La visita de León XIV a España, leída desde la única partida que no se menciona.

León XIV bajó del avión en Barajas recibido con honores militares en la plaza de la Armería, y unas ciento treinta mil personas siguieron el papamóvil por Madrid como quien sigue una reliquia o un astro. La primera visita de un pontífice a España en 15 años se montó con la coreografía de las cosas que pretenden quedar para la historia. Las razones, no tan históricas.
Modelo de empresa
Antes de que el avión despegara de Roma, el vicesecretario de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal, que coordina además las finanzas del viaje, se sentó ante la prensa a desglosar el retorno.
25 millones de euros de coste, más de 150 millones de impacto. Lo dijo con una fórmula que merece enmarcarse, porque la visita traería “un retorno espiritual en los corazones” y también, añadió sin pestañear, “un impacto económico”. La Iglesia hizo el marketing macroeconómico de su propio espectáculo.
Y no es la primera función. Hace 15 años, la Jornada Mundial de la Juventud de Benedicto XVI dejó en Madrid entre doscientos cuarenta millones, según la propia Episcopal, y 354 millones, según la auditoría de PwC.
Una firma privada repasa las cuentas cuando el papa se va. Hay presupuesto, hay patrocinadores, hay un modelo de financiación mixta con su porcentaje para el sector privado y su porcentaje para el Estado, y hay fieles que aportan su óbolo por Bizum.
Conviene decirlo con todas las letras. Esto es un dispositivo económico perfectamente engrasado al que la fe le presta la coartada. Llamarlo acontecimiento espiritual con una derivada económica afortunada sería ignorar la mecánica.
La verdadera ganancia

Aquí el escéptico apresurado se equivoca, y conviene no acompañarlo. Esos 150 millones se quedan en los hoteles de Madrid y Barcelona, en los trenes de Cercanías reforzados para la ocasión, en los restaurantes y en el comercio de las ciudades que durante una semana facturan como en Nochevieja. Roma se queda sin el dinero, porque no lo necesita. Se lleva en cambio algo más difícil de auditar y mucho más valioso para una institución tiene pérdidas grandes en un apartado. Legitimidad.
Ahí está el verdadero negocio, el que se paga en otra moneda. España recibió al papa en un momento particular. Un gobierno socialista cercado por una sucesión de escándalos de corrupción, con media nación convencida de que miente y la otra media defendiéndolo por descarte. Del otro lado, tenemos una Iglesia que llega arrastrando su propia ruina moral, la de los abusos, que el mismo León XIV tuvo que nombrar.
Dos autoridades en quiebra de credibilidad se necesitan mutuamente por una semana. Pedro Sánchez se fotografía junto a la autoridad moral y absorbe un poco de su prestigio antiguo. La Iglesia, a cambio, obtiene copatrocinio estatal, un despliegue de seguridad pública pagado por el contribuyente y, sobre todo, la imagen.
Todas las alineaciones

La prensa internacional no observa esta operación desde fuera. Es una de sus piezas. El llamado efecto escaparate, esa cobertura global que convierte la misa en la Sagrada Familia en una campaña de Marca España de duración indefinida, depende de que los grandes medios del mundo apunten sus cámaras a la vez.
Y lo hicieron, aunque para hacerlo tuvieran que traducir el viaje a su propio idioma. La prensa anglosajona, casi en bloque, leyó una visita papal a España como un episodio de su guerra cultural doméstica. El Washington Post habló de un realineamiento entre catolicismo y política a ambos lados del Atlántico. La CNN presentó al pontífice como contrapeso de la administración Trump y a España como un microcosmos de las tensiones estadounidenses, con Bad Bunny en el titular para que nada espantara al lector. El New York Times lo encuadró en su pulso con Trump y en la regulación de la inteligencia artificial.
Hay una ironía fina en todo esto que el propio papa proporcionó sin querer. León XIV pidió en su primer discurso abandonar las narrativas divisivas y polarizadoras y apreciar la complejidad. La prensa cubrió esa petición metiéndolo a empujones en la narrativa más divisiva y polarizada disponible.
Más que legitimidad
Cáritas existe, los centros de acogida de migrantes en Canarias existen, la red caritativa que sostiene a quien el Estado abandona es real y es discurso. Conviene reconocerlo, porque ignorarlo sería mentir y además sería tonto. Pero conviene ver dónde encaja esa caridad en el balance. Es el aval, la garantía moral que le compra a la institución el derecho a ser escuchada en las Cortes, a sentarse junto al rey, a que un gobierno laico le pague la seguridad.
La caridad pertenece a la misma economía de legitimación que el resto del viaje. Es la partida del activo que justifica todo el pasivo, y por eso la Iglesia la recuerda con tanta puntualidad. Y mientras tanto el mundo se cae a pedazos, lo importante a no perder de vista. Guerras, genocidios, crispaciones migratorias en Europas, dictaduras. A eso, León XIV ofrece lo que ofrecen los papas desde siempre. Palabras.
Las exhortaciones papales a la paz tienen la consistencia del incienso. Se ven, conmueven, perfuman el aire un rato y se disipan en cuanto el avión despega. Lo único que queda, físico, contabilizable, firmado y auditado, es el recibo. 150 millones de euros, o más, repartidos por la economía de un país que durante una semana confundió la fe con el turismo y el turismo con un milagro.

Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

