El diablo viste de Prada 2: nostalgia como crítica

El diablo viste de Prada 2 recaudó 233 millones en un fin de semana, con un 86% en Rotten Tomatoes, siendo una película que logra criticar la economía de la atención sin competir en sus términos. El filme, de los más esperados en el año por diferentes razones —ninguna de alto impacto, pero en conjunto formando la mejor de las sutilezas— logró decir mucho haciendo realmente poco.

El diablo viste de Prada 2 recaudó 233 millones en un fin de semana

Éxito rotundo en su premier

El diablo viste de Prada 2 recaudó 233 millones de dólares en su primer fin de semana. La primera entrega recaudó 326 millones en toda su vida de cartelera. Por supuesto, hay factores mucho más allá del número frío. Son 20 años donde el dinero y su valor ha mutado drásticamente, y sin dudas, no hubiera existido tanta expectativa sobre la segunda parte de esta película sin tener la imagen en el recuerdo de la primera.

Eso sí, la secuela debuta con un 86% en Rotten Tomatoes frente al 76% del original. Los números dicen que el mundo de Miranda Priestly conserva su poder de fascinación. Lo que no dicen es por qué.

La respuesta tiene dos capas que coexisten sin anularse. Una es de mercado: la película apela a la añoranza porque la añoranza vende, y el 72% de los espectadores del primer fin de semana fue empujado por un recuerdo. La otra es que el recuerdo tiene sustancia, y la película lo sabe.

La nostalgia que se interroga a sí misma

Miranda Priestly (Meryl Streep)

La trampa clásica de las secuelas tardías es confundir homenaje con argumento. Esta se acerca, pero no cae. Los guiños a la primera película —frases, encuadres, dinámicas, vestuario, recuerdos de Andy Sachs— funcionan como mecanismo del relato, lejos de ser mera decoración. La película construye un puente emocional entre lo que fue y lo que es, y en ese puente instala su verdadera pregunta…

¿qué se pierde cuando el tiempo avanza y los sistemas cambian?

Eso convierte la nostalgia en algo más interesante que fanservice. Es una nostalgia que sabe que está mirando hacia atrás y pregunta, desde ahí, algo sobre el presente.

El verdadero villano: el algoritmo

El diablo viste de Prada 2  el reencuentro

El diablo viste de Prada 2 funciona como crítica cultural cuando se lo propone, de manera suave pero contundente. El mundo editorial de moda que retrata —ya herido en la primera entrega por su frialdad y su elitismo— aparece ahora amenazado por la lógica frívola de los clicks, las vistas, el contenido exprimible.

Andy Sachs pronuncia en algún momento algo sobre cómo los nuevos dueños quieren succionarlo todo sin preguntar para qué. Esa pregunta —el para qué— es lo que la película lanza sin responder nunca, lo cual es, en sí mismo, una postura honesta. La respuesta todos la sabemos, y por eso no necesita mencionarse. Dinero. Aquí la escena pasa de una ingenuidad casi forzada a una invitación para que el público cuestione para sí mismo. Dinero, eso y nada más.

El mundo que Runway representaba tenía sus propias crueldades, y la película no las olvida. Pero tenía algo que los algoritmos no tienen: una estética con firma, visión con nombre, una forma de ordenar la belleza que, aunque elitista, era humana. La ironía que la película explora casi sin querer es que esos personajes aparentemente fríos resultan ser, veinte años después, los últimos guardianes de algo artesanal frente a lo que vino a reemplazarlos.

emily blunt en El diablo viste de Prada 2

A qué costo se da ahora el exceso de sensibilidad —vista en las escenas donde Miranda Priestly necesita pensar todo antes de hablar para no “agredir”— a cambio de una economía de la atención puramente estéril es de los mejores mensajes subliminares del filme. La crueldad en estos contextos muchas veces forma parte de una personalidad supuesta a una genialidad única y la capacidad de amar la creación y el trabajo detrás de ella. Al final, Meryl Streep en su personaje, veinte años después, encarna la pasión en todas sus facetas, pero siempre con el mismo resultado. Excelencia.

Una película que no compite por atención

El diablo viste de Prada 2 andy y miranda

Formalmente, El diablo viste de Prada 2 es suave. Sin grandes giros ni picos dramáticos que busquen el aplauso. En el contexto actual, donde todo exige escalada y espectáculo, eso es casi un acto de coherencia: una película que critica la economía de la atención y se niega a competir en sus propios términos. Los artículos de Andy Sachs, buenos y serios, pero no leídos, son la prueba del mensaje principal, la capa dentro de la capa. El buen contenido hoy nada tiene que ver con el consumo.

El ritmo de la película apuesta por la misma línea, con el matiz estructural propio que conlleva una cinta. Hay momentos en que la suavidad se confunde con falta de tensión, pero en general la decisión de confiar en los personajes le da una textura que las secuelas más ruidosas no tienen.

El éxito de El diablo viste de Prada 2 no es de impacto

Que una película sea consciente de su propio dispositivo no significa que ese dispositivo no funcione. La nostalgia como estrategia y la nostalgia como emoción genuina pueden coexistir. Cuando lo hacen bien —y aquí lo hacen en sus mejores momentos— el resultado es algo que el cine comercial rara vez logra: una película que siente, piensa y vende al mismo tiempo. Con sus imperfecciones, esta lo consigue.

Este tipo de contenido lo puedes encontrar en el canal de Youtube Fdh Academia

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *