Los animales tienen conciencia. La neurociencia lo sostiene con firmeza para los mamíferos y las aves, y reconoce una posibilidad realista de experiencia consciente en peces, reptiles, anfibios, pulpos, cangrejos e insectos. El alma pertenece a otra discusión, la que llevan la filosofía y la teología desde hace veinticinco siglos, y esa sigue abierta.
La diferencia entre ambas preguntas ordena todo lo que viene después. La conciencia se define como la capacidad de tener experiencia subjetiva, y deja rastros medibles en la anatomía, en la química cerebral y en la conducta. El alma se discute por argumento y por fe.

¿Qué dice la ciencia sobre la conciencia animal?
Seiscientos ocho científicos y filósofos respaldan hoy la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal. Cuarenta especialistas la firmaron en abril de 2024, durante una conferencia en la Universidad de Nueva York.
El texto ocupa tres párrafos y establece tres acuerdos. Existe apoyo científico sólido para atribuir experiencia consciente a los mamíferos y a las aves. La evidencia empírica indica al menos una posibilidad realista de experiencia consciente en todos los vertebrados y en muchos invertebrados. Y ante esa posibilidad realista, ignorarla resulta irresponsable en cualquier decisión que afecte al animal.
Entre apoyo sólido y posibilidad realista cabe el debate entero. La ciencia habla con autoridad del perro y del cuervo. Habla con cautela de la langosta que hierve en la olla.
El precedente se firmó en Cambridge en julio de 2012, durante la Conferencia Memorial Francis Crick. Aquel texto estableció que un organismo privado de neocórtex puede experimentar estados afectivos, y que los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de la conciencia aparecen en todos los mamíferos, en las aves y en criaturas como el pulpo.
¿Qué animales tienen conciencia según los científicos?

Los mamíferos y las aves encabezan la lista con el respaldo más fuerte. Perros, gatos, caballos, primates, delfines, elefantes, cuervos y loros entran ahí con holgura.
El segundo círculo abarca al resto de los vertebrados. Los peces, los reptiles y los anfibios cuentan con una posibilidad realista de experiencia consciente.
El tercero es el que rompió el molde. Los moluscos cefalópodos, entre ellos el pulpo y el calamar. Los crustáceos decápodos, entre ellos la langosta y el cangrejo. Y los insectos, incluidas las abejas melíferas.
Doce años de investigación explican ese ensanchamiento. Las abejas ruedan bolitas de madera con apariencia de juego. Las culebras rayadas reconocen su propio olor. Los pulpos evitan los lugares donde antes sufrieron dolor y buscan aliviarlo. El pez cebra explora por curiosidad. Las moscas de la fruta duermen.
¿Cómo se demuestra que un animal es consciente?

La prueba del espejo sigue siendo el experimento más citado en materia de autoconciencia. Consiste en colocar una marca sobre el cuerpo del animal y observar si la reconoce en su reflejo.
Los chimpancés, los delfines, los elefantes y las urracas la superan. Los perros y los gatos fallan, un resultado que la etología lee con cuidado, porque ambas especies organizan su mundo alrededor del olfato antes que de la vista. El pez limpiador reacciona ante su reflejo en un espejo sumergido, un hallazgo que sigue en discusión.
La memoria episódica y la metacognición funcionan como criterios complementarios. Cada uno arrastra sus propias objeciones metodológicas.
La evidencia anatómica corre en paralelo. Peter Singer, que firmó la declaración de 2024, sostiene que la conciencia se aloja en las áreas cerebrales que compartimos con los animales, antes que en la región frontal que más creció durante la evolución humana. Su argumento clásico, publicado en Liberación animal en 1975, desplaza la pregunta desde la razón hacia el sufrimiento.
El neurocientífico Peter Coppola revisó más de cien años de investigación y concluyó, en septiembre de 2025, que la disciplina ha subvalorado las regiones cerebrales más antiguas. El subcórtex conserva su estructura casi intacta a lo largo de quinientos millones de años. Los niños nacidos con ausencia de neocórtex muestran respuestas emocionales, reconocen personas y disfrutan la música. Las ratas, los gatos y los monos a los que se les extirpó el neocórtex siguieron jugando, acicalándose, cuidando crías y aprendiendo tareas nuevas.
¿Hay científicos que discutan la conciencia animal?
Sí, y su objeción merece espacio propio.
Yoram Gutfreund, del Technion, publicó en octubre de 2024 una defensa de la postura agnóstica. La conciencia ajena escapa a la observación directa y admite solamente inferencia, de manera que existen razones filosóficas y científicas de peso para sostener que la pregunta resiste al método científico.
Gutfreund añade un reparo técnico. La Declaración de Nueva York apunta a la conciencia fenoménica, el término que introdujo Ned Block para designar el aspecto puramente cualitativo de la experiencia, el rojo del rojo y el dolor del dolor. Y se apoya en evidencia sobre conducta flexible, esto es, aprendizaje, memoria y resolución de problemas. Ambas cosas se disocian. Los pacientes con visión ciega procesan estímulos visuales y reportan ausencia de experiencia subjetiva en el campo afectado.
Circula además un texto crítico bajo el nombre de Declaración de Viena, archivado dos días después del lanzamiento neoyorquino. Lo firma Hanoch Ben-Yami, filósofo de la Central European University. Vale registrar la escala. Un autor individual frente a seiscientas firmas institucionales, con el peso que tenga su razonamiento y ninguno más.
¿Qué diferencia hay entre alma y conciencia?
Aristóteles resolvió el asunto con una gradación que sobrevivió veinte siglos. Distinguió tres tipos de alma, vegetativa, sensitiva y racional, y concedió a los animales la sensitiva, la que permite sentir, percibir, desear y moverse. La facultad racional quedó reservada al ser humano.
Descartes rompió esa tradición. Describió a los animales como autómatas, máquinas biológicas gobernadas por mecanismos hidráulicos. El grito del perro apaleado equivalía al chirrido de un resorte. Su correspondencia privada matiza el retrato, porque en cartas al marqués de Newcastle y a Henry More admitió que la ausencia de pensamiento animal escapa a toda demostración concluyente.
Leibniz le respondió desde la metafísica de las mónadas. Los animales poseen percepción y memoria, y carecen de la apercepción reflexiva propia de la conciencia humana.
Singer cierra la secuencia con un desplazamiento del criterio. La sentiencia, entendida como capacidad de sufrir y de disfrutar, basta para fundar la consideración moral. La pregunta relevante deja de ser si el animal razona y pasa a ser si el animal sufre.
¿Qué dicen las religiones sobre el alma de los animales?

El cristianismo tradicional, siguiendo a Tomás de Aquino, concede a los animales un alma sensitiva que les permite vivir y sentir, y la declara mortal. Muere con el cuerpo, mientras el alma racional humana persiste.
El hinduismo sostiene la posición contraria. Los animales poseen un Atman, alma eterna que participa del mismo ciclo de reencarnación que los humanos, de manera que un alma puede renacer como animal o como persona según su karma.
El budismo rechaza la existencia de un alma eterna en cualquier criatura, humana o animal, bajo la doctrina del Anatta. Reconoce a los animales como seres conscientes y sintientes, capaces de sufrir y de participar en el ciclo de renacimientos, y funda ahí la práctica de la compasión y de la ahimsa.
¿La ley reconoce que los animales sienten?
El debate abandonó la especulación y entró en el código.
El Reino Unido aprobó en 2022 la Animal Welfare (Sentience) Act, que reconoce como seres sintientes a los moluscos cefalópodos y a los crustáceos decápodos. El pulpo, el calamar, la langosta y el cangrejo quedaron dentro.
La legislación de la Unión Europea reconoce a los mamíferos, a las aves y a los cefalópodos, y deja fuera a las abejas melíferas, una exclusión que la literatura científica reciente califica de insostenible.
La consecuencia práctica es directa. Una posibilidad realista de conciencia basta para generar obligaciones legales, aun cuando la certeza permanezca fuera de alcance.
Preguntas frecuentes
¿Los peces sienten dolor?
La Declaración de Nueva York reconoce una posibilidad realista de experiencia consciente en todos los vertebrados, y los peces entran en esa categoría. Singer sostiene que la conciencia aparece confirmada en todos los vertebrados, incluidos los peces.
¿Las langostas sufren cuando se hierven?
El Reino Unido reconoció en 2022 a los crustáceos decápodos como seres sintientes, la langosta entre ellos, y esa condición jurídica se apoya en evidencia científica de sensibilidad al dolor.
¿Los perros tienen conciencia de sí mismos?
Los perros fallan la prueba del espejo, un resultado que la etología atribuye a su dependencia del olfato antes que de la vista. La ciencia les atribuye conciencia con respaldo sólido, y la autoconciencia reflexiva permanece en discusión.
¿Los insectos tienen conciencia?
La Declaración de Nueva York incluye a los insectos entre los invertebrados con posibilidad realista de experiencia consciente. Las abejas juegan con bolitas de madera, un comportamiento que la literatura interpreta como indicio de estados afectivos.
La ciencia establece con solidez creciente que los animales sienten y tienen experiencias subjetivas. Si esa experiencia constituye una conciencia equiparable a la nuestra, con autoconciencia reflexiva plena, lenguaje interior o alma inmortal, depende del marco filosófico o teológico que cada quien adopte, y seguirá dependiendo de él. La langosta hierve mientras tanto.

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

