El origen de las cosas: 4 posibes respuestas

El origen del universo y todo lo que se conoce es quizás la mayor interrogante con la menor probabilidad de respuesta clara. La pregunta más antigua de la filosofía tiene cuatro respuestas posibles.

El origen de las cosas

El ser necesario: algo siempre existió

La primera línea de respuesta sostiene que la nada absoluta es imposible. Parménides planteó que el ser es, el no-ser no es; por tanto, el ser es eterno e ingenerado. Si la nada absoluta resulta imposible, nunca pudo haber nada. Siempre hubo ser. Suena complicado, casi tanto como el origen mismo de todas las cosas.

Leibniz lleva ese argumento más lejos con su principio de razón suficiente: todo hecho debe tener una razón de ser así y no de otra manera. Aplicado al conjunto de lo real, esa razón última ha de residir en un ser necesario que lleva en sí la razón de su propia existencia. Spinoza llega a una conclusión similar por otra vía: identifica a Dios con la Naturaleza, una única sustancia infinita cuya existencia se sigue necesariamente de su esencia. El universo existe porque el ser es necesario y la nada, una imposibilidad.

El precio de esa respuesta es transparente: ese ser necesario se convierte en el hecho bruto último, el punto donde la cadena explicativa se detiene. Decir que algo existe por necesidad de su naturaleza es desplazar la pregunta, no responderla.

por qué existimos?

Se pudiera decir, por ejemplo, que las cosas existen simplemente porque el ser humano tiene conciencia, pues es el único que puede formularse dicha pregunta. De lo contrario, no existen porque nadie las percibe. Claro, esto se desarma en el momento donde la convivencia natural explora seres de diversas especies. Entonces otra de decirlo sería que las cosas existen desde que existe la vida porque es la única capaz de percibir…

El hecho bruto: algo existe sin razón

big bang

La segunda línea prescinde de la razón suficiente y acepta que la existencia del universo puede ser un hecho bruto, es decir, un hecho que carece de explicación más básica por estructura, no por ignorancia. La respuesta al porqué sería entonces que así es el hecho fundamental, sin porqué más allá de sí mismo.

La física apunta en esa dirección pero con matices importantes. El Big Bang describe una expansión desde un estado inicial extremadamente denso y caliente, no un surgir de la nada en sentido filosófico estricto. Cuando la física habla de que el universo pudo emerger de una fluctuación cuántica en el vacío, ese vacío cuántico tiene leyes, estructura y campos.

La nada de la física es siempre algún tipo de algo. La nada metafísica sostiene la pregunta sin poderse responder. La nada filosófica absoluta, si es nada de verdad, carece de propiedades y de capacidad de producir cambios. Aquí el precio es aceptar que la pregunta por el porqué último queda sin respuesta conceptual y se sustituye por la constatación de que así son los hechos.

La regresión infinita: siempre hubo algo, sin origen

la existencia

La tercera línea evita tanto el ser necesario como el hecho bruto inicial apelando a una cadena de causas sin primer término. El universo, el multiverso o la estructura completa de la realidad se extenderían hacia atrás sin origen temporal ni causal. Siempre hubo algo, pero ese algo no es un ser único y necesario sino una cadena sin comienzo, y que tampoco tiene fin.

El argumento cosmológico clásico, desde Aristóteles hasta Tomás de Aquino, rechazaba precisamente una regresión infinita porque dejaría la explicación siempre pendiente. Filósofos contemporáneos responden que una serie infinita de hechos, cada uno explicado por el anterior, puede ser coherente. El precio persiste: el conjunto de la cadena infinita, tomado como totalidad, queda otra vez como un hecho bruto. La regresión evita la pregunta por el inicio, no la del fundamento.

La nada como imposibilidad: Heidegger y el ser que se da

la nada

La cuarta línea cambia el ángulo de ataque. Algunos autores contemporáneos argumentan que la nada absoluta es incoherente como concepto: para pensarla ya necesitas un sujeto, un acto de conciencia, un lenguaje. En el mismo instante en que intentas ponerla, estás en el ámbito del ser.

Heidegger formula la misma pregunta de Leibniz —”¿por qué hay ente y no más bien nada?”— pero su giro es otro: más que dar una respuesta causal, señala que la nada aparece en experiencias límite como la angustia y la finitud como aquello que hace resaltar la presencia del ser. O sea, el ser se da, se desoculta; la nada es solo la sombra que permite que el ser aparezca. La filosofía deja de buscar el cierre del misterio y aprende a habitarlo.

El borde donde llegan todas

Las cuatro líneas convergen en el mismo punto: la razón, en algún momento, dice “hasta aquí llego”. La que apela al ser necesario detiene la cadena en un ser cuya existencia se explica por sí misma. La del hecho bruto acepta que la existencia del universo carece de explicación más básica. La de la regresión infinita traslada el misterio al conjunto de la cadena sin resolverlo. La fenomenológica disuelve la pregunta en lugar de responderla. Todas son intelectualmente honestas. Ninguna es definitiva. Y la pregunta, formulada hace veinticinco siglos, permanece exactamente donde Leibniz la dejó.

No hay una respuesta…

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