Hay algo profundamente contradictorio en la Navidad contemporánea. Mientras las ciudades se iluminan y los mensajes publicitarios insisten en vendernos la imagen de una “época perfecta”, millones de personas atraviesan el mes de diciembre experimentando exactamente lo contrario.
Aaron Osoria

La realidad de la Navidad

La depresión navideña afecta entre el 4 y el 8% de la población, según cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social, con una prevalencia especialmente marcada en mujeres jóvenes. Pero más allá de las estadísticas, lo que estas cifras revelan es la existencia de una presión cultural tan poderosa que convierte una época del año en un escenario de balance doloroso, donde la autocrítica se intensifica y la sensación de fracaso se vuelve ensordecedora.
La trampa de la felicidad obligatoria en Navidad
El primer problema es la exigencia tácita de “estar feliz” en Navidad. Todo nuestro entorno —desde los anuncios hasta las redes sociales— sugiere que en diciembre hay que estar alegre. Esta imposición cultural genera un contraste devastador para quienes no viven esa realidad, amplificando la desconexión entre lo que se siente y lo que “debería” sentirse.
La psicóloga clínica Cynthia Zaiatz dice que cuando se empieza el año nos proponemos cambios y esperamos que todo sea diferente, pero cuando se acerca el final, muchos sienten que no cumplieron casi nada. Y es entonces cuando aparecen los pensamientos automáticos negativos. “No fui capaz”, “no tengo suerte”, “soy un fracaso”. Pensamientos que, en lugar de motivar, paralizan.
Además, la mitad de la población siente la presión de aparentar felicidad, lo que incrementa la ansiedad general. La llamada “presión social navideña” actúa como un detonante de tristeza en quienes ya se sienten vulnerables, especialmente cuando a esto se suma la obligación de cumplir con todos los compromisos sociales y las fiestas.
Navidad negra: el duelo por lo que no fue
Diciembre llega como una sala de espera llena de metas inconclusas. Para muchos, el fin de año activa una vorágine emocional donde las luces contrastan con esa voz interna que enumera todo lo que no se logró. El peso que no se bajó, el viaje que no se hizo, el cambio de trabajo que no ocurrió, la pareja que no se encontró, el salto profesional que nunca llegó.
La psiquiatra María Teresa Calabrese observa que muchas veces los objetivos se plantean de forma poco realista y bajo exigencias ajenas. Generalmente somos muy exigentes con nosotros mismos y nos proponemos más de lo que podemos cumplir. A esto se agregan mandatos familiares y sociales que imponen la obligación de celebrar y divertirse, lo que resulta contraproducente cuando se atraviesan pérdidas o desilusiones.
El cierre de año invita a hacer recuentos. Qué personas queridas se fueron, qué metas no se lograron, qué relaciones terminaron. Es un tiempo de reflexión, pero también de confrontación con lo que dolió o no salió como se esperaba. Y encima, está el comentario incómodo del familiar bien intencionado. “¿Y el carro?”, “¿Y el niño?”, “¿Y sigues soltera?”.
El escaparate de las vidas perfectas en esa Navidad de cristal

Las redes sociales han añadido una capa adicional de toxicidad a esta época. La constante exposición a una “Navidad perfecta” puede llevar a que nos sintamos inadecuados. Fotos de familias ideales, viajes lujosos, fiestas corporativas y regalos opulentes que generan baja autoestima si nuestras propias celebraciones no se alinean con esos estándares inalcanzables.
Las plataformas se convierten en un escaparate donde se publican imágenes curadas que no reflejan muchas veces la realidad completa, sino una fachada. Esta versión idealizada intensifica la comparación social, algo particularmente perjudicial para el estado de ánimo. Como advierte la psicóloga Itania María con contundencia, “las redes están mandando mucha gente a terapia”.
La depresión de los rituales rotos y el peso de las ausencias
La Navidad está cargada de rituales familiares muy marcados. Cenas, fotos, reuniones, intercambio de regalos. Cuando alguien ya no está—por fallecimiento, migración, ruptura de pareja o distancia—esos rituales se convierten en recordatorios que generan melancolía persistente.
Un estudio en el Reino Unido encontró que el 17% de las personas se sienten más solas durante las fiestas. En Canadá, investigadores identificaron que la soledad influye en el cambio de ánimo navideño en un 40% de los casos, y la ausencia de familia en un 38%.
El costo financiero de la felicidad en Navidad
Otro componente devastador es la presión económica. Culturalmente, diciembre es el mes cuando las compras compulsivas se disparan, movidas por la añoranza de la abundancia y por la presión de cumplir con las celebraciones que imponen los estándares sociales.
La psicóloga Sugehy Arambarrio identifica que apenas inicia diciembre, muchas personas caen en “estrés financiero”. Esto es una respuesta física y emocional cuando se necesita una solución pero el estímulo es más grande que los recursos disponibles. Culturalmente, la Navidad está asociada con gastar. Es la época de la “felicidad obligatoria y la perfección”, y eso provoca mucho estrés.
Las compras compulsivas actúan como un mecanismo de afrontamiento. Existe una necesidad de demostrar afecto y estatus a través del gasto, o de evitar el sentimiento de culpa si no se compran regalos. El acto de dar o recibir un regalo libera dopamina, generando un sentimiento de placer porque se cumplen expectativas. Sin embargo, esta recompensa es temporal y puede llevar al endeudamiento y la angustia posterior.
De la autocrítica por depresión a la autocompasión resiliente
Ante este panorama, los especialistas coinciden en la importancia de buscar amabilidad en el trato hacia uno mismo. La Dra. Calabrese recomienda enfocarse en pocos objetivos para el siguiente ciclo y ser más tolerantes y empáticos con nosotros mismos. Sugiere despojarse de los mandatos ajenos y, si la familia no acompaña, buscar actividades sociales, voluntariados o espacios colectivos para compartir.
El médico psicoanalista Ricardo A. Rubinstein propone comparar trayectorias personales en el tiempo, observar cómo se superaron fracasos anteriores y no quedarse aislados. Destaca el valor de abrir el diálogo sobre los sentimientos con personas de confianza para ampliar perspectivas e identificar posibles caminos alternativos.
La autocompasión emerge como una herramienta fundamental. Según la psicóloga Kristin Neff, referente en este campo, la autocompasión nos hace ser más indulgentes y menos críticos con nosotros mismos para conseguir una visión más realista de la situación.
En lugar de tratarse con dureza cuando se cometen errores o no se alcanzan las metas, implica prestar atención a nuestro propio sufrimiento experimentando sentimientos de cariño hacia nosotros mismos, aceptando sin crítica los fallos y las incompetencias propias.
Resignificar el balance de la Navidad

El fin de año no tiene por qué vivirse como una evaluación estricta ni como una carrera contra el tiempo. Para algunas personas, proponer menos metas y flexibilizar las formas de celebrar puede aportar mayor bienestar, especialmente bajo circunstancias de crisis o cambios imprevistos.
La clave está en resignificar el balance como una oportunidad para el autocuidado y la empatía, evitando sobrecargarse de metas ajenas e inalcanzables. En lugar de medir el balance personal en términos de ganancias y pérdidas, es fundamental focalizarse en todo aquello que se ha aprendido y en todo lo que queda por aprender.
7 estrategias prácticas que pueden ayudar a pasar mejor la Navidad si sufres depresión
—Validar las emociones significa reconocer y aceptar los sentimientos de tristeza en lugar de intentar reprimirlos.
—Establecer expectativas realistas implica reducir las expectativas sobre cómo deberían ser las festividades para aliviar la presión.
—Cuidar de uno mismo requiere mantener una rutina de autocuidado con ejercicio, alimentación saludable y descanso suficiente.
—Buscar apoyo profesional es recomendable si la tristeza es abrumadora y persiste.
—Evitar la comparación parte de recordar que cada persona y cada proceso es distinto, y que las redes sociales contribuyen a una comparación excesiva que afecta la autoestima.
—Establecer límites significa explicar de forma amable cuando no puedes cumplir con ciertos compromisos sociales, sin obligarte a estar con personas que en realidad no te apetece ver, incluso aunque sean familia.
—Practicar la gratitud consiste en enfocarse en lo que se tiene, en quiénes están a nuestro lado y en lo que se ha logrado.
La Navidad debe ser una llamada a la empatía
“La salud emocional necesita la misma atención que se dedica a los preparativos navideños”, advierte la psicóloga Patricia González. En una época donde el sufrimiento puede quedar oculto detrás de las luces y los villancicos, es fundamental generar espacios de conversación en casa, compartir cómo cada miembro de la familia vive la temporada y evitar frases que invaliden el malestar de otros.
Un gesto tan sencillo como escuchar sin interrupciones puede marcar una diferencia significativa en la salud emocional de quienes enfrentan diciembre con mayor vulnerabilidad. Para quienes rodean a alguien en duelo o con depresión, los especialistas recomiendan acompañar sin presión excesiva, validar sus emociones sin exigir felicidad, y ofrecer ayuda concreta en lugar de simples palabras.
El derecho a no estar bien en Navidad
Diciembre no es para castigarse. El verdadero balance de año consiste en aceptar la imperfección y validar la resiliencia, no en juzgar las metas no cumplidas. Aunque la mayoría de personas vive estas fechas con entusiasmo, existe un grupo significativo que experimenta diciembre como un mes difícil donde la nostalgia se vuelve un visitante constante.
Reconocer esta realidad, hablar de ella sin tabúes y ofrecer apoyo genuino son pasos esenciales para que la Navidad deje de ser una época que algunos deben “sobrevivir” y se convierta en un periodo donde todas las emociones—incluyendo la tristeza, la frustración y la melancolía—tengan un lugar legítimo.
Porque quizás el regalo más valioso que podemos darnos esta Navidad no es la perfección, sino la aceptación. La aceptación de que está bien no estar bien. Vulnerabilidad no es debilidad y el crecimiento personal no se mide en metas cumplidas, sino en la capacidad de tratarnos con compasión cuando las cosas no salen como esperábamos.
En una cultura que nos exige brillar constantemente reconocer nuestras sombras puede ser el mejor acto de amor propio que podemos practicar.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


