Un informe de 100 páginas preparado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, titulado «Cuba, la capital del comunismo del siglo XXI», documenta la campaña de subversión que el régimen cubano ha sostenido contra el país del norte desde 1959.
El punto de partida es una carta que Fidel Castro escribió a Celia Sánchez en 1958, un año antes de tomar el poder. Ahí anuncia que, terminada la guerra en Cuba, empezará para él una guerra «mucho más ancha y grande» contra los americanos, y la llama su verdadero destino. El informe sostiene que esa promesa se cumplió durante 67 años y en todos los frentes disponibles.
La escala de la operación

Las cifras que el documento reúne dibujan el tamaño real de la empresa revolucionaria. Al menos 20.000 guerrilleros de casi todos los países latinoamericanos se entrenaron en Cuba durante las tres primeras décadas del castrismo, según un análisis del Departamento de Estado de 1985.
Otros 20.000 pasaron por la Isla de la Juventud entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta. En 1986 América Latina concentró el 55 por ciento de los incidentes de terrorismo internacional contra objetivos estadounidenses, y para 1989 la proporción llegó al 64%, sostenida por unos 27 grupos guerrilleros respaldados por La Habana que sumaban cerca de 25.000 hombres armados. En África, estimados de la CIA de los años ochenta ubicaban 49.000 efectivos cubanos en la región subsahariana, y el propio conteo oficial cubano habla de 385.908 combatientes internacionalistas.
Detrás de esas cifras hay una doctrina. Cuba se separó temprano del marxismo soviético para construir una variante propia, ordenada alrededor de agravios raciales, sociales y civilizatorios más que del conflicto económico de clases. El informe llama a esa mutación el corazón ideológico de la izquierda radical contemporánea, y sostiene que sobrevivió al derrumbe de la Unión Soviética y hoy goza de algo parecido a la hegemonía en los círculos de izquierda dentro y fuera de Occidente.
El imperio de espionaje
La parte más sólida del informe reconstruye el aparato de inteligencia. El 6 de junio de 1987 el mayor Florentino Aspillaga Lombard cruzó la frontera checoslovaca y se presentó en la embajada estadounidense en Viena. Aspillaga había recibido una condecoracón personal de Castro y llegó dispuesto a entregar todo lo que sabía. Su revelación central desarmó a la CIA. Prácticamente todos los espías que la agencia creía haber reclutado dentro de Cuba desde Bahía de Cochinos en 1961 eran en realidad agentes dobles al servicio de La Habana. Durante más de 20 años la CIA administró como inteligencia lo que era desinformación curada por el régimen.

Los casos posteriores confirman el patrón y le ponen nombre. Ana Belén Montes espió 17 años desde la Agencia de Inteligencia de Defensa, donde llegó a ser la principal analista estadounidense sobre Cuba, y entregó información que pudo costar vidas de militares estadounidenses en América Latina.
Víctor Manuel Rocha operó medio siglo como agente cubano mientras ascendía a embajador de Estados Unidos en Bolivia y asesor del Comando Sur, y él mismo admitió haber cultivado durante cincuenta años una fachada de hombre de derecha para camuflar su lealtad a La Habana.
Walter Kendall Myers filtró información durante 30 años desde el Departamento de Estado y recibió cadena perpetua. La Red Avispa, desmantelada en 1998, penetró instalaciones militares en Florida y contribuyó al derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate en 1996, con cuatro muertos.
James Olson, exjefe de contrainteligencia de la CIA, resumió la situación: “Son mucho mejores de lo que jamás fue la KGB.” El rasgo que vuelve a este servicio tan difícil de combatir es el reclutamiento por convicción. Montes, Rocha y Myers actuaron por ideología y sin pago significativo, y esa ausencia de rastro financiero los volvió casi invisibles para una contrainteligencia entrenada para seguir el dinero.
La Dirección de Inteligencia cubana, heredera de la DGI, sigue siendo uno de los servicios de inteligencia humana más eficaces del mundo, y oficiales estadounidenses retirados calculan que conserva decenas de agentes sin identificar dentro del país, algunos en posiciones altas del gobierno.
Cómo se fabrica un creyente
Cuba forma creyentes antes que comprar espías. Frente al modelo ruso o chino, apoyado en el soborno y la coerción, La Habana se especializó en reclutar creyentes incondicionales a quienes la lealtad les sale gratis. Las universidades de élite funcionan como el vivero principal. El régimen identifica a estudiantes de izquierda en su momento de máxima maleabilidad en instituciones como Yale, Harvard, Georgetown y Johns Hopkins, y los desarrolla durante años hasta que alcanzan posiciones de acceso. Montes fue captada como estudiante de posgrado en Johns Hopkins, y Rocha fue cultivado en la Ivy League antes de entrar al servicio diplomático.
La captación se apoya en una infraestructura de fachada. El ICAP, fundado en 1960, coordina las redes de solidaridad y sirve de nexo central, y la Brigada Venceremos ha llevado a unos 10.000 activistas estadounidenses a la isla desde 1969, en un programa que un reporte del Senado de 1975 describió como una pantalla del aparato de inteligencia cubano. Dentro de esos campamentos, oficiales de la Dirección de Inteligencia se mezclan con los brigadistas para evaluarlos y seleccionar activos. El informe llama turismo revolucionario a esa mecánica, y la extiende a los programas de intercambio y a las becas de la escuela de medicina ELAM.
El tercer resorte es la solidaridad racial. Desde los años sesenta el régimen enmarca la lucha interna de las minorías estadounidenses como un frente de la guerra global contra el imperialismo yanqui, y ofrece a sus líderes un trato de alfombra roja con recursos concretos, desde emisoras de radio hasta foros internacionales. La paciencia completa el modelo. La inteligencia cubana cultiva a un activo durante décadas antes de que llegue al poder, lo instruye para construir una “leyenda” o fachada, y lo clasifica primero como vínculo útil o actor híbrido antes de convertirlo en agente pleno.
La genealogía de la izquierda radical
Con ese método, el informe traza la genealogía cubana de la izquierda radical estadounidense. Robert F. Williams transmitió “Radio Free Dixie” desde La Habana con un transmisor que le facilitó Castro, y el libro que escribió en la isla influyó en la fundación de los Panteras Negras. Los Weathermen organizaron la primera Brigada Venceremos con instrucciones del gobierno cubano y usaron los canales diplomáticos de la isla como red de comunicación durante su campaña de atentados.
Stokely Carmichael articuló en La Habana, en 1967, la doctrina del poder negro como frente interno de la revolución tercermundista. Assata Shakur, condenada por el asesinato de un policía de Nueva Jersey y asilada en Cuba hasta su muerte en 2025, se convirtió en el ícono fundacional de Black Lives Matter, cuya web principal exhibe una cita suya en portada.
La red de influencia hoy
La misma arquitectura llega al presente con nombres actuales. El ICAP, dirigido hoy por Fernando González Llort, espía convicto de la Red Avispa, coordina más de 2.000 organizaciones de solidaridad en 150 países, y desertores calculan que el 90% de su personal está afiliado a la Dirección de Inteligencia. El People’s Forum, financiado con 22,4 millones de dólares de la red del magnate Neville Roy Singham, opera como cara visible de esa influencia en Nueva York a través de su director Manolo De Los Santos, con vínculos directos con Miguel Díaz-Canel.
La Red Nacional sobre Cuba distribuyó en junio de 2026 un plan de respuesta rápida para coordinar acciones contra bases militares, edificios federales y centros de ICE en caso de una acción militar estadounidense contra la isla. Las delegaciones de los Socialistas Demócratas de América a Cuba desde 2022 fueron organizadas por el ICAP y recibidas por Díaz-Canel en persona. En junio de 2026 el Departamento de Estado sancionó al ICAP y a la agencia de viajes Amistur bajo la Orden Ejecutiva 14404.
El informe suma a esa continuidad nombres de mayor peso político, y aquí conviene leer con cuidado. Cita a Karen Bass, actual alcaldesa de Los Ángeles y antigua organizadora de la Brigada Venceremos, como ejemplo de la penetración de esas redes en el poder institucional. El dato biográfico está documentado, aunque la inferencia de influencia pertenece a la capa de asociación del informe más que a la de prueba, y el lector debe sostener esa distinción.
El capítulo geopolítico
Rusia y China triplicaron su personal de inteligencia en Cuba desde 2023. La isla alberga 18 instalaciones conocidas de inteligencia de señales, dos operadas por Rusia y tres por China, incluida la histórica base de Bejucal, donde imágenes satelitales de 2025 detectaron una antena circular capaz de monitorear señales entre 3.000 y 8.000 millas.
Cuba hospeda además la mayor instalación de inteligencia de señales de Rusia fuera de su territorio, a 90 millas de la costa estadounidense. Irán ha usado suelo cubano para guerra electrónica contra Estados Unidos y, según reportes de inteligencia que el documento cita, ha suministrado drones de ataque al régimen. Cuba renta así su única ventaja real, la cercanía geográfica y cultural con Estados Unidos, a Moscú, Pekín y Teherán.
Lo que el informe demuestra y lo que solo afirma
El valor del documento está en su arquitectura probatoria, y esa arquitectura resulta desigual. Los casos de espionaje descansan en procesos judiciales, sentencias federales y testimonios de desertores. Las cifras de entrenamiento guerrillero provienen de análisis desclasificados de la CIA y el Departamento de Estado. La historia de la Brigada Venceremos y de los Weathermen se apoya en reportes del FBI y audiencias del Congreso de los años setenta. Esa capa resiste el escrutinio y constituye uno de los recuentos más completos disponibles sobre la penetración cubana del gobierno estadounidense.
La capa débil es la que conecta esa historia con el presente. El documento atribuye a la influencia cubana, “de alguna forma”, los disturbios de George Floyd, el ascenso de Antifa y el activismo propalestino en los campus. Ese salto opera por asociación genealogíca y presenta una herencia ideológica como si fuera dirección operativa.
Que Shakur inspire a Black Lives Matter está documentado. Que La Habana dirija a Black Lives Matter es una inferencia que el propio informe evita sostener con evidencia directa, y el lector tiene que distinguir entre las dos cosas. Pesa además la autoría: el documento es un texto oficial del Departamento de Estado, lo que le da autoridad institucional a la capa documental al mismo tiempo que lo inscribe en la arquitectura de sanciones de la administración Trump. Sus inferencias sobre el presente funcionan también como argumento de política exterior, y esa doble condición conviene tenerla presente.
El veredicto
Tres conclusiones se sostienen sobre la evidencia reunida.
La primera es que la subversión contra Estados Unidos es la razón de ser del Estado totalitarista cubano, su inversión más constante y su único éxito estratégico verificable en 67 años. El régimen que raciona la comida de su población ha financiado sin pausa un aparato de inteligencia que altos oficiales de la CIA describen como superior al de la KGB.
La segunda es que el reclutamiento ideológico probó ser más eficaz y más barato que el espionaje mercenario de Rusia o China, porque un agente que actúa por convicción carece de rastro financiero y puede operar décadas dentro del gobierno estadounidense sin ser detectado. La lección de contrainteligencia incomoda, porque ubica la vulnerabilidad en la formación ideológica de las élites y solo después en los controles de seguridad.
La tercera es que la pobreza cubana funciona como camuflaje estratégico, y el régimen sobrevive como intermediario de la hostilidad ajena mientras exista competencia entre grandes potencias.
Queda una conclusión final que el informe enuncia de pasada y que merece el centro. Los cubanos de a pie son los rehenes de esta arquitectura. Cada dólar que entra en la Dirección de Inteligencia, en el ICAP o en las brigadas de solidaridad sale de un país con apagones diarios y hospitales sin insumos. La guerra «mucho más ancha y grande» que Castro prometió en 1958 se libró, sobre todo, contra su propio pueblo.

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

