Somos nuestro cerebro según la neurociencia, que lleva décadas documentando la correlación entre actividad neural y experiencia consciente con un grado de detalle que ningún filósofo discute. La filosofía de la mente responde que esa correlación demuestra bastante menos de lo que aparenta, y el desacuerdo tiene una prueba concreta que puedes hacer ahora mismo, sentado donde estás.
Levanta el brazo porque quieres levantarlo. Esa frase describe con exactitud lo que acaba de pasar y sobrevive a cualquier examen razonable.

Lo que significa
Ahora describe lo mismo en el otro idioma. Un potencial de acción recorrió la corteza motora, viajó por el tracto corticoespinal, liberó acetilcolina en la unión neuromuscular y contrajo el bíceps. Esa segunda frase también describe con exactitud lo que acaba de pasar, y tiene una propiedad.
Tenemos entonces dos explicaciones completas de un solo movimiento. Una sobra.
Jaegwon Kim construyó su carrera alrededor de ese excedente. Publicó el argumento en 1998 y la filosofía de la mente todavía lo rodea buscando la grieta. La forma del problema tiene la simplicidad de las trampas buenas.
Todo efecto físico tiene causa física suficiente, porque de eso vive la ciencia natural entera. Los estados mentales dependen de los estados cerebrales, porque dos cuerpos idénticos átomo por átomo sienten lo mismo. Un mismo efecto admite una sola causa suficiente, porque el mundo tiene la costumbre de hacer las cosas una sola vez. Y tu decisión mueve el brazo, porque la alternativa consiste en aceptar que la vida mental entera es un pasajero mirando por la ventanilla.
Las cuatro afirmaciones parecen obvias por separado. Juntas se contradicen.
El pulpo que rompió la teoría de la identidad mente-cerebro
La salida antigua consiste en declarar que la decisión y el potencial de acción son la misma cosa nombrada de dos maneras, como el agua y el H₂O. Los defensores de la Teoría de la Identidad lo sostuvieron en los años cincuenta con entusiasmo, hasta que Hilary Putnam preguntó en 1967 qué ocurre con el dolor de un pulpo.
El pulpo tiene un sistema nervioso repartido por los brazos y sin corteza, y siente dolor. Si el dolor humano equivale a un patrón neural específico, entonces el pulpo carece de dolor por definición, lo cual convierte una tesis metafísica en una decisión de vocabulario. La identificación se rompe en cuanto el mismo estado mental aparece en hardware distinto.
De ahí salió el funcionalismo, que definió lo mental por su papel. El dolor pasó a ser cualquier cosa que se active con el daño tisular, provoque retirada y genere aprendizaje de evitación, con independencia del material.
La maniobra funcionó durante cuarenta años y dejó un residuo que sigue ahí. Un sistema puede reproducir cada relación causal del dolor —el estímulo, la retirada, el aprendizaje— y queda la pregunta de si le duele. La descripción funcional captura cada relación causal y deja fuera lo único que nos importaba, el hecho de que arde.
El problema difícil de la conciencia

Thomas Nagel puso la fórmula célebre en 1974 preguntando qué se siente ser un murciélago. Frank Jackson la afiló en 1982 con Mary, una científica que crece en un cuarto en blanco y negro y aprende toda la física del color desde adentro; longitudes de onda, fotorreceptores, procesamiento en la corteza visual, y sale un día al jardín. Si Mary aprende algo al ver el rojo por primera vez, entonces la descripción física completa dejaba algo afuera. Jackson se retractó en 1998, detalle que sus admiradores mencionan poco.
Queda la salida de negar que el dolor duela. Paul y Patricia Churchland vienen diciendo desde los años ochenta que la psicología cotidiana constituye una teoría empírica falsa, del linaje del flogisto, y que las creencias y los deseos correrán la suerte de los espíritus vitales cuando la neurociencia madure.
Keith Frankish suavizó la posición en 2016 llamándola ilusionismo, donde la conciencia existe como el error de representación que el sistema comete sobre sí mismo. La objeción se escribe sola. Una ilusión tiene que aparecerle a alguien, y esa aparición vuelve a ser el fenómeno que se pretendía disolver.
Panpsiquismo
Bertrand Russell hizo en 1927 una observación que tardó ochenta años en volverse útil. La física describe la estructura relacional de la materia y calla sobre su naturaleza intrínseca. Las ecuaciones dicen cómo se comporta la masa frente a la fuerza y la aceleración, cómo responde la carga a otras cargas, cómo se relaciona todo con todo. El contenido de esa red de relaciones permanece fuera del alcance del método. La física entrega un mapa exhaustivo de cómo actúa la materia, con un hueco en el centro donde debería estar qué es.
Galen Strawson y Philip Goff construyeron sobre ese hueco la posición más interesante del debate contemporáneo. La experiencia ocupa el vacío. Las propiedades fenoménicas constituyen la naturaleza intrínseca de eso que la física describe desde afuera, y el universo tiene un adentro que la ciencia mide sin tocar.
La consecuencia deja perplejo a cualquiera al principio. Si la experiencia constituye la naturaleza intrínseca de la materia, entonces algo parecido a la experiencia baja hasta el nivel de las partículas. La posición se llama panpsiquismo y arrastra un siglo de mala reputación como misticismo con corbata. Su virtud aparece frente al argumento de Kim.
La trampa de Kim funciona porque dos causas compiten por un mismo efecto, y aquí desaparece la competencia. Un solo hecho, descrito desde afuera por la física y constituido desde adentro por la experiencia. Nada compite consigo mismo, y el brazo se levanta una sola vez por una sola razón vista de dos maneras.
La deuda tiene nombre desde 1890, cuando William James la señaló. Miles de millones de micro-experiencias neuronales tendrían que sumar una experiencia unificada, la tuya, la de esta mañana, la que lee esta frase, y el mecanismo de esa suma permanece pendiente. Se llama el problema de la combinación y Goff le dedica su trabajo reciente sin cerrarlo.
Esa deuda parece preferible a las otras cuentas. Quien niega que la experiencia exista niega el único dato que cada quien tiene de primera mano. Aceptar que exista sin poder causal convierte toda deliberación moral en una película que el cerebro se proyecta después de actuar. Reducirla a papel funcional deja el ardor del dolor fuera del inventario del mundo.
El panpsiquismo conserva la física intacta, conserva la experiencia intacta y traslada la dificultad a un problema de composición, que es un problema técnico con esperanza de solución antes que una contradicción.
Por qué creemos que somos nuestro cerebro deja varias preguntas abiertas
Francisco Ortega y Fernando Vidal documentaron en 2017 cómo la fórmula que identifica a la persona con su cerebro se convirtió en sentido común popular con sus fundamentos pendientes de demostración. La imagen del escaneo cerebral funciona hoy como retrato del alma, con efectos concretos en tribunales, aulas y publicidad farmacéutica. El diagnóstico acierta como sociología.
La pregunta metafísica sigue en otro lugar, y es que, si somos nuestro cerebro, esto pudiera admitir varias respuestas afirmativas dentro de posiciones coherentes. La pregunta de qué hace la experiencia dentro de un universo que se explica sin ella permanece abierta. Levantas el brazo, sabes por qué lo hiciste, y la pregunta de por qué esa certeza tiene derecho a existir permanece abierta…

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

