Lo que es el cine bajo los 6 fundamentos que lo construyen

Decir que el cine es el arte de organizar el movimiento en el tiempo es una definición ontológica, y muy certera. Así como la pintura fija la forma en la superficie y la arquitectura domestica el espacio para la vida humana, el cine irrumpe como la primera tecnología estética capaz de intervenir directamente en la temporalidad.

Lo que es el cine

1.      La física de la luz y su primera paradoja

En su nivel más elemental, el cine es un fenómeno físico. Sí, está bien escrito. Cada fotograma es una huella lumínica del mundo, una inscripción material del instante en la que fotones impactan una superficie sensible y dejan una marca.

André Bazin, el teórico francés cuya obra define el pensamiento cinematográfico del siglo XX, formuló que “la fotografía embalsama el tiempo al preservar el aquí y ahora de un instante único”. Pero el cine, argumentó Bazin, supera esa debilidad congénita de la fotografía al capturar la duración misma de los fenómenos, y con eso introduce un régimen ontológico nuevo.

La cámara ya no registra solo la forma y la luz, también registra su transformación a través del tiempo. Por primera vez, el mundo aparece en su duración.

El mecanismo es tan preciso como su efecto es ilusorio. El cinematógrafo registra un número constante de fotogramas por segundo —veinticuatro, en el estándar histórico— con el objetivo de producir una continuidad aparente a partir de imágenes discontinuas.

Esa continuidad es la persistencia retiniana y el procesamiento cerebral integrando los fragmentos inmóviles en la ilusión de un movimiento fluido. El cine, sorprendentemente, no registra el movimiento, sino su descomposición. Irónico.

Lo que vemos como devenir es, en realidad, una secuencia de detenciones. El tiempo cinematográfico nace de instantes muertos que, al ser proyectados en sucesión, recuperan una vida espectral.

El cine es, en ese sentido, la física de la luz subordinada a una voluntad narrativa: una técnica que transforma energía en memoria.

2.      El montaje

el montaje en el cine

El registro técnico no agota la naturaleza del cine. Una cámara que simplemente graba produce archivo, vigilancia, documento bruto. Lo propiamente cinematográfico emerge cuando el tiempo grabado es sometido a una operación de selección, fragmentación y recomposición. Ese punto de inflexión es el montaje.

Gilles Deleuze, cuya filosofía del cine transformó el debate sobre las imágenes en el siglo XX, formuló que el cineasta piensa con imágenes-movimiento e imágenes-tiempo mediante cortes móviles. El pensamiento cinematográfico se articula a través de relaciones entre planos, no en cada plano aislado. El corte es una decisión conceptual que rompe la continuidad física del mundo para instaurar una continuidad inteligible, emotiva o ideológica.

Serguéi Eisenstein, el gran teórico soviético del montaje, pericibió que la yuxtaposición de dos imágenes genera un tercero que no estaba en ninguna de las dos por separado. Un rostro neutro seguido de un plato de comida sugiere hambre; el mismo rostro seguido de un ataúd sugiere duelo.

El rostro no ha cambiado en nada.

El sentido emerge en el intervalo, en la grieta entre los planos. El cine nace ahí, reside en el espacio entre imágenes, y de esa grieta emerge el pensamiento cinematográfico. Tiene una conceptualidad en el vacío que alimenta la percepción de la mente. Sugiere.

Deleuze distingue además dos regímenes históricos del montaje. En el cine clásico opera la imagen-movimiento, que organiza los encadenamientos sensoriomotrices —percepción, acción, reacción— en una continuidad narrativa reconocible.

En el cine moderno, a partir de la posguerra, emerge la imagen-tiempo: el montaje abre huecos, suspensiones, tiempos rotos que obligan al espectador a pensar. El tiempo deja de ser una medida subordinada a la acción y se vuelve tema, problema y experiencia en sí mismo.

3.      El séptimo arte

por qué al cine se le llama el séptimo arte

Ricciotto Canudo fue el primero en comprender que el cine no podía pensarse como una suma de técnicas sino como un nuevo arte de síntesis. En su Manifiesto de las siete artes, publicado en 1911, lo definió como el Séptimo Arte porque integra en un mismo dispositivo las artes del espacio —arquitectura, escultura, pintura— y las artes del tiempo —música, poesía, danza—, subordinándolas a un principio rector…

La imagen en movimiento.

Del lado espacial, el cine toma de la pintura la composición del encuadre, la luz y el color como construcción de una superficie visual. Hereda de la escultura la presencia del cuerpo en el espacio, la textura de las cosas, el volumen.

De la arquitectura toma la organización del espacio; la disposición de escenarios, el diseño de recorridos, la construcción de ambientes que la cámara recorre. Del lado temporal, incorpora el ritmo de la música en la duración de los planos y la cadencia del montaje. De la literatura toma la estructura dramática. De la danza hereda la coreografía del gesto, tanto de los cuerpos como de la cámara.

De cierto modo, el cine es el arte más completo (no quiere decir que sea el mejor).

Reorganiza las otras artes bajo un sistema nuevo. Todo elemento —espacial, sonoro, gestual— se redefine en función de su inscripción temporal. Un decorado no es solo un espacio; es un espacio en función de cuánto tiempo lo vemos, desde qué ángulos y en qué secuencia aparece. El cine es arte total en un sentido más radical que el wagneriano: es la reorganización de todas las artes anteriores bajo la primacía de la duración.

4.      La experiencia temporal

Pensar el cine como organización del movimiento en el tiempo obliga a reconocer que su materia prima no es solo la imagen, sino la experiencia temporal que esa imagen genera en el espectador. El espectador de cine está en una posición radicalmente distinta a la del visitante de una galería o el lector de un libro.. Es arrastrado por un flujo temporal programado, un tiempo ajeno que debe atravesar de principio a fin. La película impone su propio ritmo con la autoridad de lo irreversible.

Para Deleuze, el giro moderno del cine consiste en hacer visible el tiempo mismo. La cámara deja de ser un testigo de acciones encadenadas para convertirse en un operador de duración: ralentiza, acelera, interrumpe, superpone tiempos, fractura la cronología.

El cine moderno —Antonioni, Tarkovski, Bergman— puede mostrar la espera, el tedio, la memoria, el sueño: estados del ser que el cine clásico tendía a elidir en nombre de la acción. Andrei Tarkovski, en su libro Esculpir en el tiempo, expone al cineasta como un escultor que extrae de la masa informe de la duración, las formas que la imagen puede retener.

Desde esta perspectiva, el dispositivo cinematográfico no solo transcurre en el tiempo. También lo produce. Lo importante no es únicamente que la película dure, sino que fabrique una experiencia temporal específica, una manera de sentir y pensar la duración distinta de la vida cotidiana. Por supuesto, esto viene de la literatura, o como mínimo tiene su familiaridad en la misma. Narrar una historia obliga —no siempre, aunque se sorprendan— a fijar un periodo de tiempo.

5.      La memoria

cine como memoria

Si el cine organiza el movimiento en el tiempo, también organiza y conserva el modo en que una época se percibe a sí misma. De ahí que en las últimas décadas haya proliferado la reflexión sobre el cine como memoria —individual, social y cultural— con una intensidad que los primeros teóricos del medio no anticiparon.

El cine documental ha sido el territorio donde esta función resulta más visible. Filmar es un gesto de resistencia contra el olvido, un intento por preservar fragmentos de vida cotidiana que, de otro modo, se perderían en el flujo indiferente del tiempo.

El cineasta lituano-estadounidense Jonas Mekas, cuya obra define una tradición del diario filmado, concebía la cámara como un dispositivo que detiene y congela el tiempo, instaurando un nuevo régimen de supervivencia de lo íntimo. Mekas filmaba sin premisa doctrinal, con la urgencia de quien sabe que cada momento filmado es un momento que no desaparecerá del todo.

Pero la función de la memoria cinematográfica alcanza dimensiones políticas que superan lo personal. El cine puede operar como contra-memoria frente a los relatos oficiales, poniendo en circulación imágenes de aquello que el poder quiso borrar: dictaduras, genocidios, violencias estructurales, comunidades marginadas.

En este sentido, su potencia es a la vez estética, ética y política. Las películas se convierten en espacios donde se disputa el sentido del pasado. La memoria cinematográfica organiza relatos, construye emociones y articula puntos de vista que participan en la formación del imaginario colectivo de una comunidad. Por eso, como han argumentado diversos estudiosos del cine y la memoria, todo cine es político, en la medida en que participa en la construcción de sentidos y valores al decidir qué se muestra, cómo se muestra y desde qué mirada.

Todo es política, siempre.

6.      Ontología y finitud

En su nivel más profundo, el cine es una respuesta humana a la finitud. Si la vida es irreversible y el tiempo no admite repetición, el cine permite volver a ver, revivir, reexperimentar. Cada plano es una victoria mínima contra la desaparición. El cine crea un tiempo paralelo donde lo efímero se vuelve accesible.

Deleuze llama a su filosofía del cine una metafísica ontológica que se sirve de las imágenes para pensar el tiempo, la potencia, la impotencia y las crisis del pensamiento en la modernidad. La imagen-tiempo puede escenificar no solo historias, sino estados del ser: la incapacidad de actuar, la angustia, la espera sin horizonte, la experiencia de un mundo desfasado respecto del sujeto.

La proyección de cuerpos, voces y gestos de personas que ya no existen —pero que en la pantalla parecen seguir viviendo— encarna la tensión más radical entre mortalidad e imagen. Desde la primera proyección de La salida de la fábrica Lumière, en 1895, se hizo visible la inmortalidad.

Cada plano es al mismo tiempo testimonio y simulacro, presencia y fantasma. Captura el momento para siempre, pero solo puede revivirlo como espectro proyectado sobre una superficie. Lo ves moverse, lo escuchas, pero no está. Eso es profundamente poderoso si se analiza en detalle.

La definición inicial se hace más densa desde aquí. El cine es el arte de organizar el movimiento en el tiempo, sí. Pero, es también el arte de organizar la memoria del movimiento, de convertir la experiencia finita en archivo visible, manipulable, revisitable.

Organizar el tiempo deviene, en última instancia, organizar nuestra relación con la muerte, el pasado y lo posible.

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