La diferencia entre vivir y simplemente existir en este 2026

La diferencia entre vivir y existir se da por la incómoda posibilidad de que estés vivo biológicamente pero muerto existencialmente. Respirando, metabolizando, ocupando espacio en el universo, pero completamente en piloto automático. Y no, no es una metáfora new age.

Aaron Osoria

vivir, existir

Vamos a hablar de entropía, de redes neuronales, de narrativas personales y de por qué la mayoría de las personas han renunciado a ser autores de su propia historia. Propongo una exploración de qué significa realmente vivir en estos tiempos “que se viven”.

El problema físico: tu batalla contra el caos

Toda materia viva enfrenta una batalla perpetua contra una ley implacable del universo, la entropía. Según la segunda ley de la termodinámica, el universo tiende inexorablemente hacia el desorden, hacia estados cada vez más caóticos donde la energía se distribuye uniformemente. Este es el principio del caos, la nada, la indiferenciación total donde nada puede producir trabajo ni cambio.

Un cristal de sal existe en el universo. Es materia, ocupa espacio, cumple las leyes físicas. Pero solo vive el organismo que consume energía constantemente, importa orden desde el ambiente externo y, lo más crucial, combate activamente la entropía. La vida es “disminución de entropía”, una improbabilidad estadística que se sostiene mediante un flujo perpetuo de energía y transformación. Suena innecesariamente complejo, pero sigue leyendo.

El organismo vivo exporta entropía hacia afuera (residuos, calor, deterioro) mientras importa orden interno mediante metabolismo, nutrición, reconstrucción celular.

Existir es permitir que la entropía aumente pasivamente; vivir es luchar contra ella mediante acción constante.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando un organismo humano, biológicamente vivo, automatiza su existencia? Cuando entra en piloto automático neurológico, ¿sigue realmente viviendo en este sentido, o solo subsiste en un estado intermedio entre la vida plena y la extinción?

Se sobrevive, nada más.

El misterio del cerebro: el piloto automático que domina tu vida

Durante décadas los neurocientíficos asumieron que un cerebro “en reposo”, sin realizar tareas cognitivas dirigidas, simplemente se desactivaba. Era una lógica conveniente: cuando dormimos, cuando descansamos, el cerebro “se apaga”. Se descubrió que esto es completamente falso.

La Red Neuronal por Defecto (DMN, por sus siglas en inglés) es un conjunto de regiones cerebrales que se activa precisamente cuando no tenemos una tarea específica. Es el “piloto automático” del cerebro, una red vasta de áreas corticales que funcionan cuando creemos estar relajados, soñando, pensando sin dirección aparente. La DMN está activa cuando recordamos, cuando planeamos el futuro, cuando reflexionamos sobre nosotros mismos, cuando procesamos emociones sin una meta externa clara.

Lo curioso es que la DMN tiene una relación inversa dramática con la red atencional dorsal, encargada de enfocar nuestra atención hacia tareas externas específicas. Cuando una está “encendida”, la otra tiende a atenuarse. Cuando meditamos, cuando realizamos una tarea con total concentración, la DMN se reduce pero nunca se “apaga” completamente.

Toda esta palabrería científica es para decirte que cuando vivimos robotizados, reaccionando a notificaciones, ejecutando rutinas sin reflexión, nuestra red atencional dorsal se adormece gradualmente mientras el piloto automático toma el control. Nuestro cerebro se consume en procesamiento introspectivo irreflexivo, divagación mental negativa, simulación de escenarios ansiosos, todo sin que nosotros “controlemos” conscientemente la experiencia.

Vivir, en contraste neurobiológico, exige coordinación consciente entre ambas redes. Es la capacidad de alternar fluidamente entre la introspección profunda (DMN) y la atención dirigida (red atencional dorsal), de modo que eliges cuándo piensas y cuándo actúas, en lugar de dejar que tu cerebro cicle automáticamente entre estados que no has elegido.

Aquí está la diferencia que algunos captan vagamente en reels de “superación” cuando ricos y exitosos hablan de la diferencia de pensar y creer que se piensa. No todos los reels intetan captar ideas de este tipo, por cierto, cas ninguno, así que deja de consumir “anuncios” estúpidos.

Además, el costo energético de la explicación anterior es enorme. El cerebro consume casi el 20% de la energía del cuerpo. Una consciencia verdadera, una que integra reflexión y acción, que elige cómo procesa la información, es más cara que el piloto automático.

Vivir exige más energía, más esfuerzo, que simplemente existir.

Ver sin mirar: la muerte de la experiencia directa

ver sin mirar: diferencias entre vivir y existir

Existe una diferencia fundamental entre ver y percibir. Aquí también hay diferencias notables entre vivir y existir.

Cuando caminas por la ciudad hacia el trabajo, tus ojos están abiertos. La información sensorial llega a tu cerebro. Has “visto” las calles, el cielo, las personas que pasaron. Pero en el nivel fenomenológico, es decir, en la experiencia vivida, has visto casi nada.

Cada vez esto se pone peor, pero sigue leyendo.

La percepción verdadera no es recepción pasiva de datos visuales. Es un acto de atención donde la consciencia se orienta hacia el objeto y lo captura “de un solo golpe” como una totalidad significativa. Cuando percibes realmente, cuando ves el rostro de alguien, cuando escuchas la tonalidad exacta de una voz, cuando contemplas una arquitectura, tu ser se abre hacia eso. Haces contacto existencial con eso.

Este contacto fenomenológico falta completamente en la automatización. El sujeto automatizado vive en su propia mente, en la DMN activada, en la simulación, en el diálogo interno, mientras su cuerpo transita el mundo físico sin verdadera presencia. Es la diferencia entre estar aquí y simplemente ser una localización geográfica. Vivir y existir tiene distinciones incluso desde lo geográfico.

La experiencia vivida siempre incluye perspectiva corporal. Sin embargo, cuando automatizamos la existencia, divorciamos nuestra consciencia de nuestro cuerpo.

Homeostasis: el confort que te mata lentamente

En sistemas complejos (biológicos, sociales, individuales) existen dos fuerzas permanentemente en tensión.

Homeostasis: el impulso a mantener el equilibrio, la estabilidad, la constancia. Todo organismo lucha por mantener temperaturas, pH, concentraciones químicas internas dentro de rangos seguros. Es la fuerza conservadora.

Entropía (o para ser más precisos, su contrapartida activa): la presión del cambio, de la desorganización, de la necesidad de adaptarse o morir. Un sistema que solo busca homeostasis perfecta es un sistema muerto.

Aquí vemos el “vivir versus existir” en su forma más clara.

Quienes meramente existen son extremadamente homeostáticos. Buscan la estabilidad completa: el mismo trabajo, las mismas rutinas, las mismas opiniones, el mismo círculo social. Evitan el desorden a toda costa porque la homeostasis es fácil, predecible, requiere menos energía. Pero un sistema perfectamente homeostático es un sistema que ha renunciado al crecimiento. Ha cerrado las puertas a la evolución.

Quienes viven, en cambio, tienen una relación diferente con el caos. No lo buscan (esto no se trata de masoquismo), pero lo aceptan como parte de la estructura necesaria para la transformación. Alteran propósitos, buscan territorios desconocidos, se desestabilizan voluntariamente para generar nuevo orden.

La vida auténtica es este equilibrio dinámico: ni disolución en caos permanente, ni congelación en homeostasis absoluta. Es “neguentropía sostenida”, la capacidad de importar orden (aprender, transformarse, evolucir) mientras se exporta la desorganización (superar creencias viejas, morir parcialmente cada día, dejar ir lo que ya no sirve).

El salto humano: de la supervivencia al significado

Cuando el ser humano emerge de esta lucha biológica y neurobiológica, adquiere la capacidad de atribuir significado.

Aquí es donde la distinción entre vivir y existir se vuelve profundamente humana, trascendiendo la mera biología.

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Tú no eres quien crees: la construcción de la identidad

Mira, no naciste siendo “alguien”. Naciste siendo un proceso biológico. Sencillo y objetivo, frío como el hielo pero real. La identidad, ese sentido coherente de quién eres, es construida activamente a través de la interpretación de experiencias vividas.

La psicología constructivista revela un hecho; tu identidad no es un hecho, es una historia que estás contando constantemente sobre ti mismo. Eres el autor, y cada día reescribes el relato.

Quienes simplemente existen viven historias que otros escribieron por ellos. Heredan narrativas: “En mi familia todos somos así”, “Las personas como yo no pueden lograr eso”, “Esto es simplemente lo que pasa”. Su identidad es un guion, un conjunto de roles asignados que ejecutan sin cuestionamiento. Triste.

En contraste, quienes viven son activamente los autores de su narrativa. A través de la autorreflexión continua, atribuyen significado a sus experiencias, no pasivamente aceptadas, sino interpretadas y recontextualizadas.

Vivir es un acto narrativo continuo, donde cada interpretación de los eventos pasados y presentes redefine quién eres en este momento.

La brújula invisible: valores vs metas

Si la narrativa es cómo cuentas tu historia, los valores son la brújula que determina hacia dónde se mueve esa historia.

Existe una confusión común entre metas y valores que revela la diferencia entre existir y vivir.

Metas: alcanzables, finitas, completables. “Terminar una carrera”, “ganar un premio”, “comprar una casa”. Son objetos que se alcanzan y luego… ¿qué?

Valores: infinitos, continuos, nunca completamente “logrados”. “Aprender y crecer”, “servir a otros”, “crear belleza”, “vivir con integridad”. Son faros, direcciones que orientan toda una vida.

Quienes solo existen reemplazan los valores con metas. Persiguen objetivos porque “se supone que debo”, porque la sociedad lo valida, porque el algoritmo lo promociona. Logran la meta y descubren el vacío. Han estado corriendo hacia un destino que nunca quisieron alcanzar; simplemente eran empujados.

Vivir requiere identificar, a menudo dolorosamente, qué te importa realmente, no lo que debería importarte. Esto es terriblemente difícil porque:

Primero, los valores no son adquiridos racionalmente. Se absorben de la familia, la cultura, el entorno social. Separar lo que es genuinamente tuyo de lo que heredaste exige un acto de violencia reflexiva contra tu propia educación.

Segundo, los valores entran en conflicto unos con otros. No puedes maximizar todos simultáneamente. Vivir significa hacer compromisos reales, renunciar a algunas posibilidades para honrar otras. Existir, en cambio, intenta complacer a todos, servir a todos los dioses, lo que resulta en no servir a ninguno auténticamente.

Tercero, los valores tienen un costo. Cuando valoras la honestidad sobre la aceptación social, algunas personas te abandonarán. Cuando valoras la creatividad sobre la seguridad, enfrentarás fracasos públicos. Una vida alineada con valores genuinos es más frágil, más vulnerable que una vida de conformidad.

La investigación que lo demuestra es inequívoca: personas con un propósito vital definido, es decir, personas que han identificado y viven según sus valores, reportan significativamente menos estrés, menos depresión, menos ansiedad y una longevidad mayor. Pero no porque la vida sea más fácil, sino porque el significado transforma la experiencia del sufrimiento. El que tiene un por qué…

El encuentro con lo trascendente: vivir más allá de ti mismo.

La experiencia de lo trascendente no es rara, mística o reservada para monjes. Ocurre continuamente, a través de “la naturalidad de los eventos diarios”. Puede ser la inmensidad de una noche estrellada, la profundidad en los ojos de alguien que amas, el acto de generosidad sin esperar retorno, la muerte de alguien cercano que te obliga a confrontar tu propia finitud.

Quienes solo existen evitan estos encuentros. Son incómodos, disruptivos, quitan el control. Es más fácil llenar el tiempo con distracción, con consumo, con el ruido del piloto automático.

Quienes viven se abren a ellos. Y cuando lo hacen, algo cambia. La vida se reorganiza alrededor de estos encuentros. Ya no es principalmente sobre acumular o conseguir; es sobre participar en algo mayor que uno mismo.

Esto se expresa de múltiples formas: el científico dedicado a resolver un problema que no verá resuelto en su vida, el profesor que forma generaciones de estudiantes sabiendo que su nombre será olvidado, el artista que crea sin garantía de audiencia, el padre que sacrifica su comodidad por el crecimiento de su hijo. En cada caso, el individuo se trasciende a sí mismo. Vive hacia afuera, no hacia adentro.

Creatividad: el acto puro de vivir

La creatividad, la capacidad de generar algo que antes no existía, de ver posibilidades donde otros ven limitaciones, es quizás la expresión más pura de vivir en lugar de meramente existir.

Un organismo que solo existe responde a su entorno. Se adapta, sobrevive, se reproduce. Pero el ser humano que solo existe hace exactamente esto también, o sea, responde a lo que le es dado, se adapta al sistema, perpetúa lo que ya existe.

Vivir es ser generativo, es generar nuevas soluciones a viejos problemas, nuevas formas de belleza, nuevas conexiones entre ideas, nuevas formas de ser. La creatividad es la manifestación fundamental de tomar responsabilidad activa sobre la propia existencia.

Una sociedad creativa requiere que sus miembros sientan autonomía para aportar, que experimenten motivación intrínseca (el goce en la tarea misma), y que reconozcan que sus ideas contribuyen a mejorar la vida colectiva. Sin esto, la existencia se vuelve consumo pasivo de realidades creadas por otros.

El precio y la recompensa

vivir con significado

Llegamos finalmente a la verdad incómoda, la conclusión de tanto texto de difícil digestión; vivir es más difícil que existir.

Existir es aceptar lo dado. Vivir es cuestionarlo, transformarlo, recrearlo constantemente. Existir es el piloto automático; vivir es estar despierto. Existir es seguridad; vivir es riesgo. Por esto, la mayoría elige existir.

Pero la investigación contemporánea revela que esta seguridad es falsa. Las personas que viven según propósitos definidos experimentan menos depresión, menos ansiedad y mejor salud física a largo plazo, incluso cuando sus vidas son objetivamente más exigentes. El significado actúa como un amortiguador porque transforma su naturaleza.

La recompensa de vivir no es la felicidad. Esa es la mentira que nos ha vendido el modernismo. La recompensa es la densidad existencial: el sentido de estar verdaderamente presentes, de ser autores de nuestra propia historia, de participar en algo que nos trasciende.

Es la diferencia entre pasar los años y vivirlos.

Vivir y existir hoy

vivir hoy

Hoy, la diferencia entre vivir y simplemente existir se vuelve obscena. El ser humano “vive por vivir” desplazándose entre pantallas, notificaciones y obligaciones que no eligió, atrapado en un bucle donde el tiempo se siente siempre escaso, pero raramente pleno.

La jornada se consume reaccionando: al jefe, al algoritmo, al tráfico, a las urgencias del mercado, y el cuerpo apenas sobrevive al ritmo frenético mientras la atención se fragmenta y la experiencia se vuelve insoportablemente superficial.

Estamos alienados, o sea, nos hemos vuelto un extraño (alienus) para nosotros mismos y para la naturaleza.

En esta economía de la distracción y del rendimiento, muchos simplemente administran su cansancio dentro de un sistema que les concede supervivencia biológica pero les roba profundidad, silencio yespacio interior para preguntarse si esa vida tiene la forma que realmente desean.

La pregunta que queda

No existe una respuesta única a la pregunta de cómo vivir. Cada persona debe encontrar su propia brújula de valores, construir su propia narrativa, abrir sus propias puertas a lo trascendente. Lo que sí existe es una verdad simple e incómoda.

¿Eres la generación de tu propia narración?

La respuesta determina si simplemente elegiste existir o si realmente intentas vivir.

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