El Secretario de Defensa Pete Hegseth en Guantánamo y CUPET espera

La misma semana en que Washington anunciaba el mayor envío de combustible estadounidense a Cuba en más de sesenta años, el Secretario de Defensa viajó a la Base Naval de Guantánamo y los reguladores frenaron el acuerdo energético que prometía aliviar la asfixia de la isla. Las dos piezas encajan. Forman una arquitectura de presión.

Pete Hegseth se reúne con unidades del Comando Central

pete hegseth en guantánamo

El Secretario de Defensa, Pete Hegseth, viaja a la Base Naval de Guantánamo para reunirse con tropas y revisar la situación en uno de los enclaves militares más sensibles del planeta. La justificación oficial habla de supervisar al personal desplegado y atender la agenda del Comando Central.

Hegseth ya había visitado la base en febrero de 2025, en un viaje destinado a supervisar operaciones militares y el manejo de migrantes en Guantánamo.

Ahora, el contexto es otro.

La visita llega en medio de un endurecimiento de la política de Washington hacia La Habana, después de nuevas sanciones contra Miguel Díaz-Canel, su familia y parte de la cúpula militar cubana. NTN24 reportó palabras del Secretario de Defensa diciendo que “el Departamento de Guerra va a estar preparado y dispuesto para cualquier eventualidad” referido al régimen cubano.

El salvavidas condicionado de Vanguard Energy

Cupet

En el terreno económico, la empresa Vanguard Energy, con sede en Florida, anunció un contrato con la compañía estatal CUPET para enviar gasolina y diésel a Cuba, usando instalaciones en la isla y presentando la operación como suministro al sector privado, embajadas y organizaciones humanitarias.

El volumen proyectado, unos 250,000 barriles por cargamento, convertía la operación en el mayor envío de combustible estadounidense a Cuba desde el inicio del embargo en los años sesenta.

Para un país con crisis energética crónica, apagones que afectan a buena parte de la población y dependencia casi total de importaciones desde Venezuela, Rusia o México, la noticia sonaba a alivio inesperado. Funcionarios estadounidenses bajaron ese entusiasmo de inmediato.

Vanguard Energy carece de una licencia específica para ese tipo de operación bajo el régimen de sanciones vigente. El acuerdo existe sobre el papel, pero su viabilidad depende de la interpretación —y de la voluntad política— del gobierno norteamericano.

El detalle técnico es decisivo. Las regulaciones estadounidenses contemplan excepciones bajo la figura de “Apoyo al Pueblo Cubano”, que permiten transacciones con actores privados o humanitarios, condicionadas a que el beneficio quede fuera del aparato estatal y de GAESA. Vanguard intenta moverse en esa zona gris.

Washington tiene la última palabra sobre qué cuenta como apoyo al pueblo y qué cuenta como apoyo al régimen, y esa decisión recae en el Departamento del Tesoro.

La arquitectura de la presión

Guantánamo y el combustible forman un patrón. La visita de Hegseth exhibe músculo militar en territorio cubano bajo bandera estadounidense. El caso Vanguard Energy exhibe músculo regulatorio en el área económica más sensible para la isla, la energía. Las dos piezas se apoyan en una tercera, las sanciones financieras y personales contra la dictadura cubana.

El objetivo va más allá del castigo. Administra el nivel de oxígeno que le llega al régimen. Controlar un gran cargamento de combustible significa decidir cuánto margen tiene el gobierno de La Habana para manejar apagones, transporte, agricultura, servicios básicos. Es regular, literalmente, el flujo de energía que sostiene —mal que bien— la economía y la vida cotidiana de millones de personas.

Mantener Guantánamo en el centro del foco mediático consolida la idea de que Cuba vuelve a ser frontera de seguridad nacional para Estados Unidos, sea por razones migratorias, por presencia de actores extrahemisféricos o por cálculo político interno. El viaje de un secretario de Defensa se programa, se comunica y se deja ver para que el mensaje circule hacia fuera y hacia dentro.

Estados Unidos combina tres herramientas —militar, regulatoria y financiera— para encarecer el costo de gobernar Cuba bajo el modelo totalitario actual.

La Habana convierte cada uno de estos gestos en material para la narrativa de plaza sitiada. El régimen recicla la presión externa en cohesión interna, bajo la lógica de que el ataque obliga a cerrar filas mientras busca un salvavidas de manera desesperada para seguir con el control de la isla mientras se vende como víctima de la situación.

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