El Pritzker 2026 premia a Smiljan Radić

El Pritzker 2026, fue anunciado este 12 de marzo. Al elegir al chileno Smiljan Radić Clarke, el galardón más influyente de la arquitectura altera el relato dominante sobre qué cuenta como arquitectura seria, qué cuenta como pensamiento latinoamericano.

¿Y si la fragilidad fuera el argumento más sólido de todos?

Aaron Osoria

bodega vik espejo de agua Smiljan Radić Pritzker 2026

¿Reconocimiento poco convencional?

Lo que reconoce el Pritzker en Radić no es la proeza técnica ni el edificio que resuelve la crisis habitacional con ingenio redistributivo. Es otra cosa, más difícil de titular: un modo de entender desde dónde habla la periferia cuando decide no hablar como periferia. Un arquitecto que toma la precariedad, la memoria y la duda, y las convierte en categorías estéticas y filosóficas de primer orden. Radić es un autor que piensa el habitar contemporáneo desde el extremo geográfico y lo devuelve al mundo en forma de preguntas que cualquiera puede sentir como propias.

El fallo y su lenguaje

serpentine gallery pavilion, july 2014 Smiljan Radić Pritzker 2026

La declaración del jurado Pritzker sobre Radić es inusualmente precisa en su vocabulario conceptual, y esa precisión ya es en sí misma un posicionamiento. La arquitectura del chileno, sostiene el comité, “favorece la fragilidad sobre cualquier pretensión injustificada de certeza” y se sitúa en la encrucijada entre incertidumbre, experimentación material y memoria cultural.

No es frecuente que el premio más mediático de la disciplina abandone el registro celebratorio —el catálogo de virtudes profesionales, los metros cuadrados construidos, los premios previos como aval de los siguientes— para hablar en términos que se acercan más a la fenomenología y a la estética que al management del diseño.

En Radić, el comité identifica edificios que parecen estar “al borde de desaparecer”: estructuras que aparentan lo provisorio, lo encontrado, lo inacabado. Pero bajo esa apariencia frágil hay espacios rigurosos, técnicamente resueltos, capaces de ofrecer —en palabras del propio jurado— una alegría silenciosa. No se premia el gesto espectacular ni la proeza visible, sino la capacidad de sostener una tensión productiva entre vulnerabilidad y precisión. Es una distinción que parece pequeña. No lo es.

La fragilidad como posición teórica

the boy hidden in a fish Smiljan Radić Pritzker 2026

El concepto de fragilidad funciona, en la obra de Radić, como eje teórico genuino. No es un adjetivo amable ni una estrategia de comunicación; es una toma de partido.

Sus edificios se presentan a menudo como si hubieran sido hallados más que diseñados: volúmenes que se posan apenas sobre el terreno, estructuras que conservan restos de construcciones anteriores, piezas que parecen depender de una atmósfera que podría disiparse. Hay proyectos que operan con elementos neumáticos, otros que trabajan sobre cascarones dañados, otros que se insertan en el paisaje con una levedad casi incómoda, como si no terminaran de aceptar su propia presencia permanente.

Esa actitud subvierte una de las convicciones más antiguas de la disciplina. Durante siglos, la arquitectura aspiró a la permanencia desde el monumento, la piedra, la obra destinada a sobrevivir a sus habitantes y a sus autores. Radić renuncia a esa aspiración sin caer en el espectáculo de lo efímero. No produce ruinas instantáneas ni pabellones diseñados para circular en redes sociales; construye espacios que admiten la posibilidad de transformarse, de ser desmontados, de desaparecer sin dejar una cicatriz brutal en el territorio.

En tiempos de crisis climática, inestabilidad política y aceleración económica, esa renuncia a la certeza total es una ética con el edificio como huésped del lugar, no como propietario. Aceptar que el proyecto no puede prometer estabilidad absoluta, pero sí puede ofrecer intensidad, cuidado y hospitalidad en la escala de una vida humana.

Del objeto a la atmósfera

Hay un segundo desplazamiento que cristaliza el Pritzker 2026 y es el cambio de foco del edificio como objeto visible a la arquitectura como atmósfera y experiencia.

En la obra de Radić, la pregunta «cuánto mide» o «cuánto costó» resulta tan insuficiente como preguntar cómo huele una sinfonía. Lo decisivo es cómo se siente al entrar, al rodear, al atravesar. La luz que penetra por cortes irregulares, el espesor de un muro que se percibe en la sombra, el modo en que un volumen pesado flota sobre apoyos mínimos, la relación entre un vacío interior y un horizonte lejanísimo.

Todo esto configura una narrativa sensible que se resiste a ser agotada en la imagen fotográfica. La forma ya no es un fin en sí misma, sino un dispositivo para producir estados de ánimo, para abrir espacios de introspección, para desmontar la percepción habitual del cuerpo en el espacio.

Esto es la afirmación de que habitar, reunirse, contemplar y trabajar ocurren siempre en condiciones afectivas específicas, y que diseñar esas condiciones con rigor es tan exigente —o más— que optimizar una planta o calcular una estructura. El Pritzker, al hacer de Radić su laureado, legitima esa dimensión invisible como campo principal de trabajo arquitectónico, no como subproducto poético añadido al final.

El giro latinoamericano: más allá del cliché social

restaurante mestizo en parque bicentenario Chile Smiljan Radić Pritzker 2026

Quizás el punto más significativo del fallo 2026 sea la manera en que reconfigura la etiqueta «Arquitectura Latinoamericana» dentro del imaginario global. Durante años, buena parte del discurso internacional ha tendido a reducir la producción de la región a dos grandes tópicos: la autoconstrucción heroica de la periferia y el ingenio material aplicado a la escasez.

No es que esos temas sean falsos, por supuesto; han producido obras poderosas y políticamente significativas. Pero el filtro ha sido estrecho y el riesgo de reducir a América Latina a un laboratorio social, a un territorio de emergencia, a un escenario de casos ejemplares para la conciencia global, nunca nos ha abandonado.

Radić entra en escena por otra puerta. Su obra no niega la precariedad, pero la desplaza desde el registro de la carencia hacia el de la elaboración simbólica. Lo precario deja de ser solo problema a resolver para convertirse también en lenguaje. Materiales modestos, recursos controlados, operaciones discretas se convierten en lo que sólo puede llamarse lujo espiritual: aquello que, sin ostentación, produce profundidad cultural, resonancia con la memoria del territorio, tensión con la historia arquitectónica, diálogo con el arte y la literatura.

La latinoamericanidad que aparece en el Pritzker 2026 no es la del color local ni la del heroísmo social. De hecho, muchos probablemente no consideren ni al arquitecto ni a su arquitectura como propiamente latinoamericana.

Y sí, Radić no es presentado como «un arquitecto latinoamericano» en el sentido folklórico del término, sino como un autor que piensa el habitar contemporáneo desde un contexto específico —Chile, su geografía extrema, su historia reciente— y lo devuelve al mundo en forma de preguntas que cualquiera puede sentir como propias.

¿Cómo habitar un paisaje que siempre parece más grande que uno?

¿Cómo construir sin borrar las huellas anteriores?

¿Cómo aceptar que no hay soluciones definitivas sin caer en el cinismo?

El premio opera, en este sentido, como correctivo. Recuerda que América Latina no solo exporta modelos de vivienda social o estrategias de bajo costo, sino también teoría encarnada en formas construidas que son, en sí mismas, pensamiento crítico.

Lo que este premio condensa

serpentine pavilion 2014

La elección de Radić no inaugura una nueva época de la nada, pero sí pone bajo el reflector más visible de la disciplina tendencias que venían gestionándose en silencio. La idea de una arquitectura que no necesita justificarse por su aspiración a durar siglos se afirma con la intervención reversible, la huella ligera, la posibilidad del desmontaje parcial dejan de ser concesiones pragmáticas y se convierten en virtudes intelectuales.

La atención se desplaza de la silueta hacia la densidad sensible de lo habitable. El edificio ya no compite por ser el más reconocible en el skyline, sino por ser el más preciso en la experiencia que ofrece. Y se consolida la legitimidad de las estructuras pequeñas —el estudio como laboratorio, no como franquicia— frente a las grandes oficinas que producen marca a escala planetaria.

Leído así, el Pritzker 2026 puede entenderse como un manifiesto no declarado, como un momento de simplificación brutal del mundo. Fragilidad, incertidumbre, memoria, atmósfera… palabras fértiles para una disciplina que, si quiere seguir siendo relevante, deberá aceptar que su tarea no es solo construir refugios físicos, sino también refugios intelectuales y sensibles frente al ruido de la época.

Eso es lo que Smiljan Radić lleva décadas construyendo. Y eso es, exactamente, lo que el Pritzker 2026 acaba de reconocer.

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