Pat Riley ya es bronce en Los Ángeles y se salda la deuda

El 22 de febrero de 2026, afuera del Crypto.com Arena, en la Star Plaza donde ya conviven los titanes de la franquicia, los Lakers develaron la estatua de Pat Riley: el hombre que le enseñó a este equipo que ganar, por sí solo, nunca sería suficiente.

Aaron Osoria

Pat Riley

Una noche de memoria y símbolo

Colocado entre Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar, el monumento completa lo que solo puede describirse como un tríptico sagrado del Showtime: el genio que corría, el sabio que anotaba, el arquitecto que los organizaba. Tres figuras de bronce que, juntas, cuentan la historia de una idea de baloncesto que Los Ángeles convirtió en religión e insignia de lo que significa este deporte.

La tarde cayó sobre el centro de Los Ángeles con ese aire inconfundible de acontecimiento que esta ciudad, cuando quiere, sabe fabricar mejor que nadie. Exjugadores, directivos, figuras mediáticas y una multitud de aficionados con jerseys de oro y púrpura se congregaron frente al recinto para ver a Riley ocupar, por fin, el lugar que muchos consideraban suyo desde hace años. Sin Pat, sin el arquitecto en la banda, aquella obra maestra de los años 80 no habría existido.

El contexto añadió una capa extra de dramatismo que parecía casi guionada, y es que la ceremonia tuvo lugar justo antes del partido frente a los Boston Celtics, los eternos rivales, los que siempre estuvieron al otro lado de la trinchera en los años en que el baloncesto era una guerra fría con camisetas. Los Lakers perdieron ese partido (y de la peor manera posible), pero la noche se mediría en el peso simbólico de inmortalizar a quien le dio forma definitiva a esa rivalidad que hoy lleva décadas sin necesitar presentación.

Pat Riley es el arquitecto del Showtime

Pat Riley y el showtime magic johnson y kareem abdul-jabbar

Pat Riley fue mucho más que el entrenador que ganó cuatro campeonatos con los Lakers —1982, 1985, 1987 y 1988—. Fue el diseñador de una idea, y eso es infinitamente más difícil. Así la dimensión de esta figura (y de la franquicia más espectacular de la NBA).

Su propuesta de juego convertía cada partido en un espectáculo de alta intensidad, televisivo, casi cinematográfico. El equipo corría, atacaba rápido, llenaba los carriles, convertía cada jugada en el lado defensivo en una invitación a la transición. Los Lakers hacían poesía donde la duela arrojaba el espacio para los versos. El ritmo alto no era solo un recurso táctico, iba más allá de esquema. El vértigo de Lakers era una declaración de identidad. Un manifiesto filosófico escrito con balón en mano. Showtime baby.

Cuando el contraataque no aparecía, su equipo tenía una segunda piel con el juego en media cancha construido alrededor de Kareem Abdul-Jabbar y su inagotable sky hook, alimentado por la visión de Magic Johnson. Lakers tenía los mejres artistas para pincelar su lírica. Ese equilibrio entre vértigo y paciencia, entre el show y la ejecución clínica, es lo que hizo del Showtime algo que todavía hoy resulta irrepetible.

Riley entendió, antes que nadie, que en Los Ángeles el baloncesto debía estar a la altura de Hollywood. El deporte, como el cine, es arte. No se trataba solo de ganar, sino de hacerlo con personalidad, con firma propia, con estética. Lakers sostuvo por mucho tiempo un estilo ganador mediante el espectáculo de élite. Desde el concepto, el Showtime era un recurso, la columna vertebral del funcionamiento.

La sintonía con Jerry Buss: el pacto fundador

Esa visión no surgió en el vacío. Necesitaba un cómplice con poder y con dinero. Lo encontró en Jerry Buss.

Desde que el dueño de los Lakers adquirió la franquicia, concibió los partidos como eventos totales: luces, show, celebridades en primera fila y un producto deportivo que correspondiera a esa puesta en escena. Buss no quería solo un equipo ganador; quería un equipo que la gente necesitara ver. En ese contexto, Pat Riley era el director perfecto.

Tras la salida de Paul Westhead, Buss respaldó la apuesta por Riley y le dio autoridad plena para moldear el equipo. Aquella decisión fue el pacto fundador entre un propietario que soñaba con el mayor espectáculo deportivo del mundo y un técnico capaz de convertir ese sueño en un sistema de juego. Buss protegió su liderazgo, le dio margen para imponer disciplina y avaló el diseño de una cultura basada en el éxito sostenido y en la elegancia del triunfo. Porque sí, el triunfo con clase es pura cultura Lakers.

La relación entre ambos se cimentó en esa coincidencia de fondo: ganar, llenar el estadio y convertir a los Lakers en una marca global ligada al glamour y a la victoria. El Showtime fue, en buena medida, la materialización deportiva de la visión empresarial y cultural de Buss, llevada a la realidad estético-funcional por Riley.

Magic, Kareem y el arte de gestionar lo imposible

Lakers, Pat Riley, Kareem Abdul-Jabbar y Magic Johnson

Si Pat Riley fue el director de orquesta, Magic Johnson fue el gran intérprete de su obra. El base de Michigan tenía el combo perfecto para el sistema: tamaño, visión de juego, carisma y una capacidad única para leer la cancha en transición. En el esquema de Riley, Magic era la extensión del entrenador dentro de la duela; dirigía el contraataque, marcaba el tempo, decidía cuándo acelerar y cuándo frenar para alimentar a Kareem en el poste bajo.

La relación entre ambos evolucionó con el tiempo, como todas las grandes relaciones. Al principio, Riley se presentaba como un técnico cercano, casi cómplice. A medida que llegaron los títulos y aumentó la presión, su estilo se endureció con entrenamientos más exigentes, discursos más crudos, menos margen para la comodidad. Hubo fricciones, como en toda dinastía digna con nombres de puro éxito y talento, pero de esa tensión nació una cultura de responsabilidad permanente. Magic abrazó la exigencia y se convirtió en el líder emocional y competitivo que el sistema necesitaba.

Con Kareem Abdul-Jabbar, la tarea era diferente y más delicada. Riley heredó a una superestrella veterana, con un legado ya consolidado y una personalidad más reservada, que no necesitaba que nadie le dijera quién era. Tuvo que lidiar, además, con el recurrente rumor de que los Lakers serían mejores si aceleraban el recambio y se desprendían de su pivot legendario. Riley cortó por lo sano. Entendió que, más allá del glamour, la dinastía requería una columna vertebral estable, y Kareem seguía siendo ese eje.

Alrededor de ellos, Pat Riley gestionó un vestuario poblado de talento y ego: James Worthy, Byron Scott, Jamaal Wilkes, Michael Cooper y otros nombres fundamentales de los 80. Con todos, la fórmula era claridad de roles, exigencia absoluta y un mensaje insistente contra lo que él llamaba “la enfermedad del más”, la tendencia de los campeones a relajarse cuando llegan los éxitos, a creer que el esfuerzo ya puede dosificarse porque el trofeo ya está en casa. Bajo su mando, el equipo aprendió que el mayor enemigo de una dinastía es la complacencia.

Cultura interna: disciplina, relato y espectáculo

Pat Riley coaching lakers

La grandeza de Pat Riley no se explica solo en pizarras y rotaciones. Eso es “lo fácil”, lo difícil es la cultura construida debajo. Introdujo lemas, consignas y un lenguaje propio que organizaba la vida del equipo alrededor del objetivo del campeonato. La disciplina abarcaba todo: preparación física, enfoque mental, comportamiento fuera de la cancha. A su manera, convirtió el vestuario en una empresa de alto rendimiento donde cada jugador entendía que vestir la camiseta de los Lakers implicaba un estándar diferente.

Esa cultura se reforzaba con el relato. Riley utilizaba videos, frases, referencias constantes al legado y a la rivalidad con Boston. Entendía que, en el contexto de los años 80, recuperar y potenciar el antagonismo Lakers–Celtics era clave para la identidad del equipo. Cada serie de finales ante Boston tenía un peso casi épico al disputarse un capítulo más en la historia de una rivalidad que, bajo su mando, reactivó y elevó hasta convertirla en el núcleo dramático del baloncesto de su época.

Su propia imagen también jugaba un papel que él conocía perfectamente. Trajes oscuros, peinado impecable, porte “de película”. Riley, de pie en la línea lateral, parecía un director de escena tanto como un entrenador. Esa figura, tan asociada a la estética de la ciudad y de la época, es precisamente la que hoy queda fijada en bronce. No podía ser de otra manera.

Un legado multirrol y una deuda por fin saldada

El homenaje de los Lakers es también el reconocimiento a una trayectoria única dentro de la franquicia, y pocas personas en la historia del deporte pueden replicar. Riley ganó como jugador en 1972, como asistente en 1980 y como entrenador principal en cuatro ocasiones durante los 80. Pocos pueden decir que conquistaron el éxito con la misma camiseta desde tantos ángulos distintos. Con la estatua se convierte, además, en el primer entrenador de los Lakers en recibir este tipo de tributo.

Su legado, sin embargo, rebasa los títulos y las anécdotas. Riley ayudó a definir qué significa ser un Laker. Con y desde su concepto de trabajo el equipo marcó la liga culturalmente.

Los aficionados que pasen ahora por la Star Plaza verán a Magic, a Kareem y a Riley compartiendo espacio, comprendiendo la lógica silenciosa de esa composición sin necesidad de que nadie se la explique.

En la ciudad del cine, donde los mitos nunca abandonan del todo la pantalla, Pat Riley ya tiene asegurado su lugar entre las leyendas que no se apagan. Su consagra a un autor de época, al hombre que hizo del Showtime una manera de entender venerar el baloncesto.

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