No voy a explicarte qué son los therians con la condescendencia del académico que nombra la patología antes de comprenderla. Voy a decirte lo que realmente ocurre. Un ser humano —con cerebro, con historia, con la herencia genética de Sócrates y de Hipatia, de todos los que murieron por el privilegio de pensar— ha decidido que su identidad más verdadera es la de un lobo, o un caracol. Y no en metáfora. No no. En cuatro patas.
Aaron Osoria

¿Qué son los therians?
Además de humanos absurdos, el fenómeno de los therians tiene nombre técnico, ritual codificado y comunidades en expansión. Por increíble que parezca, en Argentina ya cuentan por centenares los que se congregan en plazas, centros comerciales y parques bajo esta bandera. El 20 de febrero de 2026, la primera reunión masiva en México convocó a sus seguidores en las Islas de Ciudad Universitaria, a las 14:00 horas, con “carrera therian” incluida en el Anexo de Ingeniería. Una de las universidades más importantes de América Latina, convertida en pista para adultos jóvenes que imitan la biomecánica del lobo. Hay algo en eso que duele de una manera que todavía no termina de articularse.
Lo que saben y lo que eligen
Esto es lo que más perturba: los therians saben que son humanos.
No hay delirio clínico en el núcleo del fenómeno —o al menos no en su forma más extendida. Reconocen su condición biológica pero afirman que su esencia no pertenece a ella. Dicen sentir “miembros fantasma” —una cola, unas alas— y experimentar “shifts”, momentos donde el instinto animal coloniza su conciencia.
Este lenguaje, tomado en préstamo de la literatura sobre neurología e identidad de género, se aplica aquí a sensaciones completamente inverificables. No importa. La subjetividad se ha convertido en tribunal inapelable. Lo que yo siento es lo que existe, y existir es suficiente para exigir respeto, palabra denigrada actualmente hasta más no poder.
Los therians no son furries
Los furries practican un hobby artístico, usan disfraces con plena conciencia de la representación. Los primeros juegan. Los segundos creen. Y creer que eres un lobo —no en sentido poético sino en el sentido de que tu esencia verdadera no es humana— es una renuncia, la renuncia más cara de la historia.
Quadrobics y la coreografía del vacío

La práctica que más se ha viralizado tiene nombre propio: quadrobics. Correr, saltar, moverse en cuatro patas imitando la biomecánica animal. No hay fundamento deportivo ni técnico. Es performance pura —pero performance sin ironía, sin distancia crítica, sin el guiño que separa al artista del personaje.
En Argentina, el fenómeno ha migrado de la pantalla a la calle. Grupos como el “Xul Solar”, con más de 120 integrantes, se reúnen en plazas de Buenos Aires a plena luz del día. Llegan con orejas postizas, colas artificiales, máscaras y maquillaje animal. Algunos vecinos ya ni siquiera se sorprenden al ver una “manada humana” corriendo en cuatro patas por el parque. Esa denigrante naturalización —esa lenta erosión de la extrañeza— es quizás el dato más revelador de todos.
Y aquí está el nudo que no se puede desatar con buenos modales; cuando en Argentina un joven therian mordió a un niño en el tobillo porque “su instinto animal se lo pidió”. La sociedad se encontró ante una pregunta que ya no puede responderse con tolerancia genérica.
¿Dónde termina la identidad y empieza la patología? ¿Puede una “identidad” justificar daño físico a otro? ¿Hemos llegado al punto en que nombrar esto como lo que es —un problema— equivale a discriminar?
La respuesta honesta es sí. Hemos llegado exactamente ahí.
Hay un dato que agrava todo. Hay sospechas fundadas en redes de que la convocatoria en la UNAM nació como una broma pesada en grupos de la Facultad de Ingeniería. La comunidad therian real la adoptó y planea asistir con sus máscaras y accesorios. Ni siquiera importa si la invitación fue satírica. La estupidez humana tiene tal impulso que se convoca a sí misma y se apropia de lugares que no corresponden a la detracción psicosocial.
El algoritmo como partera de la estupidez

No es que la estupidez sea nueva, lo nuevo es su industria, reflejada en los therians.
Las plataformas digitales no premian la lógica; premian la fricción. El algoritmo detecta que ver a alguien saltar en cuatro patas por un parque genera exactamente la respuesta emocional que necesita —asombro, burla, indignación, fascinación— y lo distribuye a millones.
La “anormalidad” se convierte en moneda de cambio y premio. El cuerpo se transforma en interfaz de visibilidad: libre en apariencia, coreografiado en realidad por la misma lógica que dicta qué posturas generan más retención, qué gestos sostienen la pantalla más segundos. No es espontaneidad. Es cálculo disfrazado de autenticidad, haciéndolo todavía más repulsivo.
Muchos de estos jóvenes saben perfectamente que les van a llover críticas. Pero en el mundo digital, el desprecio computa igual que la admiración. La plataforma no distingue entre el like y el insulto, donde ambos son engagement, retención, tiempo de pantalla. Han descubierto que ser el “raro del pueblo” a escala global es un negocio o, al menos, un subidón de dopamina constante.
El sistema no pide que seas sensato, pide que seas memorable, y lo memorable hoy es cualquier cosa que genera atención. En este contexto es lo absurdo.
Lo verdaderamente grave es que esta estupidez está premiada y, en muchos casos, remunerada. Cuanto más grotesca la conducta —correr en cuatro patas en un parque, morder a alguien en plena vía pública, organizar carreras de imitación animal en recintos universitarios— más visibilidad, más comentarios, más retención. Antes, el idiota era una advertencia moral y un límite social. Hoy, el idiota viral es un modelo aspiracional con miles de seguidores. La cultura ha invertido los valores de manera tan sistemática que ya parece normalidad.
La economía de la atención necesita periferias de dicha “anormalidad” para que el centro se sienta cuerdo. Los therians son una de esas periferias útiles y funcionales al sistema: el payaso de aldea global que antes era el chisme del barrio y ahora puede ser la mini-celebridad del planeta. El pudor se ha externalizado y el usuario no siente vergüenza; la sienten los espectadores. Pero esa incomodidad también sostiene la máquina de views, y por supuesto, la culpa es nuestra.
Del Homo sapiens al Homo performans
El Efecto Flynn documentó durante el siglo XX una subida constante del cociente intelectual promedio. Los estudios sobre las generaciones nacidas desde mediados de los noventa muestran que esa curva se ha estancado o revertido en países desarrollados. Los datos están. Los debates, también.
Pero más que una caída en la capacidad biológica del cerebro, lo que estamos viendo es una crisis de la razón como práctica cultural. Hemos producido una criatura —el Homo performans— que no se define por pensar sino por actuar frente a la cámara.
Jóvenes con acceso a educación, información y tecnología usan ese capital no para comprender el mundo sino para justificar cualquier fantasía subjetiva como identidad inviolable.
Esto es analfabetismo funcional de lujo; se desprecia el esfuerzo de elaborar una idea coherente mientras se invierte tiempo y energía en perfeccionar el salto en cuatro patas que garantice segundos de atención viral.
La intimidad del pensamiento se ha disuelto en el espectáculo público de la opinión instantánea, burda, idiota, involutiva. Cuando el pensamiento se vuelve espectáculo, deja de ser pensamiento. De hecho, la sociedad hace varios años no piensa, lo que pasa es que hoy se están derrumbando los últimos muros de resistencia ante la estupidez humana.
El fenómeno de los therians es una triste tendencia estructural donde el razonamiento se vuelve optativo y el performance conquista todos los espacios. El estatus ya no se gana mediante el intelecto, el trabajo o el talento. Se gana mediante la disrupción visual. No importa si es absurdo, mientras sea “único”. Antes (no hace mucho), único significaba algo distinto, relacionado a virtuosismo y autenticidad. Hoy estamos ante el triunfo definitivo del espectáculo sobre la sustancia, de la imagen sobre el contenido, del like sobre el argumento. Se respeta menos al que piensa en silencio que al que hace el ridículo en público.
Las identidades de refugio y la cobardía sofisticada
También hay algo más en este fenómeno de los therians que estupidez pura. Hay miedo.
En un mundo hiperconectado y ansioso, pertenecer a un grupo con reglas esotéricas —como los therians— ofrece un sentido (si se le puede llamar así) de comunidad instantáneo. Para un adolescente sin certezas, ser “un lobo en cuerpo humano” es más emocionante que ser un estudiante promedio con incertidumbre laboral. Eso es comprensible, pero no lo hace menos grave.
Porque esa búsqueda de refugio esconde una infantilización extendida que es el verdadero núcleo del problema. La figura de los therians encarna la fuga de la adultez: frente a un mundo complejo, hostil y precario, muchos prefieren declararse lobos o gatos antes que reconocerse como sujetos humanos con deberes, conflictos y responsabilidades.
Es más sencillo proclamar “soy lobo” que asumir “soy un ciudadano frustrado en un sistema desigual y tengo que trabajar, pensar y luchar para cambiarlo”. En lugar de enfrentar el miedo, la ansiedad, la precariedad o la soledad con herramientas racionales —terapia, organización política, comunidad real, pensamiento crítico—, se huye hacia un teatro identitario donde todo se justifica con la consigna del “yo siento, luego existo”.
Es una cobardía sofisticada porque se convierten evasiones y conductas ridículas en banderas de identidad y se exige respeto automático por lo que en cualquier otro momento histórico habría sido leído como síntoma, delirio o simple tontería. El respeto es una condición moral que se anula en el momento donde se renuncia a la misma moralidad. Los therians son la representación de la cobardía y falta de carácter de una generación mimada e incapaz de afrontar y luchar realmente ante las vicisitudes de un mundo cada vez peor. Todos tenemos la culpa; simplemente unos avanzan como pueden aceptando y/o combatiendo las injusticias, otros se esconden en una cueva imaginaria.
Cuando la vida humana se percibe como fracaso estructural —sin acceso garantizado a vivienda, trabajo estable, futuro previsible—, la animalidad se convierte en refugio estético y emocional. No es un regreso a la naturaleza, por tanto. Estamos ante una caricatura de la naturaleza producida en alta definición. Los therians son una animalidad higienizada, hecha para cámara, despojada de toda realidad material del animal. Es imbecilidad y nada más.
Bauman tenía razón, pero no imaginó esto

Zygmunt Bauman llamó “modernidad líquida” a la condición de identidades inestables, reversibles, que se prueban como ropa. Los therians son el ejemplo más perfecto y el más triste: hoy eres lobo, mañana dragón, pasado simplemente humano otra vez. Risas. La identidad deja de ser construcción de largo plazo —ese proyecto doloroso, lento, irreductible al disfraz— y se convierte en producto intercambiable, adaptado a la lógica de TikTok donde todo es ensayo permanente de personajes.
Cuando los grandes relatos pierden fuerza —la religión que prometía salvación, la nación que exigía sacrificio, el progreso que justificaba esfuerzo— cada individuo queda a la deriva, obligado a fabricar su propio micro-relato identitario. Los therians son una de las respuestas posibles a esa orfandad de sentido. Una pésima respuesta, por si no te ha quedado claro.
Y el sistema educativo ha abierto esa puerta de par en par. Cuando se prioriza la “autoestima” sobre el rigor lógico, cualquier narrativa identitaria —por más estrambótica que sea— se acepta como válida para no “ofender”. Se ha instalado la idea de que toda autopercepción merece validación automática y que cuestionarla equivale a violencia simbólica. Los sociólogos de esta línea deben estar orgullosos de su contribución.
Al erosionar el espacio mismo de la crítica y del juicio racional, la frontera entre lo clínico y lo cultural se desdibuja: ¿todo es identidad o hay casos donde hablamos de sufrimiento psíquico disfrazado de performance?
El fin de la intimidad
Antes, la rareza existía, pero no buscaba escenario. Hoy el individuo no “es”; actúa. La identidad adoptada por los therians vive para el lente. Si un therian salta en un bosque y nadie lo graba para TikTok, ¿realmente saltó? Para ellos, no, así te lo digo. La existencia se valida solo cuando es vista, comentada, compartida. El like del extraño en otro continente pesa más que la opinión del padre o del maestro. Esa inversión de jerarquías —preferir la opinión de un bot anónimo sobre la de alguien que te conoce— no es solo absurda, sino que es el síntoma más claro de la involución. Se pierde la capacidad de discriminar entre fuentes de autoridad legítima y ruido digital.
El cuerpo se convierte en puro objeto de performance donde la identidad deja de ser narrativa interna para convertirse en producto audiovisual de consumo masivo.
La complicidad adulta
Aquí nadie se salva del todo.
La involución no es responsabilidad exclusiva de los jóvenes que se arrastran en plazas públicas. Es también la derrota del criterio adulto que tolera, aplaude o relativiza cualquier cosa por miedo a “discriminar”. Escuelas, familias, universidades y medios se han vuelto cómplices cuando se niegan a trazar una línea clara entre la rareza excéntrica y la conducta abiertamente absurda o peligrosa.
Por miedo a “estigmatizar”, se legitima cualquier extravagancia como “identidad válida” y se diluye la posibilidad de decir: esto está mal, esto es ridículo, esto no es defendible, esto es absurdo.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de nombrar la estupidez como tal, deja de educar y empieza a consentir. Y el consentimiento sostenido produce una peligrosa naturalización. Sucede en todo ámbito, visto mayormente ahora en la polarización, por ejemplo, o en las nuevas formas de hacer política (cuando creíamos que no podía ser más sucia), o en la violencia como un modelo de negocio.
Con los therians sucede igual y son parte de ese fragmento. Hoy somos espectadores pasivos o facilitadores activos de cualquier extravagancia que una persona decida adoptar como bandera identitaria. En nombre de la tolerancia, se ha instalado la indiferencia. En nombre de la diversidad, se ha legitimado la sandez.
El fenómeno de los therians: elegía
Los therians son el síntoma de algo que no quiero nombrar con demasiada calma porque la calma aquí sería otra forma de complicidad.
El problema es una civilización que, teniendo las mayores herramientas de conocimiento, comunicación y educación de su historia, ha decidido usarlas para perfeccionar su derecho a comportarse como idiota ante millones de personas presentadas como espectadores y no actuantes.
El problema es una civilización que ha convertido la renuncia al pensamiento en identidad respetable, ha confundido la libertad con la idiotez, la diversidad con la regresión, la tolerancia con la ausencia de juicio.
Y dime que no duele. Dime que no es una pérdida. Es imposible (al menos desde el verdadero análisis y raciocinio) confabularse con este detrimento que nos acerca más a la extinción (cada vez más merecida).
Después de milenios de evolución cultural, científica y tecnológica, hemos llegado a un punto crítico que nos está llevando en caída hacia un vacío del cual difícilmente tendremos retorno. No estamos ante un problema de salud mental individual. Estamos ante un colapso del sentido común colectivo.
Ahí, exactamente ahí, es donde esta época encuentra su nombre definitivo: la nueva estupidez humana. La constatación de que, después de todo, una civilización entera parece dispuesta a sacrificar la dignidad de lo humano en el altar del espectáculo, de la validación barata, de la viralidad instantánea y de la renuncia sistemática al pensamiento.
Los therians son el espejo más grotesco de ese sacrificio, y el principio de un fin avisado…
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


