
Decir que el crudo cubano puede satisfacer las necesidades en cuanto a la crisis energética es una irresponsabilidad y falta de seriedad total. Peor es decir que se viene trabajando en una recuperación desde 2025. El discurso oficial ha insistido en la necesidad de “consolidar lo alcanzado” y “sostener las capacidades recuperadas”.
¿Se puede ser más hipócrita y desfachatado?
El régimen cubano demuestra siempre que sí, que no hay límites para mentir y preservar a toda costa las facilidades y libertades de los altos mandos, mientras el pueblo consume mentiras en vez de alimentos y electricidad.
Se mantiene la línea de mentir en el rostro
El ministro de Energía y Minas de Cuba ha tenido la osadía de sostener que durante 2025 comenzó la ejecución de un programa de gobierno orientado a incrementar la generación, recuperar capacidades instaladas y diversificar la matriz energética.
Esa formulación revela, con más honestidad de la que sus autores quizás pretendían, cuál es la línea de base del éxito que el régimen reivindica: el mero paso de una situación catastrófica a otra apenas menos deteriorada, vendiendo migajas como triunfo y alargando un discurso al cual jamás se le encontrará desgaste. La crisis energética seguirá funcionando como símbolo de resistencia ante “el enemigo”.
El relato energético del gobierno cubano en 2025 y en el arranque de 2026 descansa sobre dos pilares. El primero es presentar ese supuesto paso como recuperación. El segundo es anunciar que el crudo cubano puede refinarse como si fuera un giro histórico en la soberanía energética del país. Ambos pilares sostienen una narrativa diseñada para producir alivio simbólico donde todavía falta la solución material, y faltará mientras sigan los opresores que tienen encarcelada a la isla.
La trampa semántica de la recuperación

La palabra “recuperación” funciona como instrumento propagandístico, estrategia ya vieja del régimen. Permite presentar como logro cualquier reparación puntual o reincorporación temporal de megavatios, siempre que la línea de base sea el colapso previo.
No es que se mejoró, es que, si la energía está en el fondo, vender progreso paso leve de recuperación es maquinar y jugar con la percepción de un pueblo qe, en su desesperación, ya no distingue vida de supervivencia.
En febrero de 2025, EFE reportó que Cuba enfrentaría apagones simultáneos en hasta el 57% del país, el mayor nivel de afectación registrado en al menos dos años. Extensas regiones contaban con unas cuatro horas diarias de electricidad, muchas veces en la madrugada, mientras La Habana sufría cortes de hasta cinco horas al día.
Ese cuadro describe un sistema de administración del colapso, no un sistema en recuperación en términos sociales reales. El crudo cubano aquí no pinta absolutamente nada, ni lo hará. Cuando el Estado presume de capacidades recuperadas y millones de personas siguen organizando su vida alrededor del apagón, lo que se recupera es una parte de la capacidad técnica mínima para evitar un hundimiento todavía mayor. La normalidad del servicio permanece tan lejana como antes.
Seamos claros, el parámetro lógico del ciudadano y el parámetro timador del aparato político apuntan en direcciones distintas. Para el cubano, recuperación debería significar servicio continuo, poder cocinar, trabajar, refrigerar alimentos, dormir sin apagones. Para el régimen, recuperación significa mostrar algunos indicadores de capacidad técnica algo mejores que los del peor momento del colapso. Mientras esa distancia persista, el discurso oficial seguirá sonando exactamente como lo que es. Propaganda.
El mito del crudo cubano refinable

Aquí viene lo más absurdo de todo el discurso. En abril de 2026, medios oficiales y paraoficiales divulgaron con tono triunfalista que “el petróleo crudo cubano sí se puede refinar”, a partir de una tecnología de termoconversión desarrollada por el Ceinpet. Díaz-Canel afirmó que se había roto el “tabú” de que el crudo nacional era irrefinable y que ya podía dejar de estar condenado al consumo directo en termoeléctricas.
El propio contenido de esas informaciones deshace la épica oficial. La propuesta gira en torno a una planta piloto en la refinería Sergio Soto, en Cabaiguán, sin precisiones claras sobre plazos de operación, volúmenes de producción ni impacto concreto en la sustitución de importaciones. Además, la misma cobertura oficial reconoce que esa instalación lleva procesando ese crudo desde 2010.
¿Entonces?
El supuesto tabú roto resulta ser una reformulación propagandística de capacidades limitadas ya existentes desde hace quince años.
Posibilidad técnica y capacidad estructural son cosas distintas
Que exista una tecnología para mejorar las propiedades del crudo pesado cubano es distinto a que el país disponga de una infraestructura industrial lista para refinar masivamente su petróleo y aliviar de forma decisiva la crisis energética. Las informaciones oficiales hablan de experimentación, planta piloto y etapas futuras de desarrollo catalítico. Describen una posibilidad, una narrativa de esperanza, de eterna esperanza.
Ya sabemos cómo termina…
En un contexto de apagones persistentes, esa operación discursiva busca producir expectativa política donde todavía falta solución material verificable. El mecanismo es reconocible: desplazar la discusión desde los resultados concretos hacia la épica de la supervivencia. Los apagones dejan de leerse como síntoma de fracaso sistémico y pasan a narrarse como obstáculos heroicamente enfrentados por un Estado innovador, bloqueado pero resiliente. La vida cotidiana de la población, marcada por cortes prolongados y precariedad energética, contradice esa escenificación con una brutalidad que ningún comunicado oficial puede cubrir.
La estructura real de la crisis

La crisis eléctrica cubana responde a la combinación de termoeléctricas envejecidas, déficit crónico de combustible, baja inversión sostenida, insuficiencia de repuestos y fragilidad operativa acumulada durante décadas. Incluso las explicaciones oficiales sobre 2026 admiten la necesidad de seguir aumentando la producción de gas nacional, sumar sistemas de acumulación para estabilizar la red y consolidar lo alcanzado en los nuevos parques solares todavía en despliegue. Esa acumulación de tareas pendientes confirma que el Estado totalitarista sigue sin poder garantizar una base de generación confiable con recursos propios.
Un sistema que depende simultáneamente de reparaciones urgentes, de generación solar en despliegue parcial, del gas nacional como sostén transitorio y de proyectos aún en desarrollo para procesar mejor el crudo doméstico es un sistema sostenido por parches administrados desde el discurso político. La salida integral permanece sin resolver.
Lo que el régimen realmente vende
Más que electricidad estable, el régimen vende interpretación. Cada reparación se presenta como recuperación. Cada prueba piloto se vende como soberanía energética. Cada promesa técnica se ofrece como horizonte de superación nacional. Esa narrativa intenta convertir la resistencia a la crisis en prueba de eficacia gubernamental, cuando en realidad evidencia la profundidad del deterioro estructural.
La narrativa energética del régimen cubano describe una estrategia de comunicación para administrar el descrédito, no una normalización del sistema. Los esfuerzos técnicos parciales y los experimentos reales no existen realmente. Lo que sí existe es la exageración política sistemática de su alcance. Llamar recuperación a un año con apagones masivos sobre más de la mitad del país es la versión energética de una categoría política que Cuba lleva décadas perfeccionando: convertir el desastre en prueba de fortaleza.
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Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

