La Revolución del fracaso: 67 años de engaños

Sí, la mal llamada revolución cubana no es más que una revolución del fracaso. Gran parte de Cuba pasó la última noche de 2025 sumida en un apagón de muchas horas. Mientras tanto, el aparato de propaganda del régimen preparaba los comunicados para celebrar el aniversario número 67 de la mayor farsa de la historia moderna en Latinoamérica.

Aaron Osoria

La Revolución del fracaso: 67 años de engañosh

La Revolución del fracaso: la autopsia

Esta supuesta Revolución Cubana no es un fracaso hoy, el primer día de 2026. Esto es un fracaso de décadas, que tiene su máximo y triste esplendor visible en una época donde es imposible tapar las atrocidades de un régimen totalitarista, inepto, e inhumano.

Esta Revolución Cubana ha tenido su ciclo biológico exactamente como estaba diseñado: nació consumiendo el capital acumulado de la República, creció financiada por subsidios de superpotencias foráneas, y muere hoy como una carcasa hueca gobernada por una oligarquía militar que vende el país a pedazos mientras el pueblo se muere de hambre.

Lo que sigue de este artículo es la autopsia forense de un proyecto que se definió a sí mismo como histórico, con la intención de demostrar que detrás de la épica revolucionaria siempre existió un sistema de control meticulosamente diseñado, financiado por la dependencia económica exterior, y que hoy, sin esa andadera extranjera, se revela en su verdadera naturaleza: una tiranía sin sustancia.

La Revolución del fracaso: el primer acto de ingeniería política

Hay que empezar en 1961, apenas dos años después de la toma del poder. Ese año el régimen lanzó su primera gran operación de penetración territorial: la Campaña Nacional de Alfabetización. En la narrativa oficial fue una gesta humanitaria. En la realidad operativa fue una operación de inteligencia militar.

Los números impresionaban: 100,000 brigadistas reclutados, la mayoría menores de edad, desplegados en las zonas más remotas de la isla, particularmente el Escambray, donde la insurgencia anticomunista todavía tenía presencia. Mientras enseñaban a leer, levantaban mapas de poder político familiar por pueblo.

Pero el verdadero instrumento de control no fue la organización logística sino el contenido pedagógico. Los manuales utilizados —Alfabeticemos y la cartilla Venceremos— no eran académicamente neutros. El vocabulario no era el que todo niño aprendería en una escuela normal: “papá”, “mamá”, “casa”. El vocabulario era politizado: “OEA”, “Reforma Agraria”, “Cooperativa”, “Fusil”. Los campesinos analfabetos aprendían a leer a través del lente ideológico del Estado.

No deja de ser increíble, aunque atroz.

Los brigadistas, muchos menores de edad, fueron adiestradores ideológicos y, de facto, informantes de la seguridad del estado. Una vez la campaña terminó, esa información fue usada para perseguir disidentes, requisar propiedades y consolidar el control territorial. La alfabetización fue exitosa como acción educativa. Fue aún más exitosa como operación de control político.

Con la vigilancia territorial establecida, el régimen procedió a desmantelar cualquier espacio de autonomía social que no estuviera bajo control directo del Partido. Las Escuelas en el Campo no eran instituciones educativas convencionales. Para nada. Hablamos de centros de desvinculación familiar y adoctrinamiento ideológico.

Los adolescentes eran arrancados de sus hogares bajo la premisa de recibir educación y “formar el Hombre Nuevo”. En realidad, el Estado asumía el rol de padre total, rompiendo la transmisión generacional de valores familiares y sustituyéndola por la lealtad irreversible al Partido.

campaña de alfabetización Cuba 1961

Detrás de la retórica del “Hombre Nuevo” había un cálculo político claro: si controlas la formación de los adolescentes, controlas la generación futura. No puede haber disidencia si la disidencia ha sido literalmente criada fuera de los hogares donde se transmiten valores autónomos. El sistema de internados masivos también sirvió a un propósito económico: la explotación de mano de obra agrícola gratuita bajo el eufemismo “estudio-trabajo”.

La Revolución del fracaso: la apuesta suicida de los diez millones

Para entender por qué Cuba aceptó después la dominación soviética total, hay que regresar a 1970. Ese año, Fidel Castro hizo una apuesta que definiría el fracaso económico de las siguientes décadas: la Zafra de los Diez Millones.

Castro se obsesionó con la meta política de producir 10 millones de toneladas de azúcar en una sola zafra. Era imposible. Los expertos lo sabían. La tierra no lo permitía. Las máquinas no lo resistirían. Pero fue una decisión política para demostrar que la Revolución, con voluntad y movilización, podía superar los límites de la naturaleza. Además, servía como fachada a otras operaciones.

¿No estás de acuerdo con la ideología, eres devoto de otra religión que no sea “La Revolución” o expones tu sexualidad “mal direccionada”? Era fácil mandarte a un lugar de locación dudosa con trabajo forzado y condiciones extenuantes bajo la tutela de “enviado a trabajar al campo”.

Por supuesto, el impacto tras la decisión fue devastador. El país se paralizó. Se cancelaron las Navidades (que no se celebrarían de nuevo hasta 1997). Se movilizaron estudiantes, soldados y oficinistas sin experiencia agrícola. Se demolieron miles de hectáreas de bosques naturales para sembrar caña en tierras no aptas, dañando los suelos de forma irreversible. Se canibalizó el transporte nacional, la industria ligera y los servicios civiles para concentrar todos los recursos en una meta que nunca se alcanzaría.

El resultado fue un fracaso. Primero, se lograron 8.5 millones de toneladas, no los 10. Segundo, el costo oculto fue catastrófico, dado que el PIB no azucarero cayó un 20% ese año. Por primera vez quedaba claro que el liderazgo político del régimen estaba dispuesto a sacrificar la viabilidad económica de la nación por validar una decisión de fe revolucionaria y maniobrar bajo sus propios intereses ocultos.

Cuando 1970 terminó y el fracaso fue evidente, fue la URSS la que salvó a Cuba del colapso inmediato. A partir de 1972, la economía cubana funcionó bajo un esquema de intercambio desigual soviético. La URSS compraba el azúcar cubano a precios cinco veces superiores al precio de mercado mundial mientras le vendía petróleo a precios subsidiados. Además, regalaba maquinaria pesada, alimentos y tecnología. A cambio, Cuba permanecía como régimen socialista monolítico y servía como cabeza de playa soviética en el hemisferio occidental.

El resultado fue una ilusión de desarrollo. Los datos macroeconómicos parecían buenos: crecimiento del PIB, pleno empleo, acceso universal a educación y salud. Puro humo. La economía no producía riqueza, consumía subsidios.

Vayamos a un ejemplo simple. Alamar, el barrio más emblemático de La Habana construido en los años 70, fue edificado con tecnología de Gran Panel, un sistema de prefabricación soviética que funcionaba bien en Siberia, pero no en el Caribe. La alta salinidad marina, la humedad extrema y el calor corroen el acero expuesto, convirtiendo estas estructuras en bombas de tiempo. Hoy, 50 años después, Alamar es un símbolo de colapso estático: edificios de 6 pisos con grietas estructurales, falta de servicios básicos, y poblaciones hacinadas. Fue urbanismo de control, no de dignidad. Y esto es apenas la punta del iceberg, lo que se puede ver con cierta facilidad.

La Revolución del fracaso: destrucción deliberada de la matriz productiva

La caída de la Unión Soviética en 1989-1991 debería haber sido el punto de quiebre. Sin el dinero soviético, sin los subsidios, el sistema debería haber colapsado. Ya sabemos lo que sucedió en el llamado Periodo Especial, por tanto, no me detendré en la retórica de la época.

Miremos otro punto de todo esto.

El sistema no colapsó de inmediato. En lugar de ello, el régimen mutó. Y esa mutación revela la verdadera naturaleza del sistema: un instrumento de pillaje estatal, lejos de un proyecto social.

Si en algo había sido Cuba genuinamente potencia mundial antes de 1959, era en la producción de azúcar. Para 1958, Cuba producía entre 5.8 y 6 millones de toneladas anuales, era el primer exportador mundial, y la industria azucarera había hecho de la isla una de las naciones más prósperas de América Latina. Cuando la Revolución nacionalizó la industria en 1960-1961, le quitó a los dueños privados pero no reinvirtió adecuadamente.

a cuban sugar mill

La década de los 90 pasó inadvertida ante una posible solución y oportunidad de generar valor propio. Para 2002, tras casi 40 años de gestión revolucionaria, Fidel Castro ordenó el desmantelamiento deliberado de la industria. No por razones técnicas o de mercado. Se debió a una decisión política caprichosa.

Como los precios del azúcar estaban temporalmente bajos, cerró 98 de los 156 centrales activos. No se modernizaron, se desguazaron, y se vendieron como chatarra. Con ellos desapareció una cultura industrial de 300 años, se perdieron más de 100,000 empleos técnicos calificados, y se destruyeron las comunidades enteras que giraban en torno a esos ingenios.

Apenas cuatro años después, en 2006, el precio del azúcar en el mercado mundial se disparó. Cuba ya no tenía ingenios para aprovecharlo. Fue una pérdida de lucro cesante incalculable, causada por un acto de voluntarismo político sin fundamento racional. Hoy, en 2025, Cuba produce menos de 150,000 toneladas de azúcar. Es la producción más baja en más de 185 años. Peor que cuando era colonia con esclavitud.

Esto muestra el delirio de un dictador que pensaba en sí mismo, y la inocencia de un pueblo que siguió todas las falsas aún careciendo de todo fundamento.

Cuba pasó de ser exportadora de alimentos a nación con hambre crónica. La incompetencia administrativa deliberada se justificó con pancartas de Patria o Muerte, de vencer, con marchas y discursos interminables. Mientras, Fidel y su familia comía langosta en yates.

La Revolución del fracaso: matemática del hambre

cuba hambre y miseria

Similar fue la trayectoria de la ganadería. En 1958, Cuba tenía 6.3 millones de cabezas de ganado, una de las densidades ganaderas más altas de América Latina. La carne era barata, accesible y exportable. Hoy, Cuba tiene menos de 3.5 millones de cabezas. La carne vacuna una fortuna, y es un lujo inalcanzable para la población.

En la Cuba de hoy, la aritmética del consumo ha mutado en una tragedia existencial: una sola libra de carne de res, cotizada en el mercado informal sobre los 1,100 CUP, devora el 17% del salario mensual de un profesional promedio.

Es una cifra que desafía cualquier lógica económica y moral, pues condena al trabajador a canjear cinco días íntegros de su vida y esfuerzo por apenas 450 gramos de proteína. Cuando un bistec exige el sacrificio de una semana de jornada laboral, la comida deja de ser un derecho o una necesidad para convertirse en un objeto de culto, evidenciando que en la isla el salario es una unidad de medida de la precariedad absoluta

Si una familia de cuatro personas quisiera comer carne de res solo una vez a la semana (4 libras al mes), tendría que destinar el 68% de un salario promedio únicamente a ese producto. Esto deja solo. En casi cualquier país de la región, una libra de carne de res representa entre el 1% y el 3% del salario mínimo diario. En Cuba, representa el 17% del salario mensual. un 32% para el resto de los alimentos, electricidad, agua, transporte y aseo.

La Revolución del fracaso: el estado mafioso

Con la caída de la URSS a inicios de los años 90, y sin petróleo venezolano suficiente tras el colapso de PDVSA, la economía cubana debería haber colapsado hacia 1995-2000. Pero sobrevivió a través de una mutación hacia el capitalismo oligárquico de estado. El instrumento fue GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.).

GAESA nació a mediados de los años 90, cuando el colapso soviético obligó al régimen a buscar una nueva fuente de divisas. La solución fue entregar el control de los sectores rentables directamente a las Fuerzas Armadas.

Desde entonces, GAESA ha absorbido cadenas hoteleras, navieras, tiendas en divisas, zonas francas, bancos y corporaciones como CIMEX y Habaguanex hasta convertirse en el holding que concentra el turismo, el comercio minorista en moneda fuerte, las remesas y otros sectores estratégicos. El poder económico quedó en manos de una élite militar-empresarial que opera con opacidad total, fuera del escrutinio parlamentario y del control ciudadano. La Revolución había completado su mutación: del socialismo estatista al capitalismo de cuartel, donde el Estado y el negocio privado de la cúpula son indistinguibles.

Los beneficios de estas operaciones no se reinvierten en hospitales, escuelas o infraestructura de servicio público. Se desvían a cuentas internacionales de la élite militar. Los investigadores estiman que GAESA opera activos por más de 10,000 millones de dólares. Pero no existe un presupuesto público de GAESA. No existe transparencia, no existe escrutinio.

Es, en esencia, un estado mafioso donde la máquina estatal es un instrumento de enriquecimiento privado de la élite.

La Revolución del fracaso: el ordenamiento como la gota que derramó el vaso

tarea de ordenamiento Cuba 2021

La “Tarea Ordenamiento” de 2021 y la actual “apertura internacional” son presentadas como reformas de liberalización. Son exactamente lo opuesto. Se permite que los pequeños negocios de servicios operen, pero se mantiene el monopolio estatal sobre los sectores estratégicos: energía, minería, turismo de lujo, banca. Esto creó una ilusión de mercado mientras el estado captura todas las divisas a través de sus monopolios.

Ese fue el único objetivo del ordenamiento, terminar por capitalizar la captación de dólares.

La Revolución del fracaso: colapso totalmente expuesto

Al 1 de enero de 2026, los datos muestran una nación en liquidación. El 89% de la población vive en pobreza extrema. La desnutrición infantil alcanza 9.7 muertes por cada 1,000 nacidos vivos. Más de un millón de personas han emigrado en los últimos tres años, el 18% de la población total. Los apagones duran entre 16 y 20 horas diarias. Hay más de 1,158 presos políticos.

El sistema no está en crisis, no. El sistema está muerto y aun así se las ingenian para seguir postergando su certificado de defunción.

Sesenta y siete años después de aquel 1 de enero de 1959, la Revolución Cubana es un fracaso rotundo donde ya se ha expuesto toda la artimaña y verdaderas intenciones de la cúpula que lleva succionando las venas de una isla incluso tras dejarla totalmente seca.

Esta supuesta Revolución Cubana creció en la explotación de subsidios foráneos y sobrevive hoy en la captura de dólares mediante la explotación deliberada de la miseria de su gente.

Esto fue, desde el inicio, un mecanismo de concentración de poder político, utilizado para desmantelar cualquier espacio de autonomía social, y que mutó hacia un estado mafioso cuando perdió sus fuentes de financiamiento exterior, buscando siempre desesperados intentos para mantener la comodidad castristas y sus cercanos.

La Revolución Cubana es un crimen histórico cometido contra la capacidad productiva, la salud, la libertad y la dignidad de una nación. Y eso es lo que se celebra hoy: 67 años de aquel crimen, que continúa impune.

Algunas de las fuentes consultadas:

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