Lo que el mundo observa hoy de geopolítica desde sus pantallas tiene el aspecto de una tregua y la textura de una guerra en plena marcha. El 7 de abril, Donald Trump anunció en Truth Social un alto el fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán, mediado por Pakistán, articulado por el jefe del Estado Mayor paquistaní Asim Munir, el vicepresidente JD Vance, el enviado Steve Witkoff y el canciller iraní Abbas Araghchi. El primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif declaró públicamente que el acuerdo alcanzaba “todos los frentes, incluido el Líbano”. Horas después, Israel bombardeaba Beirut con cien ataques en diez minutos.
Aaron Osoria

Volviendo atrás
Para entender ese momento hay que volver al principio. El 28 de febrero de 2026, Washington y Tel Aviv lanzaron ataques aéreos coordinados contra Irán bajo los nombres de “Operación Epic Fury” y “Operación León Rugiente”. Las bombas cayeron mientras los diplomáticos iraníes y estadounidenses negociaban activamente en Ginebra el futuro del programa nuclear iraní; el enviado omaní Badr Al-Busaidi había declarado que la paz “estaba al alcance”. El estruendo de los misiles respondió a esas palabras.
El ataque eliminó al Líder Supremo Alí Jamenei y a varios funcionarios de alto rango. Dañó instalaciones militares, hospitales, escuelas y sitios del patrimonio cultural, e inauguró el mayor trastorno en el suministro petrolero global desde los años setenta.
Irán respondió con cientos de misiles y drones sobre Israel y las bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, y cerró el estrecho de Ormuz. El conflicto entre Hezbollah e Israel en el Líbano, ya activo desde semanas antes, escaló hasta convertirse en la guerra libanesa de 2026. El Pentágono estimó el costo para las fuerzas estadounidenses en 18 mil millones de dólares al 19 de marzo, y solicitó al Congreso 200 mil millones adicionales. Los países árabes del Golfo acumulan pérdidas superiores a los 120 mil millones. Más de 1,100 niños han resultado heridos o muertos.
Esa es la guerra que ahora tiene “tregua”.

La tregua que cada quien interpreta a su manera
El acuerdo de dos semanas nació con una fractura semántica incorporada. Netanyahu rechazó de inmediato que el acuerdo alcanzara al Líbano; Trump y Vance respaldaron esa lectura. Qué remedio. El parlamento iraní declaró que Israel había violado tres de las diez condiciones en las primeras horas: los ataques en el Líbano, una supuesta incursión de un dron en espacio aéreo iraní y el rechazo de Washington a reconocer el derecho iraní al enriquecimiento de uranio. El propio Vance habló de una “frágil tregua”, admitiendo con esa frase que el acuerdo vive en una categoría distinta a la de la paz.
Las posiciones de ambas partes apenas coinciden en el título. Irán exige el cese de la guerra en todos los frentes —incluido el Líbano—, el levantamiento de todas las sanciones primarias y secundarias, la retirada de fuerzas combatientes estadounidenses de la región, el pago de reparaciones de guerra y el reconocimiento de su derecho al enriquecimiento nuclear.
Estados Unidos propone la apertura inmediata de Ormuz, la prohibición definitiva del enriquecimiento iraní y un alivio de sanciones de carácter condicional. Al amanecer del 9 de abril, el estrecho de Ormuz operaba con actividad mínima: cuatro barcos de carga seca —y cero petroleros— lograron pasar en el primer día de tregua, frente a una media diaria de nueve durante el conflicto. Irán cobraba más de un millón de dólares por barco en concepto de peaje de paso. Geopolítica desequilibrada en estado puro.
Israel y la guerra que continúa en el líbano

Pocas horas después del anuncio de Trump, Israel lanzó la que sus mandos militares llamaron “Operación Oscuridad Eterna”: cien bombardeos en diez minutos sobre Beirut, el sur del Líbano y el valle del Bekaa, alcanzando más de cien objetivos supuestamente vinculados a Hezbollah. La BBC calificó la operación como la serie de ataques aéreos más significativa del conflicto.
El 8 de abril dejó 203 muertos y más de 1,000 heridos en el Líbano, la jornada más mortífera desde el inicio del conflicto. Al cierre del 9 de abril, una nueva andanada nocturna sumó al menos 17 muertos en Bint Jbeil, Beirut y Az-Zrariyeh, la mayoría mujeres y niños.
Desde el inicio de la guerra libanesa, el Ministerio de Salud contabiliza más de 1,739 muertos y 5,873 heridos. Más de 1.2 millones de libaneses han sido desplazados internamente, alrededor del 25% de la población total del país. El primer ministro Nawaf Salam acusó a Israel de escalar precisamente cuando las autoridades libanesas buscaban negociar, y de atacar zonas civiles con total desprecio por los principios del derecho internacional.
La División 98 del IDF avanzaba sobre Bint Jbeil el 9 de abril, mientras Israel emitía una orden de evacuación urgente para Al-Janah, zona densamente poblada de Beirut.
La lógica de Netanyahu es legible. El acuerdo con Irán excluye a Hezbollah, al que Israel trata como una amenaza independiente. Esta interpretación le permite perpetuar el conflicto en el Líbano con o sin tregua con Teherán. Irán, cuyo plan de diez puntos incluye explícitamente el cese de la guerra en el Líbano como condición primera, advierte que abandonará el acuerdo si los ataques persisten. Netanyahu luego de bombardear cínicamente Líbano, ahora da permiso para un acuerdo entre las partes. Lógica que siempre aplica: lanza la piedra y luego conversa o pide garantías (Estados Unidos siempre ha tenido en esta figura su aliado más descontrolado).
El estrecho de Ormuz como arma geopolítica

El estrecho de Ormuz es el verdadero interruptor de la crisis. Por él transita aproximadamente el 20% del petróleo que circula globalmente, junto a una proporción elevada del gas natural licuado del mundo.
Cuando Irán lo cerró al inicio del conflicto, 150 barcos de carga —incluidos múltiples petroleros— quedaron varados. Irán lo utilizó durante 39 días como palanca de disuasión y como arma de negociación. El 8 de abril, horas después de anunciarse la tregua, Teherán lo volvió a cerrar como respuesta a los ataques israelíes en el Líbano. El mensaje resulta transparente: cada acción de Israel en el Líbano tiene un precio en energía para el mundo entero.
Las complicaciones logísticas se acumulan. Reuters informó sobre interferencias GPS de origen desconocido en las proximidades del estrecho, con capacidad para provocar accidentes catastróficos con petroleros. El 9 de abril, un buque portacontenedores fue golpeado por un proyectil a 25 millas náuticas al sur de la isla de Kish. Los Emiratos Árabes Unidos exigieron la apertura incondicional del paso.
El petróleo, sismógrafo de la barbarie
Los mercados de energía llevan 39 días funcionando como sismógrafo de la guerra. El Brent llegó a 121.88 dólares por barril el 30 de marzo de 2026, un incremento del 34% en el mes y del 40% en comparación con el año anterior. El WTI siguió una trayectoria similar, con alzas superiores al 42% mensual.
El 8 de abril, cuando Trump anunció la tregua, el petróleo cayó con fuerza: el WTI perdió hasta un 16.41% y la gasolina RBOB un 9% en una sola sesión. La euforia duró pocas horas. Cuando la agencia iraní Fars confirmó que Ormuz volvía a cerrarse por los ataques israelíes en el Líbano, los precios recuperaron parte de las pérdidas. Al amanecer del 9 de abril, el WTI cotizaba en torno a los 99.64 dólares y el Brent en 97.40 dólares.
Déjame ser claro sobre la mecánica de esa volatilidad. El mercado reacciona a la probabilidad de que el suministro pueda interrumpirse en cualquier momento, tanto como al hecho consumado de la interrupción. Mientras esa probabilidad permanezca elevada —y hoy constituye una certeza razonada— el mercado incorpora una prima de riesgo que sobrevive a cualquier declaración presidencial en Truth Social.
Trump, la OTAN y el colapso del orden atlántico

Pero la geopolítica tiene otros frentes; la reunión entre Trump y Mark Rutte del 8 de abril fue el espejo de una alianza que ya atraviesa su mayor tensión interna. Tras el encuentro, Trump criticó públicamente a la OTAN, repitiendo que la alianza “no estuvo cuando la necesitábamos”, en referencia directa al conflicto con Irán.
Reuters informó que Rutte comunicó a varios aliados que Trump exige compromisos concretos en torno a Ormuz “en cuestión de días”. En la misma rueda de prensa, Trump renovó su amenaza sobre Groenlandia.
La posición de Rutte es estructuralmente incómoda. La alianza ha intervenido fuera de su territorio en el pasado —Afganistán, Libia—, pero Rutte sostiene que Irán queda “fuera de la zona OTAN” y que la organización solo defenderá a sus miembros. Esta postura preserva la coherencia jurídica de la alianza al precio de privarla de relevancia política en el conflicto más importante del momento.
La dimensión interna añade presión: la OTAN incrementó su postura de defensa de misiles balísticos tras el incidente en que un misil iraní fue interceptado sobre espacio aéreo turco en marzo. Erdogan advirtió a Rutte el 3 de abril que el proceso avanza hacia un “impasse geoestratégico” y urgió al mundo a multiplicar sus esfuerzos diplomáticos. La OTAN sobrevive a la guerra de Irán como institución formalmente intacta y políticamente arrinconada.
En una lectura ajena a la geopolítica detrás de todo eso, las constantes “flores” de Rutte a todo lo que ha hecho y dicho Trump, se percibe a ojos más simples como una constante necesidad de aprobación y claro miedo hacia lo que representa la desordenada figura del presidente de los Estados Unidos.
Europa dividida, España en la disidencia

La reacción europea al conflicto ha sido una mezcla de gestos simbólicos y parálisis efectiva. Dieciocho países —España, Austria, Bélgica, Croacia, Chipre, Finlandia, Italia, Irlanda, Noruega, Polonia y otros— firmaron a principios de abril una declaración conjunta exigiendo el fin de las operaciones militares israelíes en el Líbano y el fin de los ataques de Hezbollah. El texto condena a ambas partes, exige el respeto a la soberanía libanesa y llama a la desescalada urgente.
España ha adoptado la postura más nítida del continente. Pedro Sánchez condenó los ataques israelíes en el Líbano como una violación del derecho internacional y pidió que la Unión Europea suspenda su Acuerdo de Asociación con Israel, resumiendo el momento con una frase que condensa la posición europea más crítica: “el alivio momentáneo no puede hacernos olvidar el caos, la destrucción y las vidas perdidas”.
El canciller José Manuel Albares fue aún más directo: “todos los frentes deben cesar el fuego, y eso incluye el Líbano”. Francia expresó “preocupación” por la situación. El Reino Unido reclama un Ormuz libre de peajes. Italia trabaja en restaurar la libertad de navegación. Cada capital habla desde su propio nivel de tolerancia con Israel y con Trump, lo que convierte a Europa en un conjunto de voces que cada quien usa para hablar consigo mismo.
La dimensión nuclear, el fondo del problema
Detrás de toda la arquitectura de la crisis vive una pregunta que aguarda respuesta definitiva: ¿tiene Irán, o está desarrollando, armas nucleares? Aquí se da le geopolítica más oscura en este tablero.
La Agencia Internacional de Energía Atómica declaró antes de que comenzara la guerra que el programa iraní era “ambicioso” pero que la evidencia resultaba insuficiente para acreditar un programa estructurado de armas. Las negociaciones previas en Omán habían llegado a un punto en que Irán ofrecía suspender el enriquecimiento durante años y aceptar inspecciones completas.
Hoy el problema nuclear está más vivo que antes. Trump declaró el 8 de abril que exige la eliminación total del enriquecimiento iraní y que Estados Unidos, “trabajando con Irán, excavará y removerá todo el polvo nuclear profundamente enterrado”. El jefe de la organización atómica iraní respondió que el derecho al enriquecimiento permanece intocable. El punto diez del plan iraní incluye explícitamente el reconocimiento de ese derecho.
La brecha entre ambas posiciones demanda algo más que dos semanas de tregua. Estados Unidos atacó Natanz y otras instalaciones durante el conflicto. Lo que quede de esas instalaciones, lo que haya sobrevivido y lo que Irán decida hacer con su conocimiento nuclear son preguntas que permanecen abiertas. La guerra radicalizó el problema que pretendía resolver.
Geopolítica del colapso
Existe un sistema de incentivos perversos en que cada actor maximiza su ventaja táctica a corto plazo mientras el tablero sistémico permanece huérfano de conductor. Trump obtiene imágenes de fuerza y un pretexto para presionar a la OTAN. Netanyahu perpetúa la guerra en el Líbano bajo el paraguas de la seguridad de Israel. Irán usa Ormuz como palanca de disuasión irreemplazable. Europa gesticula desde la impotencia. Rutte se percibe impotente y débil.
El resultado es una crisis en capas: cada solución parcial genera un nuevo foco de inestabilidad. Mientras los actores sigan encontrando más que ganar con la escalada que con el acuerdo, el mundo seguirá pagando la factura en sus surtidores.
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Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

