La política como cubano y latino: 3 puntos claves

Para el cubano y el latinoamericano, la política antecede a la conciencia. Se hereda, se padece y, en el mejor de los casos, se transforma.

Aaron Osoria

La política como cubano y latino

La historia de antes y de siempre

Mira la historia de América Latina y encontrarás un patrón que se repite con la terquedad de lo inevitable: la política llega antes que la persona. El cubano y el latinoamericano no eligen ser políticos como se elige una profesión. La historia, el territorio, la memoria colectiva y el cuerpo mismo se convirtieron en terreno de disputa política mucho antes de que el individuo adquiriera conciencia de ello.

Desde la conquista de América hasta la Revolución Cubana de 1959, pasando por las guerras de independencia y las dictaduras del siglo XX, ser cubano o latinoamericano ha implicado vivir en la encrucijada entre la dominación y la dignidad, entre el sometimiento y la emancipación. Esa condición no es victimismo ni resentimiento, sino la raíz de una visión del mundo donde lo político resulta inseparable de lo ético, lo cultural y lo humano.

La herencia martiana: política como ética de vida

estatua de josé martí en ecuador

El fundamento más profundo de la cultura política cubana proviene de José Martí, quien concibió la política como vocación de servicio y jamás como ejercicio de poder. Para Martí, la política era una categoría de la práctica, condicionada en sus fines por la ética, una actividad que exigía correspondencia entre el decir y el hacer, y cuyo principio fundamental era unir para vencer, frente al divide y vencerás maquiavélico.

Martí accedió a la historia y a la política entendiéndolas como hechos culturales de las grandes masas, nunca como juegos de élites. Ese modelo, el del intelectual que hace política desde el exilio y que escribe para la emancipación, marcaría para siempre el arquetipo de la identidad cubana.

La premisa martiana de «con todos y para el bien de todos» define una República socialmente inclusiva que los cubanos, tanto en la isla como en la diáspora, han invocado desde entonces para legitimar proyectos opuestos entre sí.

Las controversias sobre cómo materializar esa aspiración ética constituyen el núcleo de los conflictos nacionales cubanos desde la independencia de 1902 hasta el presente. La frase tiene la virtud y la maldición de las grandes fórmulas: sirve para todo y, por eso mismo, la historia la ha usado en todas las direcciones.

La identidad latinoamericana: un sujeto forjado en la resistencia

identidad latinoamericana

Cuba no puede entenderse fuera de América Latina, y América Latina no puede entenderse sin el peso de lo que el filósofo mexicano Leopoldo Zea llamó la fractura histórica. La conquista y la colonización crearon un sujeto colectivo radicalmente nuevo, el latinoamericano, que es la síntesis conflictiva de matrices indígenas, españolas y africanas, sin reducirse por completo a ninguna de ellas.

Para Zea, la identidad latinoamericana es un proceso de afirmación simultánea de lo particular y lo universal, construido históricamente desde una posición periférica respecto al centro imperial hegemónico. América Latina ha desarrollado, en ese trayecto, una cultura de la sobrevivencia, una cultura de lucha permanente contra todo tipo de agresiones y de resistencia a todo tipo de dominaciones.

Esa resistencia es política en su naturaleza más profunda. El latinoamericano político lucha por el derecho a existir como sujeto histórico, antes que por partidos o programas. Esa distinción es decisiva porque explica por qué la política en esta región rara vez es ideológica en el sentido técnico del término: es existencial. La pregunta que la atraviesa no es qué modelo económico conviene, sino quién tiene derecho a ser considerado persona.

Cuba: la política como identidad nacional total

Cuba: la política como identidad nacional

En ningún otro país de América Latina la política ha penetrado tan radicalmente la identidad colectiva como en Cuba. El sistema político cubano es un Estado totalitarista donde, según la Constitución vigente, el Partido Comunista es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado.

Esa arquitectura institucional ha generado una cultura política marcada por el nacionalismo beligerante y la moralización de la política: ser cubano equivale, en la narrativa oficial, a ser revolucionario. La nación y el proyecto político se funden en un mismo relato que admite muy poco espacio para la divergencia.

Esa totalización política ha tenido un costo enorme. La definición de la nación desde lo político y lo ético derivó en exclusión sistemática del otro. Los que no compartieron el “proyecto revolucionario” fueron expulsados, simbólica o literalmente, de la nación. Cuba ha experimentado cuatro siglos de historia colonial, seguidos de más de medio siglo de república acaparado en gran parte por dictadores, y luego seis décadas de dictadura socialista. En ese trayecto, la política ha sido el eje alrededor del cual se organiza todo: la familia, el trabajo, la cultura, el arte, la posibilidad misma de quedarse o irse.

La diáspora supera hoy el millón de personas en Estados Unidos. Y sin embargo la identidad cubana se define tanto dentro como fuera de la isla, fragmentada pero unida por el mismo idioma, la misma música, la misma memoria y la misma herida política.

El exilio como condición política y filosófica

Para el cubano de la diáspora, el exilio es una posición filosófica y política antes que un estado geográfico. En el corazón de la identidad del exilio cubano conviven dos relatos profundamente arraigados.

El primero es un mito de los orígenes que narra cómo la dictadura comunista arrebató el país, las propiedades y los derechos. El segundo es la construcción de un refugio provisional en el extranjero que se convirtió en comunidad permanente. Estos relatos estructuran visiones políticas que se perpetúan generacionalmente.

Por eso los cubanoamericanos en Florida han votado consistentemente por candidatos conservadores estadounidenses, interpretando cualquier amenaza al orden democrático liberal a través del prisma de su experiencia con el castrismo. Para ellos, la política es memoria viva, trauma transgeneracional y duelo por una patria perdida.

La pensadora Ruth Behar y la poeta Lourdes Casal representan otra postura: la identidad diaspórica como posición privilegiada para pensar desde los márgenes de la polarización política. Para estas voces, ser cubano en el exilio significa habitar una doble identidad bicultural, rechazar las narrativas binarias y construir una pertenencia que no obliga a elegir entre la isla y el continente adoptado.

Ambas posturas son auténticas. Ambas expresan algo verdadero sobre lo que significa ser cubano lejos de Cuba. Y el hecho de que sean incompatibles entre sí revela, mejor que cualquier análisis, la dimensión de la fractura que la política cubana ha producido en su propio pueblo.

La política latinoamericana hoy: tensiones y desafíos

política latinoamericana hoy

América Latina vive en 2026 una tensión profunda entre la aspiración democrática y la tentación del autoritarismo populista, entre la integración regional y las fragmentaciones nacionales. La identidad latinoamericana es un proceso que se construye a través de diferentes horizontes de comprensión, donde la diversidad es lo distintivo, y donde la geopolítica y la globalización complejizan cada vez más los estudios sobre lo propio.

Cuba sigue siendo un actor político clave en la región, con una influencia que trasciende su tamaño geográfico. El régimen ha demostrado una notable capacidad para articular diplomacia efectiva y seducir a élites regionales, especialmente de izquierda. México, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum y lo que fue López Obrador, ha mantenido un compromiso simbólico y material con la isla. Cuba funciona así como espejo en el que América Latina se mira para definirse o deformarse a sí misma.

Para el latinoamericano de clase media, profesional o intelectual, la política tiene un significado adicional: es el campo donde se decide si su trabajo tiene sentido social o queda reducido a ornamento de las élites. La filosofía latinoamericana, en la tradición de Zea, sostiene que el pensamiento de este continente es del orden social y político antes que especulativo.

Filosofar aquí es necesariamente pensar las condiciones de la opresión y las posibilidades de la emancipación. El escritor, el periodista, el arquitecto, el maestro, todos cargan con esa responsabilidad aunque jamás la hayan elegido conscientemente.

Lo político como destino y vocación

Déjame ser claro en este punto: el cubano que escribe, que enseña, que crea, carga con una responsabilidad particular porque su voz nunca es solo individual. La cultura política cubana, a ambos lados del estrecho de la Florida, ha entendido siempre que el intelectual, el artista y el académico tienen una función política aunque nunca firmen un manifiesto.

Como escribía Martí, la virtud es callada en los pueblos como en los hombres, pero esa virtud silenciosa es ella misma un acto político. La neutralidad, en ese contexto, tampoco es inocente.

Ser cubano y latinoamericano hoy, especialmente en la diáspora, en la frontera, en el espacio transnacional, significa habitar una identidad que se construye en el proceso de circulación entre culturas.

La política no le ocurre al sujeto desde afuera: lo constituye desde adentro. La pregunta sobre qué significa ser cubano y la pregunta sobre qué tipo de mundo queremos son, en el fondo, la misma pregunta. Y esa equivalencia es la condición estructural de la experiencia histórica de este pueblo.

Esta síntesis entre lo personal y lo político, entre la memoria y el proyecto, entre el exilio y la utopía, es quizás el legado más poderoso que Cuba ha entregado a América Latina y al pensamiento universal, para bien o para mal.

La política como dignidad

Para el cubano y el latinoamericano, la política en su sentido más profundo es la lucha por la dignidad: la del individuo, la de la comunidad y la de los pueblos. Es la condición sobre la que se construye toda otra posibilidad, el arte, la arquitectura, la escritura, la enseñanza, el periodismo.

El legado de Martí sigue siendo la brújula más útil en ese territorio: hacer política desde la ética, unir en lugar de dividir, y entender que la emancipación verdadera es también una emancipación mental.

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