Irán congela el canal con Washington mientras Israel acelera en el Líbano

La suspensión de los contactos indirectos entre Teherán y Washington, la amenaza de cerrar Ormuz y la ofensiva israelí más allá del Litani ponen en coma el memorándum de 60 días. Quién gana con que la guerra continúe es casi una postal.

Todo se derrumbó

Marco Rubio busca acuerdo entre Israel y Líbano

La agencia iraní Tasnim y diversos medios internacionales informaron que Teherán suspendió el intercambio de mensajes con Estados Unidos a través de mediadores, en respuesta directa a la ofensiva israelí en Líbano.

La suspensión viene acompañada con la advertencia de bloquear el Estrecho de Ormuz por completo. Al mismo tiempo, el secretario de Estado Marco Rubio encabeza en Washington un canal de negociación entre Israel y el Líbano para intentar una desescalada gradual. Al parecer, no llegó a tiempo, o Bibi se le adelantó.

¿Quién sabe?

En apariencia son dos procesos distintos; en la práctica, forman parte de un mismo tablero donde las decisiones militares de Israel le ofrecen a Irán el argumento perfecto para congelar la vía diplomática con Estados Unidos sin pagar ningún costo político interno o regional.

El memorándum en coma

Estrecho de Ormuz

La suspensión del diálogo indirecto coloca el memorándum de entendimiento de 60 días en una especie de coma inducido: sin intercambio de borradores, sin horizonte de firma y condicionado a una reconfiguración completa del escenario militar.

El memorándum, tal como se venía describiendo en filtraciones y reportes, buscaba tres objetivos simultáneos: prolongar un alto el fuego general, garantizar el libre tránsito en Ormuz y abrir una ventana para retomar el debate sobre el programa nuclear iraní junto a mecanismos de ayuda humanitaria.

Al suspender los contactos, Teherán congela el único instrumento que podría haber funcionado como contención mínima a la escalada regional y envía un mensaje directo a Washington: mientras su aliado israelí intensifique la devastación en Líbano, la posibilidad de un acuerdo razonable con Irán permanece fuera del alcance.

Irán, Israel y la colisión de agendas

La posición iraní parte de una premisa explícita: todos los frentes de la región están interconectados, y cualquier acuerdo —sea energético, nuclear o estrictamente de seguridad— debe reflejar esa interdependencia. La ofensiva israelí en Líbano, sumada a la situación en Gaza, se convierte así en condición previa para cualquier avance con Estados Unidos.

Del lado israelí, el relato oficial insiste en la lógica de la seguridad nacional y en la necesidad de desmantelar la infraestructura militar de Hezbollah para permitir el retorno seguro de decenas de miles de civiles desplazados del norte de Israel. Pero la realidad sobre el terreno muestra un patrón diferente, bastante nefasto y terrorífico. Bombardeos intensivos, destrucción de infraestructuras civiles y una expansión territorial que incluye la captura del castillo de Beaufort y el cruce del río Litani. Esos hitos señalan una ofensiva que redibuja el mapa de control en el sur del Líbano antes que una operación acotada contra una milicia.

¿Hasta cuándo las justificaciones absurdas mientras el resto mira a otro lado?

Trump y Netanyahu

El resto es Europa y estados Unidos, pero esa es otra historia. El caso es que, en esa tensión, la referencia permanente a Hezbollah funciona, desde buena parte del mundo árabe y desde múltiples organizaciones de derechos humanos, como coartada para justificar una doctrina de devastación estructural del territorio libanés. La analogía con Gaza es inevitable.

La destrucción de hospitales, escuelas y barrios residenciales, junto al elevado número de víctimas civiles, ha colocado a Israel en el centro de investigaciones en la Corte Internacional de Justicia y en la Corte Penal Internacional por posibles crímenes de guerra o crímenes de lesa humanidad. Organismos como la ONU, Amnistía Internacional y la OMS han advertido que la pauta de ataques a infraestructura protegida viola los principios de distinción y proporcionalidad previstos en el Derecho Internacional Humanitario.

Israel sostiene que esos objetivos pierden su protección cuando son utilizados con fines militares, alegando el uso sistemático de escudos humanos. El nudo jurídico y político, sin embargo, reside en la escala de la destrucción y en la relación entre el daño civil y la ventaja militar obtenida: cuando la respuesta militar arrasa con el tejido urbano y social de un país vecino, la categoría de seguridad nacional empieza a funcionar como dispositivo retórico antes que como descripción honesta de lo que ocurre.

Dos vectores de reactivación parcial

Las perspectivas para el memorándum de 60 días son, en el mejor de los casos, remotas. Irán ha condicionado de manera explícita cualquier regreso a la mesa a un cese total de las operaciones israelíes en Gaza y Líbano, algo que choca frontalmente con la intensificación de la campaña israelí más allá del Litani. Los choques directos entre fuerzas estadounidenses e iraníes en las últimas semanas reducen además el margen de confianza necesario para un acuerdo de mínimos.

Quedan dos posibles vectores de reactivación parcial.

El primero pasa por que la mediación de Washington entre Israel y el Líbano logre una desescalada suficiente en el frente norte como para desactivar el principal argumento político de Teherán para congelar el memorándum.

El segundo pasa por que el impacto económico de un bloqueo efectivo o parcial de Ormuz —con sus efectos sobre el precio del crudo, la inflación y las cadenas de suministro— fuerce a las potencias a impulsar un acuerdo específico sobre tránsito marítimo y energía, incluso si el conflicto en Líbano queda fuera del paquete.

Ninguna de estas vías depende exclusivamente de la voluntad de Estados Unidos. Ambos caminos pasan por una decisión política que hoy parece improbable: que el gobierno de Benjamin Netanyahu acepte frenar una ofensiva que se ha convertido también en un mecanismo de supervivencia para su coalición interna.

Quién gana con que la guerra continúe

Israel ataca Líbano

Bastante obvio, pero lleva una explicación que no muchos aceptan. El panorama deja una sensación incómoda cuando se mira en conjunto. Mientras se discute un memorándum de 60 días, lo que se consolida es una arquitectura de violencia pensada para durar décadas. El instrumento diplomático queda rehén de un Netanyahu atrincherado que depende directamente de una coalición con partidos de extrema derecha. Un acuerdo de paz definitivo o un alto el fuego prolongado podría provocar la ruptura de su gabinete, forzar elecciones anticipadas y reactivar los procesos judiciales en su contra. Washington parece incapaz de imponer límites claros a su principal aliado militar en la zona porque actúa a lo que le conviene y punto.

Estados Unidos debe, de una vez y por todas, controlar la insaciable rabia de su aliado o esta guerra se seguirá descontrolando con su corrosivo impacto económico hacia otras regiones, sin contar el sufrimiento provocado, cosa que a ninguno de los 3 actores, al parecer le interesa.

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