Hamás se desmantela en Gaza: tecnócratas sobre ruinas

Las autoridades de Gaza controladas por Hamás han anunciado la disolución del entramado administrativo con el que el movimiento islamista ha controlado de facto la Franja durante casi dos décadas.

Un retiro parcial

Sobre el papel, Hamás “renuncia” a administrar directamente Gaza para ceder la gestión civil y de servicios a un comité tecnócrata palestino. Pero más que una retirada, es un reposicionamiento táctico.

El movimiento se quita de encima el costo político de gestionar ruinas: salarios impagos, infraestructuras destruidas, crisis humanitaria permanente. Al mismo tiempo, conserva su capital simbólico como actor de “resistencia” y mantiene presencia en el plano militar y político, aunque más difusa.

Lo que se reconfigura, entonces, no es tanto el poder como su visibilidad. Hamás deja de aparecer como “gobierno” y se reserva el papel de fuerza que observa, condiciona y, llegado el caso, sabotea una transición que considere contraria a sus intereses. Ojo con eso…

El tecnócrata como pantalla

El comité tecnócrata se presenta como antídoto frente al caos: profesionales, gestores, expertos llamados a administrar servicios, reconstrucción y “buen gobierno”. La palabra tecnocracia, en este contexto, funciona como eufemismo de neutralidad.

Sin embargo, ningún comité de expertos puede levitar por encima de las relaciones de fuerza que lo hacen posible. Su diseño responde a un guion escrito, en buena medida, fuera de Gaza: por las potencias que financian, por los actores regionales que medían y por las líneas rojas que Israel y Estados Unidos establecen como condición para cualquier esquema de transición.

El resultado probable es un organismo atrapado entre la lógica de los donantes, las exigencias de seguridad impuestas desde fuera y la desconfianza de una población que ha visto demasiadas veces el mismo decorado institucional sobre el mismo escenario de violencia, una y otra vez.

Fragmentar al sujeto palestino

Franja de Gaza

Este movimiento encaja en una tendencia más amplia: la fragmentación deliberada del sujeto político palestino. Hamás pierde su rol de administrador visible; la Autoridad Palestina sigue devaluada y desplazada de Gaza; el espacio que queda se llena de comités, consejos, fuerzas internacionales, ONG y agencias.

Cada pieza tiene mandatos limitados, responsabilidades acotadas y márgenes estrechos. Ninguna, por sí sola, puede dar forma a un proyecto político coherente. La multiplicación de órganos “técnicos” y “provisionales” convierte la excepción en norma: todo es transición, nada es soberanía.

Estados Unidos: arquitecto de la transición condicionada

Washington aparece como el gran arquitecto del nuevo dispositivo. Presenta el comité tecnócrata como paso hacia la estabilidad, vincula la reconstrucción a reformas institucionales y se ofrece como garante de un orden que, supuestamente, permitirá a Gaza salir del colapso permanente al cual ellos mismos han contribuido.

Pero esa promesa viene con letra pequeña. La seguridad sigue definida en términos aceptables para Israel; el desarme de actores “no autorizados” se coloca como condición previa; la ayuda se dosifica; la justicia internacional se tolera o se combate según toque a aliados o adversarios.

Estados Unidos intenta cuadrar el círculo de mantener su alianza estratégica con Israel, contener a Hamás, evitar un desastre humanitario demasiado visible y, al mismo tiempo, producir la imagen de una transición civilizada. El comité tecnócrata es la pieza que permite contar esa historia, no el sujeto que la protagoniza.

Netanyahu, La Haya y la asimetría de la justicia

Las órdenes de arresto contra Netanyahu y altos responsables de Hamás por crímenes de guerra y de lesa humanidad introducen, por primera vez en mucho tiempo, un elemento de horizonte judicial en un conflicto marcado por la impunidad. Pero la existencia de cargos formales no elimina la asimetría.

Israel sigue disponiendo de superioridad militar, respaldo diplomático y capacidad de imponer hechos consumados sobre el terreno. La devastación de Gaza, que ha sido documentada hasta el cansancio, se convierte paradójicamente en argumento para rediseñar la gobernanza de la Franja: quienes destruyeron se sientan ahora a decidir cómo y bajo qué condiciones se reconstruye.

En ese marco, la “retirada administrativa” de Hamás es útil para muchos: descomprime presión sobre Israel, ofrece a Estados Unidos un relato de progreso y deja a la población palestina, una vez más, mirando desde abajo una arquitectura de decisiones tomada por otros.

Israel buscará otra guerra para alargar el juicio al diabólico Bibi, eso es casi un hecho…

Gaza entre ruinas y maquillaje institucional

Boys salvaging a destroyed building in the Gaza Strip, 2009.

Lo que emerge de este proceso es una reingeniería del mismo régimen de control con otros nombres y rostros. Se desmonta un aparato, se instala otro, pero las categorías permanecen.

El riesgo principal es que el comité tecnócrata acabe convertido en administrador de ruinas: gestionando escasez, justificando recortes, aplicando decisiones que no tomó, dando la cara ante una población que exige respuestas mientras el centro real del poder sigue fuera de su alcance.

En ese escenario, la tarea de quien narra no es celebrar la transición ni demonizarla en bloque, sino nombrar lo que ocurre: un cambio de decorado que puede aliviar algunos aspectos de la vida cotidiana, pero que no altera la estructura profunda de un conflicto donde la violencia ha sido mucho más constante que cualquier arquitectura institucional.

Esto en el corto plazo difícilmente ofrezca resultados más allá de la esperanza en que se aminore la carga hacia los que sufren una guerra infinita sin saber si llegan al siguiente día.

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