Amar nuestras emociones negativas: cada vez más necesario

En esta época obsesionada con sonreír para la foto, acumular frases motivacionales en Instagram y vender la felicidad como si fuera un detergente más, defender la importancia de las emociones negativas parece subversivo. Casi revolucionario. Pero tanto la psicología contemporánea como la gran tradición literaria coinciden en que no hay vida humana plena sin la experiencia honesta del dolor, la melancolía, la añoranza, la pérdida.

Aaron Osoria

emociones negativas

Aprender de las emociones negativas a través de la propia vida

“La verdadera literatura es triste, porque triste es la vida.”
Ana María Matute

Hay belleza en la lluvia y en el cielo gris porque nos recuerdan que el mundo no fue hecho solo para las postales de Pinterest. Fue hecho también para esas tardes en que la luz se vuelve tenue y, por un momento, el alma por fin se escucha a sí misma. Sin filtros, sin música de fondo, sin el ruido constante de tener que estar “bien”. Las emociones negativas son tan importantes como cualquier otra.

La ciencia psicológica ha empezado a medir los beneficios de aceptar lo que llamamos “emociones negativas”, no sin tener todo un bagaje dulcemente poético desde la literatura y la filosofía que, donde se ha hecho de la tristeza un territorio de sentido, lucidez y creación desde hace siglos atrás.

"La verdadera literatura es triste, porque triste es la vida."
Ana María Matute

No se trata de romantizar la depresión clínica, ni vender la melancolía como estilo de vida. Se trata de permitirnos sentir lo que sentimos sin tratarlo como un error del sistema.

La dictadura de la alegría y el malestar de estar siempre “bien”

Sociólogos y filósofos como Zygmunt Bauman han descrito nuestro tiempo como una era de felicidad obligatoria, donde incluso el sufrimiento debe maquillarse para no incomodar a nadie en el feed. En esta lógica perversa, las emociones negativas se viven casi como un fracaso personal. Como si las emociones fueran cuestión de actitud y no de estar vivo en un mundo que muchas veces duele…

La psicología clínica empieza a hablar ya de algo que tiene un nombre preciso: positivismo tóxico. Esa presión constante por ser feliz que, paradójicamente, aumenta el sufrimiento. Steven C. Hayes, creador de la Terapia de Aceptación y Compromiso, formula que la lucha contra el sufrimiento psicológico es, en sí misma, una de las principales causas de ese sufrimiento.

Cuanto más tratamos de expulsar de nuestra vida ciertas emociones negativas, más se nos cuela por las rendijas. Cuanto más nos exigimos estar bien, más culpables nos sentimos cuando inevitablemente no lo estamos. La consigna “no llores”, repetida durante décadas en casas, colegios y consultas médicas, ha sido menos una medicina que una amputación emocional. Nos cortaron una parte del repertorio humano y ahora nos extraña que muchos no sepamos qué hacer con el dolor cuando llega.

Lo que la ciencia ha descubierto (tarde) sobre la tristeza

Las investigaciones recientes en psicología de las emociones y salud mental han empezado a desmontar la vieja idea de que las emociones se dividen en “buenas” —alegría, entusiasmo, euforia— y “malas” —tristeza, miedo, rabia—. Hoy se entiende mejor que todas las emociones (incluidas las llamadas emociones negativas) cumplen una función adaptativa porque son información valiosa sobre nuestra relación con el mundo, no enemigas a las que hay que vencer en una guerra interior.

En el caso de la tristeza, por ejemplo, los estudios señalan efectos que a muchos les resultarán sorprendentes.

Profundiza la reflexión: la tristeza impulsa una forma de pensamiento más analítico y desapasionado. Lejos de ser un obstáculo para pensar con claridad, puede mejorar el juicio y reducir la credulidad ante mensajes simplistas.

Aumenta la empatía: las personas que han atravesado duelos o períodos de melancolía suelen mostrar mayor sensibilidad al sufrimiento ajeno y mayor capacidad de consuelo genuino, no ese consuelo prefabricado de “ánimo, que no es para tanto”.

Fortalece vínculos: mostrar tristeza —en lugar de esconderla detrás de una sonrisa forzada— invita al cuidado, la cercanía, el apoyo. Es un código ancestral de vulnerabilidad que convoca al otro, que dice “estoy aquí, me duele, no finjas que no pasa nada”. Exponer tu trsiteza a una persona puede mostrar la confianza y afianzar el nivel de relación al mostrar confianza en exponer un estado muchas veces percibido como incómodo.

Ayuda a integrar las pérdidas: la tristeza es el dispositivo psicológico que nos permite procesar cambios, despedidas, fracasos. Nos obliga a detenernos y reorganizar la vida cuando el mapa antiguo ya no sirve.

La inteligencia emocional no consiste en “controlar” las emociones negativas como un policía de tránsito que dirige el flujo desde fuera. Consiste en comprenderlas, darles un lugar, dejar que se expresen sin arrasar con todo, pero sin fingir que no existen. En este modelo, emociones negativas como la tristeza o el cansancio son una parte indispensable del diseño humano.

Wabi-sabi: la sabiduría de aceptar el cielo gris

wabi sabi, cielo gris

Curiosamente, una de las metáforas más poderosas para entender la belleza de las emociones negativas no viene de la psicología occidental sino de la estética japonesa: el wabi-sabi. Esta filosofía, que impregna desde el diseño de interiores hasta la ceremonia del té, celebra la imperfección, la fragilidad y la transitoriedad de las cosas.

El wabi-sabi afirma, en esencia, tres ideas escandalosas para el ideal de perfección que nos venden desde las revistas de decoración y los perfiles de Instagram:

Nada dura, nada está completo, nada es perfecto.

Y sin embargo —o precisamente por eso— todo puede ser hermoso. Las grietas muchas veces son el magistral mapa de lo vivido.

Emociones negativas como arquitectura interior: la lección de Rilke

Mucho antes de que los manuales de psicología popular hablaran de “gestionar emociones negativas” como si fueran una cartera de inversiones, un poeta ya había descrito lo que hoy llamaríamos aceptación emocional.

En sus Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke propone no huir de la tristeza sino habitarla como se habita una casa nueva.

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“Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis”, escribe Rilke. “Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros”.

Para él, la tristeza es un huésped que llega a la casa del alma con mensajes que todavía no comprendemos. La tristeza es la obrera nocturna del alma.

Melancolía: motor de la creatividad

El romanticismo alemán convirtió la melancolía en un signo de profundidad espiritual, casi en un certificado de autenticidad. Novalis, tras la muerte de su amada Sophie, escribió sus Himnos a la noche, donde la oscuridad se vuelve patria del alma: “Profunda tristeza / tiembla en las cuerdas del pecho. / Lejanías del recuerdo, / deseos de la juventud…”. La noche es revelación, recogimiento, puerta a lo sagrado. Es el lugar donde el alma puede dejar de fingir.

En el siglo XIX, Charles Baudelaire llama spleen a esta experiencia. Referido a “el tedio de vivir”, una melancolía devastadora que paraliza y asfixia, pero que al mismo tiempo agudiza la lucidez hasta lo insoportable. En Las flores del mal, Baudelaire describe un mundo donde la belleza convive con la podredumbre, y la lluvia imita “los barrotes de una inmensa prisión”. Hermoso.

El spleen es, en cierto modo, la versión poética de lo que hoy llamaríamos depresión existencial. La diferencia —no menor— es que Baudelaire la presenta como una toma de conciencia brutal de la condición humana. Desde esa oscuridad también se crea, y por supuesto, desde ese abismo también se escribe…

Muchas veces no nos damos cuenta de que las emociones negativas pueden ser un recurso.

El desasosiego de Pessoa y el pesimismo radical de Cioran

Fernando Pessoa lleva la melancolía un paso más allá con su Libro del desasosiego. Bajo el nombre de Bernardo Soares, uno de sus múltiples heterónimos, escribe una sucesión de fragmentos donde la tristeza se vuelve estilo de pensamiento, estética y metafísica a la vez: “Escribo, triste, en mi cuarto quieto, solo, como siempre he sido, solo como siempre seré”.

La famosa saudade portuguesa —esa nostalgia por algo que no sabemos nombrar— recorre cada página como un fantasma amable. Pessoa ofrece una forma honesta de estar en el mundo sin mentirse a uno mismo: “Me falta algo que no deseo”. El vacío se convierte en objeto de contemplación, casi en compañía.

Emil Cioran, por su parte, destila la melancolía en un pesimismo radical que hace que Baudelaire parezca un optimista. Del inconveniente de haber nacido es quizá el título más descarnado de la filosofía contemporánea. Nacer, sostiene Cioran, es haber sido expulsados de un estado perfecto de inexistencia; el verdadero trauma no es morir, sino haber empezado a existir sin que nadie nos preguntara si queríamos hacerlo. Fuerte, muy fuerte, pero tiene un punto interesante…

Su escritura, lejos de ser un simple lamento adolescente, funciona como una forma extrema de lucidez. Cioran busca “mirar” la tristeza a fondo, sin parpadear, y desmontar cualquier ilusión de sentido prefabricado. Es la versión filosófica de lo que muchas personas sienten en el silencio de la madrugada cuando todos los discursos motivacionales se desvanecen.

Borges y la metafísica de la intemperie

Borges y la metafísica de la intemperie

Jorge Luis Borges aborda la melancolía desde un puramente idílico a través del tiempo y la identidad. En sus ensayos y relatos, el problema esencial no es tanto el dolor concreto de una pérdida específica como la perplejidad de ser alguien que cambia sin cesar y sin embargo no deja de ser el mismo. Esa extrañeza fundamental es oro puro, típico de Borges que convertía cada oración en vasta riqueza.

“Muero cada día”, recuerda Borges citando a San Pablo, y desarrolla la idea de que morimos y nacemos a cada instante; las células se renuevan, los recuerdos se reescriben, las certezas se desmoronan, pero seguimos diciendo “yo” como si ese pronombre nombrara algo estable. De esa fractura entre el yo que recuerda y el yo que vive nace una tristeza suave, una intemperie metafísica donde uno está siempre un poco a la intemperie de sí mismo.

De esta manera afrontaba cada estado aparentemente inquieto con magia lírica. Su insomnio era poder, resumido en su frase “dormir es olvidarse”. No hay tristeza poética más hermosa que la propuesta por Borges, ni sabiduría más melancólica como símbolo casi divino.

Lorca, el duende y la herida que no se cierra

Federico García Lorca entendió como pocos que el arte verdadero nace de una herida. No de la simulación de una herida, no de la pose melancólica, sino del desgarro real. En su célebre conferencia Juego y teoría del duende, escribió que el duende no es musa ni ángel, sino una fuerza oscura y telúrica que solo aparece donde ve “posibilidad de muerte”.

Sin la tragedia de la vida, el arte queda desprovisto de hondura, convertido en decoración. Por ello y en parte, Lorca vincula el duende con “los sonidos negros”, ese misterio profundo que “todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte”.

Sin atravesar las emociones oscuras, las emociones negativas, el ser humano se queda en la superficie de sí mismo, jugando con máscaras, pero sin tocar nunca el fondo. Sin duende, no hay obra que nos sacuda las tripas.

Lo que la psicología empieza a decir y la literatura ya sabía

la belleza de la tristeza

Si se mira con atención, el diálogo entre ciencia y literatura no es una confrontación de saberes sino un coro donde las voces se responden. La psicología contemporánea muestra con experimentos y estadísticas que aceptar emociones negativas en lugar de reprimirlas con fuerza de voluntad o ansiolíticos, reduce el sufrimiento añadido y mejora la capacidad de adaptación a las circunstancias difíciles.

De hecho, y es momento de decirlo… no hay emociones negativas, hay emociones mal manejadas.

Hacia una cultura que se permita llover

Quizá la verdadera revolución emocional que necesitamos no consista en aprender más técnicas para “gestionar el estrés” ni en acumular más apps de meditación en el móvil. Quizá consista en algo mucho más simple y al mismo tiempo más difícil en esta cultura nuestra. Algo tan simple como permitirnos sentir y abrazar ciertos estados sin culpa, sin prisa, sin vergüenza. O sea, permitir que llueva sin pretender que siempre es primavera.

Eso implica, entre otras muchas cosas, dejar de usar la felicidad como vara moral para medir el valor de las personas. Implica enseñar a niñas y niños que llorar no es debilidad sino lenguaje, una forma legítima de expresar lo que duele. Implica aceptar que una vida bien vivida incluirá pérdidas inevitables, fracasos instructivos, despedidas desgarradoras, tardes de melancolía sin moraleja ni aprendizaje claro.

Solo quien aprende a amar sus cielos grises puede, de verdad, comprender el valor de cada rayo de sol.

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