Ramiro Valdés Menéndez, fundador de la Seguridad del Estado y de la inteligencia cubana, el hombre al que el exilio llama el Carnicero de Artemisa, murió a los 94 años. Detrás de los honores oficiales hay seis décadas de vigilancia, cárcel y fusilamientos.

Anuncio del deceso y retórica
El régimen anunció en la mañana del domingo 21 de junio de 2026 la muerte de Ramiro Valdés Menéndez, Comandante de la Revolución, a los 94 años, y lo despidió con los títulos de Héroe de la República de Cuba y del Trabajo.
Detrás de esa hoja de honores está el hombre que construyó y dirigió durante seis décadas el aparato de vigilancia y represión que todavía sostiene al poder en la isla. La historia que importa empieza ahí, en la distancia entre el comandante que el Estado entierra con gloria y el represor que vigiló, encarceló y fusiló a gente de su propia tierra.
La cara oculta de la vigilancia
Valdés fundó la Seguridad del Estado y la Dirección General de Inteligencia, y dirigió ese aparato desde su primera designación al frente del Ministerio del Interior en 1961. Ocupó la cartera en dos periodos, de 1961 a 1968 y de 1979 a 1985, y desde ahí montó la maquinaria de control que todavía sostiene al régimen.
Mantuvo lazos estrechos con el KGB soviético, importó del bloque socialista y de la Stasi los métodos de interrogatorio y vigilancia, y convirtió la delación vecinal en política de Estado a través de los Comités de Defensa de la Revolución.
El saldo

Las cuentas de su gestión son difíciles de atribuir a una sola persona, porque las penas pasaban por los tribunales revolucionarios, por las Fuerzas Armadas y por toda la cúpula. Lo que se puede contar es la máquina que Ramiro Valdés fundó y dirigió en sus dos etapas al frente del Ministerio del Interior. Se calcula que al menos 70.000 cubanos fueron encarcelados por motivos políticos, mientras otros miles enfrentaron torturas, juicios sumarios y penas de muerte.
El proyecto Archivo Cuba, fundado por el economista Armando Lago, tiene documentados uno por uno alrededor de 3.600 fusilamientos, más de 1.200 asesinatos extrajudiciales y cientos de muertes en prisión, y en revisiones posteriores el número de ejecutados verificados supera los 5.700, dentro de un total de más de 8.000 muertes registradas.
Lago calculaba que el costo real del castrismo rebasa las 20.000 muertes, y que solo en el primer año de la Revolución cayeron ante el pelotón unas 1.360 personas. El grueso de esas ejecuciones documentadas corresponde a los primeros años sesenta, cuando Valdés levantaba la Seguridad del Estado y mandaba en el MININT.
En 1959 había sido, además, segundo jefe de La Cabaña bajo el Che, la fortaleza donde se fusiló a centenares y donde avaló las órdenes de ejecución de su comandante inmediato. Las sentencias salían de los tribunales, y la policía política que él construyó ponía las detenciones, los interrogatorios y las pruebas, o su ausencia.
Tres hechos concretos
En el Escambray, la matanza de La Ceiba terminó con 19 hombres ejecutados con una ametralladora calibre 30, y la campaña contra los alzados sumó operaciones de exterminio y el destierro de campesinos señalados como colaboradores.
En el presidio de Isla de Pinos, cerca de 5.000 presos políticos durmieron más de veinte meses sobre un virtual colchón de explosivos sembrado bajo sus edificios. Y a los interrogatorios de su ministerio llegaron el pentotal sódico, el electroshock, los cambios de temperatura, el aislamiento prolongado y las golpizas, según el testimonio de expresos y del investigador Pedro Corzo.
Por las Unidades Militares de Ayuda a la Producción pasaron entre 25.000 y 35.000 personas entre 1965 y 1968, en su mayoría religiosos de diversos credos y hombres homosexuales, junto a intelectuales y jóvenes catalogados de antisociales.
De los cálculos que elevan esa cifra a 35.000, un estimado de antiguos agentes de inteligencia cuenta unos 500 internos derivados a pabellones psiquiátricos, 70 muertos por tortura y 180 suicidios. Los campos dependían del Ministerio de las Fuerzas Armadas y no del suyo, aunque Valdés colaboró en ponerlos en función y eran los Comités de Defensa de la Revolución, esa red que él había expandido, los encargados de facilitar a los candidatos.
El apodo y su raíz
El exilio y la oposición lo nombran el Carnicero de Artemisa, y el apodo tiene una raíz literal. Valdés nació en 1932 en el barrio La Matilde de Artemisa, donde trabajaba como bodeguero y militaba en la masonería, y fue el líder local que más combatientes aportó al asalto al Cuartel Moncada en 1953. El pueblo que le dio sus primeros hombres terminó dándole también el nombre con que lo recuerdan sus víctimas.
El apodo siguió vivo. En julio de 2021, cuando el estallido del 11J sacó a miles de cubanos a la calle, el régimen lo envió a Santiago de Cuba para enfriar las protestas, y la gente lo recibió gritándole asesino. Días después condecoró a los oficiales que habían reprimido a las manifestantes. Premiar la represión fue, hasta el final, una forma de gobierno que ejerció sin disimulo.
Las reinvenciones del poder
Su trayectoria muestra a un hombre capaz de mudar de piel sin soltar nunca el instrumento de la vigilancia. Dirigió el Ministerio de la Informática y las Comunicaciones alrededor de 2006 y 2011, y desde ahí promovió el control del acceso a internet y concibió la red como un campo de batalla contra “el enemigo”.

En enero de 2010, Hugo Chávez lo puso al frente de la comisión que debía enfrentar la crisis energética venezolana, una misión técnica que sirvió de fachada a un papel más antiguo. Valdés había sido enviado a Caracas para organizar la represión contra los estudiantes y contra quienes protestaban por el cierre de RCTV, y para tutelar a los cuadros cubanos que blindaban al chavismo. El modelo de seguridad que diseñó en La Habana viajó con él a Venezuela y se quedó allí, primero con Chávez y después con Maduro.
El final sin herederos
El poder de Valdés terminó con su cuerpo porque nunca fue institucional ni transferible por sangre. En abril de 2021 perdió su asiento en el Buró Político del Partido Comunista, y conservó apenas el cargo de viceprimer ministro y la cartera energética, por la que siguió recorriendo fábricas y obras hasta que la salud lo retiró.
Desde finales de enero de 2026 permanecía ausente de los consejos de ministros y de los actos de alto perfil, incluido el homenaje a los militares cubanos muertos durante la captura de Maduro.
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Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

