¿Comer para vivir o vivir para comer?

¿Comer para vivir o vivir para comer? La industria del bienestar, las redes sociales y la adicción dopaminérgica han convertido la alimentación en un campo de batalla donde se negocia mucho más que la salud.

Lily Montenegro

¿Comer para vivir o vivir para comer?

La renta mental

Dicen que la esclavitud terminó al inicio del siglo XX. Y en efecto, los garrotes no existen en la actualidad, pero las celdas conceptuales son más asfixiantes que nunca. ¿Quieres que a tu negocio le vaya bien? Pásate al negocio de restar libertades mediante la adicción dopaminérgica.

Mucho se habla de los impuestos monetarios y poco de la renta mental. No es suficiente con tener un negocio que invite a vivir y a aprender, tendrás que desarrollar la habilidad de generar dependencia. Algunos le llaman fidelizar al cliente; yo le llamo otra forma de consumismo.

Mi trabajo como Asesora, Tutora y Creadora de Contenido me ha permitido ver el negocio de la Nutrición en su forma más pura y más oscura. He visto evolucionar mujeres hasta sacar su mejor versión y he observado otras volverse drogadictas del mejoramiento. La diferencia entre una y otra pasa por la capacidad de detenerse en algún punto y simplemente disfrutarse, sumado a la humildad de saber que tomaron la decisión de alimentarse mejor sin que sea un arma de superioridad respecto a los que no comparten su camino.

El algoritmo que nos tiene zombis

La industria del bienestar, las redes sociales y la adicción dopaminérgica

¿Cómo juzgar a los que no saben alimentarse mejor cuando el ambiente informacional es sumamente hostil? Instagram, por ejemplo, en sus inicios funcionaba como una fusión entre galería y blog; era extremadamente sencillo decidir entre consumir o descartar. Hoy tenemos un algoritmo que ha evolucionado para mantenerte zombi consumiendo información sin poder detenerte y, por lo tanto, muchas veces totalmente contradictoria. El resultado es un cerebro frito, incapaz de procesar, seleccionar y descartar.

Se ha hecho jornada de divulgación sobre el componente dopaminérgico de las redes sociales; sin embargo, ahí seguimos. Continuamos enjauladas porque siempre sale alguien que nos da esperanza, alguien que promete resolvernos los problemas con una solución específica.

Demasiados ejemplos evidencian esto; el ozempic, la influencer que dice que se curó sin médicos tomando probióticos, el macho de pecho peludo y abdominales marcados que te promete curar todas las enfermedades modernas si te haces keto.

Los mercaderes de la esperanza

«¡Te envidio! Donde tú ves esperanza, yo veo cositas muy oscuras.»

Sé que en cuanto dejes de inyectarte el ozempic y tengas la primera crisis de estrés volverás a usar la comida como comodín emocional, y a rebotar todo el peso que perdiste a la par de multiplicar por cero esos avances metabólicos.

Y no me malinterpretes: los medicamentos pueden ser parte de la solución y del proceso, pero no son la solución por sí solos.

Por otro lado, la influencer sin formación te vende lo que funcionó para ella, que no tiene que funcionar para ti, y además lo hace desde un hilo de narración donde faltan muchísimos factores. ¿Has visto Apple Cider Vinegar en Netflix? No solo la serie está basada en hechos reales, sino que en mis años de experiencia he conocido varias Belle Gibson.

Lo peor de este tipo de personajes es que mienten tanto y tan bien que llegan a creerse su propio cuento, de ahí que sea casi imposible detectar su falsedad y tantas mujeres terminen pagando sus programas, muchas veces con más éxito que los propios profesionales.

Del machote sin camisa que tú ves apuesto —y todo lo demás, por supuesto—, yo solamente veo a alguien desesperado por conectar con su masculinidad y su lado salvaje. Vamos, que quizá si pudiera tener una red de amigos con la que conectar y competir de manera sana, rodeado de naturaleza, los carbohidratos no tendrían tan mala fama.

La trampa del «no tengo tiempo»

La trampa del «no tengo tiempo»

Hasta aquí hemos visto la prostitución del comer mejor, pero la esclavitud de los excesos tiene tela. Una sociedad que tiene grabada la frase “no tengo tiempo” como primera respuesta defensiva al cambio es una sociedad que cree genuinamente que no puede cocinarse. Si unimos ese hecho a productos alimenticios diseñados para que el paladar necesite una estimulación antinatural —imposible de lograr con comida real—, podemos concluir la condena a la alimentación ultraprocesada que cargan muchos.

El patio pinta fatal, querido lector, y ni siquiera he entrado en la inteligencia artificial. Programas que intentan recurrir al razonamiento, la transdisciplinariedad y el cambio sostenible son vistos como demasiado complicados. Encontrar personas que se sientan motivadas a embarcarse en este tipo de viajes de manera auténtica se ha vuelto buscar agujas en un pajar.

¿Y entonces?

Respondiendo a la pregunta que encabeza este artículo: tenemos personas que viven para comer más que comer para vivir. Antes, el vivir para comer se refería solamente a aquellos cuya mayor satisfacción de vida se encontraba en la comida; hoy también tenemos a quienes llevan la alimentación como una forma de identidad, estar a la moda o, sencillamente, poder creerse que lo están haciendo mejor que los demás.

Edición, Aaron Osoria

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