Los Premios Goya 2026 confirmaron una vez más que la gran noche del cine español es mucho más que una entrega de estatuillas. Se trata de un ritual donde la industria se mira al espejo y decide qué país quiere representar, o al menos qué imagen de ese país resulta importante proyectar ante las cámaras.
Aaron Osoria

Qué son los Goya y por qué importan más allá del palmarés
Los Goya son los premios nacionales del cine español, el equivalente peninsular de los Óscar, organizados por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Desde 1987 reconocen lo mejor de la producción anual en dirección, interpretación, guion, apartados técnicos y un Goya de Honor, al que desde hace unos años se suma un Goya Internacional para figuras clave del cine global.
Pero reducir su función a la de un marcador industrial sería quedarse a mitad del análisis. La gala funciona como un doble dispositivo: por un lado canoniza películas y carreras; por otro construye relato sobre cómo quiere verse el cine español a sí mismo y cómo quiere presentarse ante Europa y América Latina. Es, en ese sentido, un acto político aunque nadie pronuncie esa palabra.
Lo que pasó en el escenario

La 40ª edición tuvo una ganadora clara en el plano simbólico: Los domingos se llevó el Goya a mejor película, mejor dirección para Alauda Ruiz de Azúa, mejor guion y premios de interpretación, consolidando un relato íntimo y emocional como rostro del año.
Sirat arrasó en las categorías técnicas —fotografía, montaje, arte, sonido, música, producción—, reivindicando una factura visual y sonora de primer nivel. Sorda completó el cuadro con sus galardones a dirección novel y actor de reparto, abriendo un foco inusual sobre la experiencia sorda y la lengua de signos en la industria española.

La gala abrió con Rigoberta Bandini y Luis Tosar versionando Hoy puede ser un gran día en clave reivindicativa, marcando de entrada un tono político que no abandonaría la noche. Susan Sarandon recibió el Goya Internacional con un discurso que mezcló gratitud hacia el cine europeo y una denuncia ética de la violencia global, reforzando la idea de la gala como altavoz moral.
El momento más emotivo llegó con el In memoriam, acompañado por una interpretación intensa de Si te vas y el recuerdo de figuras esenciales de la cinematografía española. Entre bloque y bloque, los discursos encadenaron reivindicaciones: Palestina, derechos humanos, precariedad, igualdad de género y violencia machista, todo ello trenzado con chistes, anécdotas virales y la cercanía habitual de los agradecimientos improvisados que tanto gustan al público y tanto incomodan a los relojeros de la producción.
La presencia de Palestina: una coreografía muy organizada
Si se mira solo el palmarés, el titular sería relativamente sencillo: un año donde conviven una película de fuerte carga emocional, un ejercicio de excelencia técnica y una obra que pone en el centro la discapacidad y la comunicación. La industria se muestra capaz de combinar cine de autor, sensibilidad social y músculo técnico, con una presencia femenina más fuerte en áreas de poder creativo. Ese sería el titular si el relato no hubiera sido colonizado por otro.

Porque la solidaridad con Gaza, las menciones al genocidio, las críticas al caos geopolítico y las referencias a Donald Trump y al deterioro de derechos humanos se convirtieron en hilo conductor de muchas intervenciones. En la prensa del día siguiente, no pocos titulares hablaban más de Palestina que de Los domingos o Sirat, lo que revela hasta qué punto el marco político terminó desplazando la conversación sobre cine.
Y esa presencia fue el resultado de una campaña muy organizada. Días antes de la gala, asociaciones propalestinas hicieron llegar a nominados y asistentes correos, argumentarios y material simbólico, invitándoles a lucir chapas de “Free Palestine”, pines con la sandía —convertida en emblema gráfico de la causa— y mensajes concretos sobre embargo de armas, acuerdos con Israel y denuncia del genocidio en Gaza. El resultado fue una homogeneidad visual que resultaba difícil ignorar: muchas de las personas que pisaban la alfombra roja llevaban los mismos símbolos y repetían consignas muy similares ante las cámaras.
Aquí aparece la primera tensión que merece nombrarse con claridad. No hubo cine palestino nominado ni una presencia relevante de cineastas palestinos en la sala o con conexión al menos indirecta. La “presencia de Palestina” fue, sobre todo, un dispositivo simbólico europeo hablando sobre Palestina, no Palestina hablándose a sí misma. Eso por supuesto no invalida el gesto, pero lo matiza de forma sustancial: lo que se mostraba en pantalla era la conciencia europea sobre un conflicto externo, no la voz directa de sus protagonistas. La diferencia importa, aunque resulte incómodo señalarla.
Paridad y discapacidad: el compromiso que atraviesa la obra
Reducir los Goya 2026 a una sucesión de pines sería injusto con lo que la gala también dejó. La sensación de que la edición “tiene nombre de mujer” no es solo una frase. La victoria de Alauda Ruiz de Azúa en dirección, el peso de mujeres en dirección artística, vestuario, maquillaje, peluquería, música y canción original apuntan a una transformación paulatina en la autoría y en los equipos creativos. El escenario, aunque lejos de una igualdad perfecta, ya no es el club casi exclusivo que era hace apenas una década.
Por otro lado, Sorda utilizó sus premios para algo que muy pocas películas logran en una noche así: convertir la discapacidad en eje central del discurso sin que sonara a consigna. Sus responsables hablaron de la lengua de signos como identidad cultural y no como mera herramienta técnica, y lanzaron frases potentes sobre la deshumanización que implica vivir sin acceso pleno a la comunicación. En ese caso el compromiso no se limitó a un símbolo en la solapa sino que estaba directamente imbricado en el contenido de la obra, en el reparto, en la forma de rodar y en la manera de estar en escena. Esa es la diferencia entre un gesto y una posición.
La jerarquía de las causas y lo que queda en la penumbra
Que Palestina merezca atención no está en discusión. Lo que sí merece discutirse es por qué ciertas tragedias se convierten en símbolo visible y otras permanecen en la penumbra mediática durante décadas. El mundo atraviesa una crisis sistémica donde conviven guerras abiertas, autoritarismos consolidados, colapsos económicos y emergencias humanitarias crónicas. Si los Goya (u otros grandes eventos) van a mostrarse “preocupados”, que la preocupación se expanda a todo el modelo y se transforme en narrativa, no solo en descripción y agitar banderitas frente a una cámara.
Palestina, sí, pero también Cuba, Haití, el Sahel, el Congo, Sudán, Yemen, las rutas migratorias, Ucrania, el colapso climático. La pregunta no es si la causa palestina es legítima —lo es—, sino qué mecanismos culturales, mediáticos y políticos determinan qué crisis llega a la alfombra roja y cuáles no.
Esa incomodidad conecta con la experiencia de quienes vienen de otros contextos donde la crisis es estructural, permanente y documentada, pero rara vez llega a los comunicados de las academias europeas como causa de temporada. El selectivo mapa de la indignación organizada tiene sus propios criterios, y no siempre coinciden con la magnitud del sufrimiento.
En la propia gala hubo menciones a problemas internos de España como la precariedad cultural, derechos laborales, auge de la ultraderecha, violencia machista. Pero el foco mediático giró sobre todo en torno a un fenómeno que no satisface resultados por mención simbólica. La presión no existe, sino pregúntesele a Trump y Netanyahu que andan soltando bombas por el mundo sin importar lo que venga después.
Incluso dentro del gremio hubo voces críticas con esa sobredosis de geopolítica en una ceremonia que, en teoría, celebra cine. Esa incomodidad es una pregunta legítima sobre los límites y la coherencia del compromiso colectivo.
Del compromiso al merchandising moral

El cine español tiene una larga tradición de posicionarse políticamente: el “No a la guerra” en tiempos de Irak, las protestas contra la Ley del Cine, las movilizaciones feministas, la defensa de la cultura pública, los discursos sobre memoria histórica. La oleada de pines por Palestina no surge de la nada; se inscribe en una genealogía donde la gala de los Goya funciona también como parlamento paralelo sobre el estado del mundo.
Esto, se debe decir, es admirable. La novedad está en la forma del gesto. El compromiso se hace muy visible, estéticamente reconocible, replicable en redes: chapas, pines, hashtags, fotos de alfombra roja, frases cortas y poderosas. Eso tiene una ventaja real porque un mensaje se expande rápido y llega lejos.
Sin embargo, tiene también un riesgo; que el compromiso se convierta en merchandising moral. Cuando la causa no atraviesa la programación, las coproducciones, las ayudas, los fondos de apoyo, la contratación, la exhibición ni las alianzas a largo plazo, queda la duda de si todo se agota en la foto con pin. El gesto es el inicio visible de un compromiso que, la mayor parte del tiempo, debería jugarse fuera de plano y fuera de cámara. Si solo existe cuando hay cámaras delante y estamos vestidos de trajes costosos, hay que llamarlo por su nombre: performance.
De la alfombra roja a la estructura
El desafío no es despolitizar la gala, sino desplazar la política del símbolo a la estructura. Eso implicaría, entre otras cosas, que las causas que se mencionan en los discursos se traduzcan en fondos, residencias, coproducciones y redes de apoyo con cineastas de contextos en crisis, por ejemplo.
Que la paridad y la diversidad celebrada en el escenario se consolide en los órganos de decisión, en las academias, en las comisiones de selección, en las plataformas, en las escuelas y en los sindicatos. Y que los criterios de programación y financiación no se limiten al conflicto que esté en tendencia, sino que sostengan en el tiempo una política de apoyo a cinematografías periféricas que casi nunca hacen ruido mediático.
En un mundo donde la crisis es global y simultánea, el gesto de una chapa no es irrelevante, pero tampoco es suficiente. El reto para el cine español —y para la cultura europea en general— es que el “Free Palestine” de una noche no tape otras periferias, no se convierta en sustituto de decisiones más costosas y menos fotogénicas, y no quede colgado del traje cuando termina la ceremonia y se apagan los focos. La alfombra roja puede ser el inicio visible de algo, pero el problema es cuando se convierte en el único escenario donde el compromiso existe.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


