Antes de aceptar cualquier relato sobre lo que ocurrió esta madrugada, conviene detenerse en un dato material. No hay portaaviones iraníes frente a las costas de California. No hay bases militares de Teherán en México ni en Canadá.
Lo que existe, en cambio, es una constelación de instalaciones estadounidenses que rodea Irán por tierra, mar y aire —Jordania, Siria, Irak, Kuwait, Bahréin, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos—, reforzada desde enero con portaaviones adicionales, bombarderos de largo alcance y tropas desplegadas con una precisión que no sugiere improvisación. Quién rodea a quién no es una pregunta retórica, sino el punto de partida sin el cual cualquier análisis de esta guerra resulta, en el mejor de los casos, ingenuo.
Esta operación lejos de ser una reacción, es una llegada.
Aaron Osoria

La guerra Estados Unidos-Israel vs Irán estalla
En la madrugada del 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación conjunta masiva contra múltiples ciudades y objetivos estratégicos en Irán. Misiles y aviones golpearon Teherán, Isfahán, Qom, Karaj, Kermanshah y otras zonas donde se concentran instalaciones militares, centros de mando de la Guardia Revolucionaria e infraestructuras vinculadas al programa nuclear.
Irán respondió con decenas de misiles balísticos y drones contra territorio israelí y contra las bases militares estadounidenses repartidas por toda la región. Sirenas, explosiones y sistemas antimisiles activados se han convertido en el sonido de fondo del Medio Oriente mientras Teherán declara que todas las instalaciones de Estados Unidos e Israel en la región son ahora objetivos legítimos.
Mientras se escribe este artículo, misiles impactan en Tel Aviv y se emiten alertas para ciudadanos estadounidenses, todo entre fallecidos civiles y espasmos en las zonas de ocio de Qatar. Esto mientras la frontera entre Afganistán y Pakistán hace su propia guerra. O sea, mientras este artículo se escribe, la paz de la región —frágil desde hace tiempo y ausente en muchos periodos— se despedaza en todos lados.
Una decisión disfrazada de negociación
Las conversaciones de Ginebra de febrero tenían fecha de caducidad antes de comenzar. No eran una oportunidad diplomática sino el trámite administrativo que precede a la justificación. “Lo intentamos. No nos dejaron alternativa.” El guion es conocido porque ya se ensayó en Irak, se repitió en Libia y se perfeccionó durante años frente a Gaza. Las negociaciones terminaron sin acuerdo y con la sensación generalizada —entre quienes siguieron el proceso de cerca— de que la decisión real ya estaba tomada mucho antes de que los negociadores tomaran asiento.
Ahora se ejecuta sobre Irán con misiles y aviones de combate, mientras Trump proclama que el ataque es, además de punitivo, una invitación generosa para que los iraníes derrumben a sus propios dictadores. Como si los regímenes cayeran por decreto de quien los bombardea a las tres de la mañana desde treinta mil pies de altura. Utilizar el recurso humano y su sufrimiento es quizás la más vil de las estrategias para buscar fines que de humanos no tienen absolutamente nada.
El régimen iraní es teocrático, autoritario, misógino y brutal con su propia población. Las organizaciones de derechos humanos llevan décadas documentando sus crímenes, desde ejecuciones sistemáticas y persecución de mujeres y minorías hasta la tortura de disidentes, la represión de protestas y el uso de milicias regionales como extensión armada de su política exterior. No hay nada romántico en Teherán, y su núcleo regente está podrido. No hay nada que defender en ese régimen.
Pero esa constatación tiene un uso político muy preciso en manos de quienes hoy bombardean. Sirve para borrar el resto del cuadro. Entre absolver a Teherán y justificar su demolición a bombazos existe un espacio político inmenso que las potencias han decidido no habitar. Y hay actores con mucho poder e interés en que ese borrado se complete antes de que alguien lo note.
La fragilidad del Medio Oriente no surge de la nada ni es obra exclusiva de los regímenes locales. Es producto de décadas de intervencionismo occidental, golpes de Estado, guerras por petróleo, invasiones, cambios de régimen y apoyo selectivo a dictaduras convenientes. Irán es hoy un actor agresivo en una región que Estados Unidos, Reino Unido y sus aliados ayudaron a convertir en una ruina geopolítica. La brutalidad del régimen iraní funciona como coartada perfecta para vender como moralmente necesario un castigo militar que tiene poco que ver con proteger a la población iraní y mucho con rediseñar el equilibrio de poder a favor del eje Washington–Tel Aviv–Golfo. Es la típica e inagotable guerra por el poder.
El arquitecto de la ruina

Si existe un protagonista constante en la descomposición del Medio Oriente, es Estados Unidos. Irak demolido en 2003 sobre una mentira que todos conocían y nadie detuvo. Afganistán abandonado tras veinte años de ocupación y un gobierno títere que se evaporó en horas. Libia convertida en mercado de esclavos después de que la OTAN celebrara la caída de Gadafi. Gaza reducida a escombros con armamento, financiación y cobertura diplomática de Washington. Las monarquías autoritarias del Golfo sostenidas, armadas y elogiadas mientras garantizan el flujo de petróleo y compran silencio geopolítico.
Ese es el registro histórico de la potencia que hoy se presenta como garante de la estabilidad regional. Lejos de ser una opinión, es la secuencia documentada de los últimos veinticinco años.
Washington habla de estabilidad, pero lo que deja tras su paso son espacios llenos de milicias, arsenales sin control, economías colapsadas y millones de desplazados que ya no caben en las pantallas porque han dejado de ser noticia. Cada crisis generada se convierte en la justificación de la siguiente intervención. La guerra contra Irán no interrumpe ese ciclo. La naturalidad de este ciclo sin fin debería resultar perturbadora, pero no.
Desde enero, analistas advertían que la opción militar estaba siendo usada internamente como demostración de fuerza de Trump, contradiciendo su discurso original de acabar con las guerras eternas y mostrando que, cuando conviene, la guerra vuelve a ser herramienta política central. Es la lógica de una potencia que ha normalizado la acción militar como instrumento de orden y que presenta ese ataque conjunto con Israel como acto de defensa cuando la realidad material apunta en otra dirección.
Israel y la industria del enemigo permanente
Israel tiene razones históricas para sentirse amenazado, y esas razones no merecen ser descartadas con ligereza. Pero hay un umbral a partir del cual la memoria legítima se convierte en ideología, y la política israelí lo cruzó hace tiempo. Definir a Irán como “amenaza existencial” mientras se mantiene una superioridad militar aplastante —incluida una capacidad nuclear no declarada— y el respaldo incondicional de la primera potencia del mundo no es evaluación estratégica. Es, ante todo, retórica de guerra permanente.
La etiqueta “existencial” cumple una función muy concreta. Elimina la proporcionalidad del debate, convierte cualquier respuesta en justificable por definición y hace que cuestionar la escala de la violencia suene a traición. Con ese marco intacto, Israel ha podido bombardear Gaza hasta hacerla inhabitable, mantener al Líbano atrapado entre sus propias crisis internas y la confrontación con Hezbolá, usar Siria como tablero de ensayos para ataques puntuales, y ahora sumarse a una campaña masiva contra Irán, todo bajo la misma narrativa de la supervivencia. Solo queda la supervivencia. La proporcionalidad desaparece del debate. Cuestionar la guerra se percibe como traición. De sobrevivir, se están cargando a buena parte del mundo…
Israel produce inseguridad estructural en su entorno como nadie en los últimos años. Su política ha asumido que su estabilidad interna pasa por golpear de forma periódica y demostrativa a sus enemigos, y para sostener esa narrativa necesita que los enemigos permanezcan. Irán es el enemigo ideal, con su retórica incendiaria, su ambición regional y su régimen moralmente indefendible. El ciclo se retroalimenta solo.
Europa: la complicidad sofisticada
Europa no lanza misiles esta madrugada, eso es cierto y vale como dato. Lo que también es cierto es que la Unión Europea y sus principales cancillerías llevan décadas asumiendo el relato en que Israel es “socio clave” y el problema estructural del Medio Oriente está lejos de Tel Aviv.
Francia, Alemania y Reino Unido dejan claro que no participaron en la operación, pero se alinean con el marco de seguridad de Washington, subrayando la “peligrosidad” iraní y evitando condenar la guerra preventiva como tal.
El bombardeo circulará en los cables europeos bajo lenguajes neutros y casi técnicos, palabras como “operación”, “acción” o “medida”. La respuesta iraní con misiles sobre bases estadounidenses en el Golfo se catalogará como “escalada”. Así funciona la gramática de la complicidad institucionalizada, no en la mentira abierta sino en la distribución selectiva de los conceptos.
Europa depende militarmente de Estados Unidos —OTAN, inteligencia, paraguas nuclear— y ha comprado el relato sin revisar sus facturas. El resultado es una complicidad cobarde que se presenta como guardia del derecho internacional mientras tolera, una y otra vez, que sus aliados violen esas mismas reglas cuando les conviene. La fragilidad de Medio Oriente también es producto de esa hipocresía calculada.
La guerra como recurso de política interior

Los conflictos también reordenan el tablero interno. En Estados Unidos, esta escalada ocurre en el momento exacto en que el desgaste de la administración Trump se hacía visible, con las contradicciones entre el discurso de poner fin a las guerras eternas y la conducta real, el malestar económico de millones de ciudadanos y una polarización que ya no encontraba hacia dónde expandirse, más el caso del criminal Epstein, por el cual absolutamente nadie de las altas esferas ha pagado.
Un frente militar reemplaza todos esos temas por uno solo, la unidad nacional frente al enemigo exterior. La “amenaza iraní” no es únicamente un problema de seguridad, también es un instrumento político de primer orden que permite a Trump reposicionarse como líder fuerte en política exterior aprovechando el despliegue de fuerzas como gran espectáculo político.
En Israel, un gobierno bajo presión sostenida por la devastación de Gaza, por causas de corrupción activas y por protestas masivas que no remitían, activa el mecanismo más antiguo y más eficaz de la política de emergencia. Mientras los misiles vuelan sobre Irán y desde Irán, las disidencias internas se silencian bajo la consigna de que primero hay que ganar la guerra. Siempre hay una guerra que ganar primero para Netanyahu, quien ha convertido el mapa de Medio Oriente en su propio escudo legal, incendiando el tablero regional para que el humo de la guerra oculte sus cuentas pendientes con la justicia.
Una región rota a golpes externos
Irak, Siria, Líbano, Gaza, Yemen, el Golfo. El mapa de la región es el de un territorio golpeado tanto por sus propias élites corruptas y autoritarias como por los proyectos de ingeniería geopolítica diseñados en Washington, Londres, París y Tel Aviv. La actual guerra con Irán se superpone a esa acumulación de ruinas.
Expertos en seguridad llevaban tiempo advirtiendo que una campaña amplia contra Irán casi garantizaba represalias en cadena contra bases estadounidenses, rutas marítimas, infraestructuras energéticas y países ya debilitados. Eso es exactamente lo que empieza a ocurrir: misiles sobre el Golfo, nerviosismo en el mercado petrolero, buques en alerta en el Estrecho de Ormuz, temor a que Hezbolá y los hutíes abran nuevos frentes.
Presentar esta guerra como camino hacia la estabilidad es un insulto a la memoria reciente. Irak y Libia ya demostraron que derrocar o debilitar regímenes a base de bombas no produce democracias pacíficas sino vacíos de poder donde proliferan actores aún más radicales. Lo que hoy se siembra sobre Irán y su entorno no es una nueva cosecha de caos.
Implicaciones de la muerte del líder supremo de Irán

Con la muerte de Jamenei, se abre un nuevo capítulo peligroso en la historia reciente de Irán. El cargo de líder supremo no desaparece con él, sino que se activan los mecanismos de sucesión, con el rearme del Consejo de Expertos como órgano formal encargado de designar a un reemplazo, pero con la Guardia Revolucionaria, el clero más duro y las redes cercanas a su hijo Mojtaba (no se confrima si ha muerto) moviendo hilos en la sombra. La estructura del sistema está diseñada para sobrevivir a la persona, de modo que el aparato militar y de seguridad seguiría ejecutando la guerra que ya está en marcha y la cadena de mando continuaría operando con los planes previamente definidos.
Sin la figura que durante décadas concentró la autoridad última, aumentan las probabilidades de una pugna entre facciones por controlar la sucesión, con tensiones dentro de las élites religiosas, dentro del propio IRGC y entre viejos pragmáticos y nuevos radicales. En ese contexto, el escenario más verosímil a corto plazo no es una transición democrática, sino una recomposición del sistema alrededor de otro líder, quizá aún más dependiente de los servicios de seguridad. Para la región y para el mundo, esto implica un Irán más imprevisible, una legitimidad interna más frágil y muchos incentivos para usar la confrontación externa como pegamento político.
El príncipe exiliado y la memoria selectiva
En el libreto actual contra Irán, el príncipe exiliado aparece como el rostro presentable de una “nueva” república. Habla el lenguaje de Washington y Tel Aviv, promete apertura económica, fin del programa nuclear y acercamiento a Israel. Es la figura perfecta para vender la guerra como preludio de una transición ordenada y pro-occidental, el tipo de personaje que los estudios de televisión y los think tanks de política exterior necesitan cuando quieren darle cara humana a lo que en el fondo es un proyecto de ingeniería de régimen.
Pero su apellido arrastra otra historia y es la del sha sostenido durante décadas por Estados Unidos y Europa, con policía secreta, torturas sistemáticas y una modernización impuesta a golpes, hasta que una sociedad harta de dictadura estalló en 1979 y produjo, entre otras cosas, la teocracia que hoy se condena. Ese pasado se empaqueta ahora como “época dorada” no porque lo fuera, sino porque encaja con los intereses del presente; los de un Irán dócil, abierto al capital extranjero y desprovisto de autonomía estratégica.
La operación no tiene ninguna sutileza. Se condena, con toda la razón del mundo, la brutalidad de la teocracia actual, pero se blanquea sin pudor una dictadura anterior porque fue “nuestra” dictadura, porque respondía a “nuestros” intereses, porque firmaba los contratos que había que firmar. La diferencia moral entre ambos regímenes, para quienes orquestan este relato, no es una cuestión de principios sino de alineamiento geopolítico.
Lo que no se está haciendo es defender el derecho de los iraníes a decidir su propio futuro. Lo que se está intentando es reinstalar un formato de poder que ya fracasó estrepitosamente, solo que esta vez bajo la luz amable del exilio, los platós de televisión y la retórica de la libertad. El envoltorio es nuevo, pero el contenido es el mismo de siempre.
Lo que este día confiesa
Sería tentador llamar a esto “la muerte de la diplomacia”, pero sería inexacto. La diplomacia, en este proceso, nunca estuvo viva en sentido real. Lo que llegó a este 28 de febrero de 2026 fue una diplomacia ya vaciada de contenido, construida como coartada, diseñada para poder afirmar después que se agotaron todas las vías.
Quizás este día quede marcado no como el momento en que murió la diplomacia, sino como el día en que la barbarie se sinceró. El día en que se volvió evidente que, para quienes manejan el tablero, la guerra no es el último recurso trágico al que se llega cuando todo lo demás ha fracasado, sino el método de preferencia cuando la realidad no se ajusta a sus intereses.
En una región peligrosamente erosionada, esa elección no puede presentarse honestamente como búsqueda de paz.
Mira más contenido de la plataforma Fdh desde youtube aquí en Fdh Canal
Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


