Me inquieta que, en el intento legítimo por reivindicar a la mujer, su fuerza, su lucha y su capacidad, estemos empezando a mirar con sospecha algo tan humano como dejarse asombrar por todo lo que puede significar. Me cuesta aceptar que un ramo de flores, una metáfora, una dedicatoria o un poema puedan ser tratados, de entrada, como agresión o como traición a la causa de la mujer. Creo que se puede cuestionar la cosificación sin mutilar la sensibilidad; que se puede denunciar la injusticia sin renunciar a la belleza; que se puede decir “la mujer no es objeto” y, al mismo tiempo, seguir viéndola como mar, volcán o cielo, siempre que no se le niegue su voz.
Aaron Osoria

Un día entre la flor y la rabia
Cada 8 de marzo se cruzan, a veces violentamente, tres lecturas distintas del mismo día. Para quienes han leído la historia del 8 de marzo, la fecha es ante todo una jornada de duelo y de lucha, y con razón. La historia está repleta de huelgas obreras, fábricas incendiadas, mujeres explotadas y asesinadas, conquistas arrancadas a un sistema que las consideraba prescindibles. Ese día no nació como un “día para reconocerlas”, sino como una interpelación incómoda al poder, al Estado, al mercado y también a las formas cotidianas de relacionarnos. Un consuelo, en efecto.
Para muchos gobiernos, instituciones y empresas, en cambio, el 8 de marzo se ha convertido en un acto conmemorativo más, fácilmente empaquetable en discursos, listones morados y campañas publicitarias. Se organizan eventos, se publican mensajes solemnes, se lanzan promociones “por el Día de la Mujer”. Esa lectura también aplica para otros tantos días donde el mercado consume el ideario. Juego de palabras, consumir mediante el consumo.
Sin embargo, para una parte amplia de la población, el 8 de marzo es simplemente “el día de la mujer”, una especie de mezcla de San Valentín y Día de la Madre: se felicita, se regalan flores, se postea una frase bonita, se manda un sticker de WhatsApp. A veces la lectura es sencilla y no arroja ninguna intención detrás. A veces eso no es malo, a veces mantener cierta ingenuidad simbólica puede ser justo lo que se necesita.
Pero es precisamente en esa superposición donde estallan las tensiones. Mientras unos llegan con flores, otras piensan en las que no regresaron a casa. Mientras alguien escribe “feliz día” sin mala intención, otra persona escucha una forma de consuelo barato frente a una realidad que no se resuelve con ramos ni con emojis. La verdad, harta.
El gesto ingenuo frente a la memoria herida

Hay personas —mujeres incluidas— que viven el 8 de marzo como “simplemente un día para recordar la importancia de la mujer”, igual que se recuerda el amor el 14 de febrero, o a la familia en Nochebuena, o el paso del tiempo en fin de año. Para ellas, la fecha es una oportunidad de demostrar cariño, gratitud, admiración: gracias por lo que haces, por lo que eres, por lo que sostienes.
¿Eso, acaso, es malo o denunciable?
Desde esa perspectiva, el gesto es limpio porque no pretende borrar la violencia ni negar las desigualdades, solo decir “te veo y te agradezco”. Por eso desconcierta que, en ocasiones, estas muestras de afecto sean recibidas con hostilidad: se les acusa de trivializar la lucha, de convertir una conmemoración política en un “día de consuelo”, un paréntesis emotivo dentro de un año de indiferencia. Calma, que si esa es la lectura, absolutamente nadie pudiera pegar la cabeza en la almohada porque el mundo esta lleno de crueldad que traspasan el género, pero ese no es el punto ni la conveniencia de los cuales muchos sectores se aprovechan.
La irritación del otro lado también tiene raíces profundas. Para muchas mujeres, aceptar flores y felicitaciones en un contexto de feminicidios, acoso, precarización y sobrecarga de cuidados resulta hipócrita o incluso insultante. Aquí es importante el contexto. Si el resto del año se ignoran sus demandas, si en la vida cotidiana persisten los chistes, las minimizaciones y las violencias, el “feliz día” se siente más como anestesia que como reconocimiento. De ahí que existan posturas que rechacen de plano la felicitación y los regalos ese día, no tanto por el gesto en sí, sino por la incoherencia que lo rodea. Completamente coherente, se insiste, en esos contextos.
El choque, entonces, no es solo entre “quien quiere demostrar cariño” y “quien quiere luchar”, sino entre dos experiencias del tiempo: una que vive la fecha como ritual emotivo y otra que la vive como memoria de agravio.
De la musa sospechosa a la sensibilidad amputada
En medio de esta disputa se cuela otra tensión: la del lenguaje de la inspiración, la belleza y la metáfora. En redes sociales circulan frases combativas como “nos quieren como musas porque nos temen como artistas”. No se puede cometer un peor acto de mediocridad bajo su mal uso, generalizando algo que en realidad muchas veces se replica como eco común de algo que ni siquiera se entiende del todo.
La consigna nace de una crítica real y es que, durante siglos, la mujer ha sido colocada en el arte como figura inspiradora, cuerpo bello, personaje, mientras su nombre como autora, pintora, compositora o pensadora quedaba borrado, firmado por otros o reducido a nota al pie.
Esa denuncia es necesaria porque la historia está llena de mujeres usadas como rostro y olvidadas como firma. El problema aparece cuando esa crítica se extrapola y se convierte en sospecha automática sobre toda representación de la mujer como fuente de inspiración. Cuando cada metáfora que la compara con el mar o con un volcán se lee como ofensa, y cada intento de ponerla en el centro de una canción o una novela es tratado como crimen estético o político.
Porque se puede ser musa y se puede ser creadora. No se excluyen. Una mujer puede ser fuente de inspiración y, al mismo tiempo, autora de su propia obra, de su discurso, de su destino. Puede ser metáfora y sujeto, imagen y palabra, horizonte y caminante. La belleza existe, la delicadeza existe, la fuerza existe. La imagen de la mujer como mar, volcán, cielo o tempestad —imágenes que nada tienen que ver con delicadeza, aunque muchas mujeres presumen de su delicadeza, precisamente— no es, por sí sola, el problema del mundo. El problema empieza cuando se le permite ser solo metáfora y nunca voz.
Hay una diferencia crucial entre cosificación y admiración. Lo primero despersonaliza; lo segundo reconoce. Cuando las lecturas más rígidas intentan extirpar toda posibilidad de inspiración alrededor de la figura femenina, lo que se pierde no es solo un recurso literario, también se pierde una forma de sensibilidad, de eros, de vínculo con la realidad.
Cosificación no es lo mismo que admiración
Aquí conviene insistir en una distinción que parece obvia, pero se está desdibujando en demasía.
Cosificar es reducir a la mujer a cuerpo, a adorno, a función. Es usarla como instrumento de placer, de estatus, de decoración, sin reconocerle autonomía, deseo, historia, pensamiento. Es ponerla siempre “para la mirada” de otros, incluso cuando aparentemente se la alaba, pero sin dejarle decidir ni hablar.
Admirar, en cambio, es reconocer sus cualidades —su inteligencia, su coraje, su humor, su belleza, su sensibilidad— dentro de una relación en la que sigue siendo sujeto. Son aspectos que existen… ¿o no? Admirar implica escuchar, dejarse incomodar, aceptar su libertad para corresponder o no, para irse, para decir que no quiere ser musa de nadie. Admirar supone asumir que esa mujer tiene mundo propio.
Se puede elogiar el cuerpo de una mujer sin convertirla en cosa. Se puede escribir una novela inspirada en una mujer sin apropiarse de su vida. Se puede decir “eres el centro de lo que canto” y, al mismo tiempo, pensarla como unidad dentro de universo.
Reivindicar a la mujer en su fuerza, su lucha y su capacidad no implica negar su lado sensible, erótico, poético, o reconocer cuando no lo quiere, no lo necesita, o no le interesa. Parte de la reivindicación de la mujer, de hecho, pasa por dejarle el derecho a habitar todas las dimensiones que se le vengan en gana, por separado y a la vez. Simple. Reducirla solo a víctima, solo a bandera, solo a consigna, también es una forma de quitarle complejidad. Eso es un hecho…
¿Qué sería del arte sin la mujer en el centro?

Vale la pena la pregunta: ¿qué habría sido de tantas novelas, canciones, poemas, películas, si sus autores hubieran dudado cada vez que una mujer aparecía como centro de la obra? No porque esas obras sean intocables, sino porque muestran que una gran parte del arte moderno y contemporáneo se levantó alrededor de la figura femenina: amadas, madres, amantes, desconocidas, vecinas, personajes reales y ficticios. No había intención de reducir a nada ni a nadie. Muchas veces, la única intención es expresar.
El reto de este tiempo no es borrar esa herencia, sino leerla críticamente y seguir creando desde otro lugar. No se trata de censurar la inspiración, sino de complejizarla. La crítica no exige menos inspiración; exige más responsabilidad con lo que hacemos con ella. No pide sacrificar la belleza, sino evitar que sea coartada para la injusticia. Son dos cosas distintas.
Reivindicar a la mujer

Entre quienes rechazan la felicitación y quienes la entregan sin pensar, entre quienes escriben consignas furiosas y quienes se refugian en frases cursis, hay un espacio que no estamos habitando lo suficiente: el espacio donde la memoria de la lucha y la expresión del cariño no se anulan, sino que se corrigen mutuamente.
Se puede entender por qué muchas mujeres se niegan a ser felicitadas: conocen la genealogía de la fecha, han sentido en carne propia o cercana la violencia, desconfían de los gestos vacíos. Esa desconfianza es un mecanismo de supervivencia y de conciencia. También se puede entender a quienes siguen necesitando un lenguaje de ternura, de metáforas, de flores incluso, para nombrar lo que sienten. Esa necesidad tampoco es despreciable.
Aprender a transformar el gesto ingenuo en gesto consciente, sin ejecutarlo en la plaza pública como si fuera el enemigo es necesario. Que el “feliz día” se sustente en hechos y causas, no solo un simbolismo de 24 horas dentro de 365 días en el año.
Entre la flor y la consigna, entre la musa y la artista, entre el “no me felicites” y el “no dejes de admirarme”, hay un lugar incómodo pero fértil. Ahí, donde la historia de la opresión se mira de frente sin matar la capacidad de asombro, podríamos empezar a hablar de un 8 de marzo realmente distinto: uno en el que la mujer no tenga que elegir entre ser bandera o ser milagro, porque al fin es reconocida como lo que siempre fue: una persona entera.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


