El stop motion es una técnica sencilla de explicar y brutal de ejecutar. Se coloca un objeto frente a una cámara, se hace una foto, se mueve el objeto un milímetro y se hace otra foto. Se repite. Veinticuatro fotos equivalen a un segundo de película. Al proyectarlas seguidas, el objeto camina, respira, mira.
Ahí termina el truco. Y ahí empiezan los meses de trabajo.
Ciento veinte años tocando objetos

La técnica nace con el cine mismo. En 1898, Albert Smith y James Stuart Blackton filmaron *The Humpty Dumpty Circus* moviendo juguetes de madera cuadro por cuadro, mientras Georges Méliès experimentaba con la sustitución de objetos entre fotogramas. El que la convierte en lenguaje es Ladislas Starevich, que en 1912 animó insectos muertos, escarabajos reales con las patas articuladas por él, para contar historias de infidelidad conyugal. *La venganza del camarógrafo* conserva hoy toda su capacidad de inquietar.
Desde ahí la línea se mantiene intacta. Willis O’Brien y el *King Kong* de 1933. Ray Harryhausen y sus esqueletos espadachines. Los checos Jiří Trnka y Jan Švankmajer, que llevaron la técnica al territorio de la pesadilla. La plastilina de Nick Park en *Wallace y Gromit*. Tim Burton, Henry Selick, los hermanos Quay, el estudio Laika, Wes Anderson, Guillermo del Toro.
Más de ciento veinte años de un procedimiento que en lo esencial sigue siendo el mismo. Alguien toca un objeto, lo mueve un poco y dispara.
El cine como síntesis
El cine se llama la séptima arte por una razón concreta. El crítico italiano Ricciotto Canudo lo bautizó así a principios del siglo XX, entendiéndolo como la síntesis de las artes que ya existían. Su ensayo de 1911 hablaba de la sexta arte y enumeraba cinco anteriores, arquitectura, escultura, pintura, música y poesía. Después incorporó la danza, y el cine pasó a ocupar el séptimo lugar. Conviene aclarar que Canudo escribió poesía en su sentido clásico, como arte de la palabra en general, y que las enumeraciones modernas sustituyen ese término por literatura para conservar el significado original.
La idea prendió porque es verificable. Una película tiene arquitectura en sus decorados, escultura en sus formas, pintura en su color y su luz, música en su banda sonora, danza en el movimiento de los cuerpos y la cámara, literatura en su escritura.
Canudo iba incluso más lejos. Sostenía que hacía falta el cine para crear el arte total al que todas las artes habían tendido siempre. La categoría estaba ahí desde el origen, heredada del *Gesamtkunstwerk* que Wagner había formulado en 1849 pensando en la ópera.
Lo que muchos artistas señalan es que el stop motion obliga a esas artes a existir en el mundo físico.
Dibujar un volumen y construirlo
Aquí está el punto, y conviene decirlo sin rodeos.
La animación dibujada y la digital trabajan con dibujos. Un castillo animado consiste en superficies que representan volúmenes. Tiene fachada y carece de interior, muestra masa y carece de peso, aparenta estructura y sostiene únicamente su propia imagen. El trabajo puede ser extraordinario y la destreza enorme, pero lo que existe es la imagen de la cosa.
El stop motion exige la cosa
El castillo se levanta con madera, medidas y escala, y un cálculo errado lo derrumba. El personaje se esculpe sobre un esqueleto metálico interno, con articulaciones de tensión regulable y piel de silicona, y tiene peso propio que la gravedad afecta. La ropa se cose. La luz proviene de focos reales que calientan y proyectan sombras sobre objetos que están ahí. La lluvia se fabrica. El fuego se fabrica. El humo se fabrica, y se interviene fotograma a fotograma.
Ahí ocurre la creación en sentido literal, la tridimensionalidad en la realidad física. Un set de stop motion es un lugar al que se entra, un objeto que se toca, un espacio que ocupa metros cuadrados en una nave industrial. Terminada la película, las marionetas permanecen. Son esculturas. Existen.
Animar es dar alma

La palabra lo dice con precisión. *Animar*, del latín *anima*, alma. Animar consiste en darle alma a lo que carece de ella.
El animador de stop motion trabaja como actor bajo un método imposible. Su interpretación transcurre a lo largo de días, en incrementos de una veinticuatroava parte de segundo. Cada parpadeo es una decisión consciente. Cada cambio de peso de un pie al otro exige una ejecución táctil sobre la estructura del personaje. Un segundo de pantalla puede costar una jornada completa de trabajo.
Esa desproporción queda inscrita en la imagen. El espectador ignora el dato y percibe el resultado. Percibe que algo fue tocado, que hubo una mano ahí aunque permanezca invisible.
La huella dactilar en la plastilina, el temblor mínimo que delata un pulso humano, la microvariación de la luz real, la textura que consiste en tela de verdad. Eso queda fuera del alcance de cualquier simulación porque funciona como residuo del proceso antes que como efecto.
Ahí está lo que maravilla a los artistas. La síntesis de disciplinas la tiene cualquier película. Lo excepcional consiste en que alguien le pase vida a un pedazo de materia inerte, cuadro por cuadro, durante meses, y que funcione.
Lo que queda después
Por eso algunos artistas hablan de arte total. Lo hacen como constatación antes que como jerarquía. El stop motion sigue siendo la única forma de cine donde absolutamente todo lo que aparece en pantalla tuvo que ser concebido, fabricado, montado, iluminado y tocado antes de existir como imagen.
El cine de acción real registra un mundo que ya estaba. La animación dibuja un mundo que nunca estuvo. El stop motion construye un mundo y después lo filma.
Y después lo guarda en una caja.

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.


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Edgar Humberto Alvarez es uno de los mejores “animadores” que he tenido el gusto de conocer… su obra habla por sí misma….