica. Tres variables preceden a la inestabilidad, y la Europa de 2026 marca las tres.
La primera es el empobrecimiento popular. En Italia los alquileres subieron un 35 % entre enero de 2021 y septiembre de 2026, según Immobiliare.it, y en España un alquiler medio consume casi el 80 % de un salario mínimo prorrateado.
La segunda es la sobreproducción de élites, más aspirantes formados que posiciones para ellos. Su equivalente más visible son los estudiantes franceses que protestan por Parcoursup y por liceos sin profesores, o los albaneses que quemaron una maleta frente al Ministerio de Educación para decir que se niegan a emigrar.
La tercera es la crisis fiscal del Estado. Francia contiene el déficit mientras los estudiantes reclaman 10.000 millones de euros para educación, y el gobierno de François Bayrou cayó en 2025 tras proponer un recorte de 43.800 millones.
El detonante llegó de fuera. Desde febrero de 2026, la guerra entre Estados Unidos e Irán bloquea el estrecho de Ormuz y empuja el barril Brent por encima de los 100 dólares. El choque petrolero de 1973 cumplió una función parecida y cerró en Francia los Treinta Gloriosos, la era de crecimiento de posguerra.
La escala larga la aportan otros autores. John Glubb calculó en The Fate of Empires (1976) que los imperios duran unos 250 años, cerca de diez generaciones. Ray Dalio sostiene en The Changing World Order (2021) que los grandes órdenes mundiales se agotan en ciclos de duración parecida, con deuda, desigualdad y conflicto interno. La Revolución Industrial arrancó hacia 1760, y doscientos cincuenta años después estamos aquí.
Karl Polanyi explicó en La gran transformación (1944) la mecánica social de esos cambios. Cuando el mercado arrasa con la vida social, la sociedad reacciona y exige protección. Hoy la exige en la calle, a veces quemando lo que debería protegerla. Antonio Gramsci dejó escrito en sus Cuadernos de la cárcel que la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y que en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más variados.
En un interregno, la verdad absoluta es el primer síntoma.

Qué va a pasar en Europa después de las protestas
Desde dentro es casi imposible distinguir un cambio de era de una crisis fuerte dentro de la misma era. Suena redundante, pero no deja de ser cierto. Los ciclos de Glubb y Dalio se trazan con más claridad hacia atrás, y Glubb trabajó con muestras históricas escogidas a conveniencia. Turchin es el único con modelos cuantitativos, y sus predicciones marcan tendencias, sin fechas exactas.
Lo que sí puede medirse es la concentración de síntomas en varios países a la vez, y el calendario dirá cuánto pesan. Los chalecos amarillos convocan el acto III el 31 de octubre y los sindicatos franceses marchan el 5 de noviembre. Italia tiene huelgas generales el 30 de octubre y el 20 de noviembre. España va a la huelga general el 11 de noviembre y a las urnas el 29. Francia elige presidente en abril de 2027.
Los indicadores están encendidos. Quien solo discute los síntomas llegará tarde a la ruptura.

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

