El 12 de abril de 2026, Miguel Díaz-Canel se sentó frente a Kristen Welker en el programa Meet the Press de NBC News y ofreció la primera entrevista de “su mandato” en televisión estadounidense. La grabación ocurrió en La Habana el 9 de abril.

El mapa cambió en Caracas
La captura de Nicolás Maduro reordenó el mapa político del hemisferio de golpe. Venezuela cubría hasta el 80% de las necesidades energéticas de Cuba con envíos de crudo subsidiado. Con Maduro fuera del poder, esos envíos se detuvieron.
Trump interpretó el éxito venezolano como modelo exportable. Un día después de la operación, el secretario de Estado Marco Rubio declaró que Cuba estaba “en muchos problemas”. Trump comenzó a insinuar que la isla sería “la siguiente”. El 11 de enero llamó telefónicamente al gobierno de Díaz-Canel exigiéndole “hacer un acuerdo antes de que sea demasiado tarde” y llegó a presentar a Rubio como “un próximo presidente de Cuba”.
La maquinaria del bloqueo

Lo que Washington construyó desde enero de 2026 constituye el bloqueo más efectivo sobre Cuba desde la Crisis de los Misiles de 1962. Su arquitectura opera en tres niveles simultáneos. El primero es el corte del suministro venezolano, consumado con la salida de Maduro.
El segundo es la presión sobre terceros países: Trump amenazó con aranceles del 25% al 50% a cualquier nación o empresa que suministrara petróleo a la isla, incluyendo a México, que suspendió temporalmente sus envíos y cuyos buques Pemex fueron bloqueados activamente.
El tercero es el resultado acumulado de ambos: desde el 9 de enero, Cuba no ha importado un solo barril.
Las consecuencias sobre la población son concretas y documentadas. Solo en marzo de 2026 ocurrieron tres apagones totales que afectaron a los 10 millones de habitantes de la isla, algunos de hasta 30 horas continuas. Los hospitales cancelaron cirugías, las escuelas cerraron, el transporte aéreo comercial quedó prácticamente paralizado.
En Morón y otras ciudades hubo manifestaciones con la sede del Partido Comunista en llamas, literal. Stratfor y Chatham House califican la situación como potencialmente de “colapso inminente” si la isla no encuentra un salvavidas externo.
Trump habla, Rubio negocia
La retórica de Trump sobre Cuba ha escalado hasta el terreno de lo inusual para un presidente en ejercicio. El 16 de marzo, en el Salón Oval, dijo: “Ya sea que la libere o la tome, creo que podría hacer lo que quiera con ella”.
Días después añadió: “Cuba será la siguiente”.
Rubio —hijo de exiliados cubanos y arquitecto de la política latinoamericana de Trump— fue más preciso en los objetivos: “nos encantaría ver un cambio de régimen allí”, afirmó ante el Congreso en enero, aunque matizó después que ese cambio “no tiene que ocurrir de la noche a la mañana”.
En paralelo a ese discurso público, Rubio mantuvo conversaciones reservadas con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y figura de confianza del exdictador Raúl Castro. Axios reportó estas conversaciones en febrero que eluden los canales diplomáticos oficiales del régimen de Díaz-Canel y revelan que Washington considera a Raúl Castro —de 94 años— como el verdadero centro de gravedad del poder cubano. Algo sabido. Un funcionario de la administración describió esas conversaciones como “discusiones sobre el futuro”, con cuidado de evitar la palabra negociación.
Washington está apostando a resolver la cuestión cubana por encima de la cabeza del títere cubano, hablando con el entorno del hombre que Washington considera el poder real de la isla. Bloomberg añadió que la Casa Blanca tiene diseñado un modelo que evita la invasión militar y apuesta por una presión económica que convierta a Cuba en un protectorado dependiente de Estados Unidos, con el objetivo de reemplazar a Díaz-Canel por un interlocutor más pragmático dentro del propio régimen.
Los gestos de La Habana

Ante esa presión, el régimen cubano ha oscilado entre “la firmeza” en el discurso y los gestos tácticos de apertura. El 12 de marzo liberó a 51 prisioneros en un acto enmarcado en “las relaciones con el Vaticano”, mediador histórico entre La Habana y Washington. Amnistía Internacional criticó la opacidad del anuncio, que omitió precisar si incluía presos políticos.
El 3 de abril, el gobierno anunció la liberación de 2.010 presos, el mayor indulto en una década, descrito oficialmente como un “gesto humanitario y soberano”. El País lo calificó como otra señal de apertura ante la presión estadounidense. El gobierno tampoco en este caso facilitó los nombres ni confirmó si los indultados incluían presos políticos. La organización Prison Defenders contabilizaba más de 1.200 presos políticos en Cuba al inicio de 2026. La mayoría, para no ser absolutos, siguen presos.
La Cancillería cubana rechazó públicamente la condición de que Díaz-Canel abandone el poder como requisito para levantar las sanciones. Calificó esa exigencia de “secuestro de un presidente” y declaró que Cuba se prepara para “la posibilidad de una agresión militar”. Payasadas del régimen que intenta vender un humo cada vez más difuminado.
Lo que Díaz-Canel dijo en NBC
La entrevista se emitió el mismo día en que Byron Donalds —congresista republicano por Florida y candidato a gobernador— apareció en el mismo programa para declarar su apoyo a “un cambio de régimen total en Cuba” y afirmar que Díaz-Canel “quiere morir en el poder”. El contraste editorial fue deliberado por parte de NBC y provechoso para ambas narrativas.
Las posiciones de Díaz-Canel en la entrevista fueron inequívocas en cada frente. Sobre una posible invasión: “Si necesitamos morir, moriremos para evitar una invasión”. Sobre su permanencia en el cargo: “Renunciar no forma parte de nuestro vocabulario”. Sobre los presos políticos: calificó la narrativa como una “gran mentira”.
La hipocresía es inconmensurable.
Sobre las condiciones de elecciones plurales, prensa libre y sindicatos independientes exigidas por la administración Trump: declaró que “nadie nos ha hecho esas demandas” y que son asuntos que “no son negociables” con potencias extranjeras. Sobre el diálogo con Washington: se mostró abierto, con la condición de que ese diálogo excluya cualquier discusión sobre el sistema político cubano.
El títere del régimen cubano se declaró dispuesto al diálogo y, en el mismo aliento, blindó todo lo que importa al adversario de cualquier mesa de negociación, lo que le importa al cubanao que quiere cambios y libertad.
La frase que la prensa internacional más circuló fue la de la resistencia ante la invasión. La políticamente más densa fue la de la renuncia. Esa declaración borra cualquier ambigüedad sobre si las conversaciones secretas con el clan Castro podrían conducir a una salida negociada de Díaz-Canel del poder.
Su mensaje a Washington —y al interior cubano— es que “él es el presidente”, y que la estrategia estadounidense de negociar por encima de su cabeza con no produce el resultado que Washington imagina.
Cuba no es Venezuela

Toda la arquitectura de presión de Trump se construye sobre el precedente venezolano. El problema es que Cuba presenta un perfil diferente en los aspectos que más importan. Venezuela tiene enormes reservas de petróleo que justifican el interés económico directo de Washington; Cuba carece de ese atractivo.
El régimen cubano no replica la estructura de un partido de gobierno corrompido por el narcotráfico, como el chavismo: es un Estado unipartidista con más de seis décadas de control institucional y adoctrinamiento social, con una base de lealtades que la presión económica erosiona lentamente pero que el colapso súbito tampoco garantiza romper.
Cuba tampoco representa una amenaza de seguridad nacional significativa para Estados Unidos, lo que estrecha la justificación para una acción militar directa comparable a la de Caracas.
Por eso la estrategia de Trump en Cuba apuesta al colapso económico y la presión negociada. La entrevista de Díaz-Canel fue la respuesta pública a esa apuesta: una posición inamovible comunicada desde el escenario del adversario, antes de que cualquier negociación real llegue a concretarse.
Lo que la entrevista deja abierto
La entrevista cierra el debate sobre la voluntad de Díaz-Canel de ceder en los puntos fundamentales. Sobre todo lo demás, la ambigüedad persiste. El gobierno cubano niega conversaciones oficiales con Estados Unidos mientras, según Axios, esas conversaciones existen en paralelo con el entorno de Raúl Castro.
Las liberaciones de presos anunciadas en marzo y abril carecen de listas públicas y peso político real. El régimen cubano juega a ganar tiempo y desdobla su estrategia por todos lados y desde toda perspectiva para así esperar que “pase la rabieta” del presidente de los Estados Unidos.
El problema es que la apuesta de ambos bandos tiene en el medio a un pueblo cada vez más desalmado…
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.

