
El neofascismo es una ideología de extrema derecha surgida después de la Segunda Guerra Mundial que retoma los elementos centrales del fascismo clásico y los adapta a los contextos contemporáneos. Se presenta como “nueva” derecha radical, pero comparte la misma lógica autoritaria, excluyente y violenta del fascismo histórico. Ahora, su término, como todo en l política actual, se ha contorsionado, y vale la pena esclarecer varias cosas…
Qué es el neofascismo
La RAE lo define como un movimiento político posterior a 1945 basado en las ideologías fascistas. Otros autores lo describen como una reformulación del fascismo de Mussolini y el nazismo, ajustada a las condiciones sociales, económicas y mediáticas de la segunda mitad del siglo XX y del siglo XXI. La aspiración central es la misma: un Estado fuerte, homogéneo y jerárquico que subordina derechos individuales y libertades a una supuesta “salvación” de la nación.
En la práctica, el neofascismo combina ultranacionalismo y culto a la nación con discursos de grandeza nacional, identidades “auténticas” y defensas de tradiciones supuestamente amenazadas. A eso se suma una xenofobia estructural —fuerte sentimiento antiinmigración, supremacía racial o étnica, fabricación de chivos expiatorios entre migrantes, minorías religiosas y pueblos originarios— y un autoritarismo que desprecia la democracia liberal, la soberanía parlamentaria y el pluralismo político.
El neofascismo exalta el orden y la mano dura como valores políticos supremos, al tiempo que reivindica un Estado mínimo en lo social y económico. Rechaza el feminismo y las luchas por derechos de género, diversidad sexual, justicia ambiental e indígena, presentándolos como “ideologías” peligrosas. Además, libra una guerra cultural contra el progresismo en general, rebautizado según la conveniencia como “ideología de género” o “marxismo cultural”.

Con el fascismo clásico comparte la exaltación de un líder fuerte, el nacionalismo agresivo, la lógica amigo-enemigo y el uso de la violencia simbólica y física contra opositores. La diferencia está en el método: en lugar de copiar literalmente los regímenes totalitarios del siglo XX, el neofascismo se adapta a las democracias formales, participa en elecciones y usa medios de comunicación, redes sociales y marketing político como herramientas centrales.
El rasgo más definitorio de esta adaptación es la combinación de movilización de masas con una agenda económica próxima al neoliberalismo: Estado fuerte para reprimir, débil para redistribuir.
Dónde está más presente hoy y qué pasa con Trump, Milei, Bolsonaro y Kast
Hay dos cosas que conviene separar antes de responder: dónde hay fenómenos que investigadores serios describen como neofascistas o protofascistas, y dónde opera el uso inflacionario del término como simple insulto.
En Europa, el crecimiento de partidos de extrema derecha con rasgos que varios autores consideran neofascistas —o al menos “posfascistas”— avanza en Italia, Francia, Hungría, Polonia, Austria, Países Bajos, Suecia y Finlandia, entre otros. La ultraderecha ronda ya una cuarta parte del Parlamento Europeo y gobierna o cogobierna en varios países.
En Estados Unidos y el Reino Unido, algunos autores hablan de una transformación neofascista del régimen bajo el trumpismo y ubican a ambos países dentro de una era neofascista global. En América Latina coexisten dos debates: el que habla directamente de neofascismo latinoamericano vinculado al bolsonarismo y a nuevas derechas extremas articuladas entre sí, y el que prefiere hablar de nuevas extremas derechas o fascismo aspiracional sin usar el término neofascismo en sentido estricto, precisamente para no vaciarlo de contenido.

En cuanto a Trump, Bolsonaro, Milei y Kast, por lo general etiquetados bajo esta peligrosa ala, la literatura crítica no los trata como un bloque uniforme. A Trump, gran parte de esa literatura lo sitúa en el terreno de la fascistización y el trumpismo como forma de extrema derecha: ultranacionalismo, culto al líder, política del enemigo interno —migrantes, “globalistas”—, autoritarismo, guerra cultural.
Bolsonaro aparece con mayor frecuencia como ejemplo paradigmático del neofascismo neoliberal y neocolonial: militarismo, apología de la dictadura, racismo y misoginia explícitos, violencia política alentada desde el poder, neoliberalismo extremo en economía. Kast aparece en los mapeos de la nueva derecha radical de la región, con guiños explícitos a la dictadura de Pinochet y un nacionalcatolicismo duro, aunque no todos los autores lo etiquetan sin matices.

Milei, en cambio, abre el debate más incierto: hay quien habla de fascismo religioso de mercado o neofascismo tecnológico para describir la combinación de ultraliberalismo económico, guerra cultural reaccionaria y liderazgo mesiánico; otros prefieren hablar de nueva extrema derecha o fascismo aspiracional, argumentando que aún no cumple los criterios organizativos y represivos del neofascismo en sentido pleno.
El mundo académico y militante más serio discute caso por caso, usa formulaciones como tendencias neofascistas o rasgos neofascistas antes que veredictos absolutos, y analiza el contexto económico y social —crisis, deslegitimación de partidos tradicionales, neoliberalismo— que los hace posibles.
El problema del uso del término como insulto

Cuando “neofascista” funciona como insulto para designar cualquier derecha que no nos guste, pasan tres cosas graves.
Primero, el concepto se vacía: si todo lo conservador, liberal-duro o nacionalista es neofascismo, la palabra pierde su capacidad de identificar los fenómenos que sí se acercan a lógicas fascistas reales. Hay autores que hablan de inflación del fascismo para criticar este fenómeno.
Segundo, se trivializa la experiencia histórica: comparar automáticamente cualquier reforma neoliberal o cualquier político bocón con el nazismo termina banalizando los campos de exterminio, el genocidio y el terror de Estado a gran escala. Es completamente irresponsable.
Tercero, el término se convierte en un arma retórica que bloquea el debate en lugar de abrirlo.
Por supuesto, el otro extremo es igualmente peligroso. Negarse a usar la palabra neofascismo por miedo al abuso puede llevar a subestimar fenómenos que sí muestran elementos estructurales de fascistización: normalización del odio racial, erosión sistemática de controles institucionales, justificación abierta de la violencia estatal y paraestatal. Fenómenos que hoy se aceleran a un ritmo vicioso, y debe preocuparnos.
Saber diferenciar
La diferencia entre el análisis serio y la etiqueta ofensiva es, en la práctica, verificable. El análisis serio define qué entiende por fascismo o neofascismo antes de lanzar la palabra. Compara rasgos concretos: organización, relación con la violencia, proyecto de Estado, alianza con grandes capitales, uso del racismo y el sexismo como política de masas.
Distingue entre extrema derecha, derecha radical, derecha conservadora y neofascismo, sin meter todo en la misma bolsa. Analiza el contexto económico y social que hace posibles estos fenómenos, en lugar de reducirlos a “son locos” o “son fascistas”. Donde faltan esas distinciones, casi seguro estamos ante el uso del término como arma política.
La intuición que subyace a la pregunta es potente. Si hay fenómenos que tienden a la fascistización y les quitamos el nombre por corrección o por miedo a exagerar, los normalizamos. Si no cumplen esos criterios y los llamamos neofascistas igual, contribuimos a un clima donde las palabras dejan de significar.
Cuando llegue algo realmente fascista, ya no habrá lenguaje para nombrarlo. Lo que se pierde en ambos casos es la capacidad de discriminar; de distinguir entre conservadurismo duro, liberalismo autoritario, populismo de derecha, extrema derecha y neofascismo, y de ver la línea donde el juego democrático empieza a convertirse en algo cualitativamente distinto, basado en la eliminación del adversario como sujeto de derechos.
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Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

