La dolarización en Cuba es la confesión de fracaso, profundización de la desigualdad y consolidación del control de la dictadura mientras utilizan al Toque como escudo para justificar los desastres económicos perpetrados.
Aaron Osoria

La dolarización “parcial”
Bajo la etiqueta técnicamente amable de “dolarización parcial” o “nuevo sistema de gestión, control y asignación de divisas”, la dirigencia reconoce mediante la gaceta Oficial publicada el 11 de diciembre el fracaso estrepitoso de la Tarea Ordenamiento y consagra el regreso explícito del dólar como columna vertebral de la economía interna, aunque lo niegue en el discurso.
Este movimiento es una confesión de derrota, un mecanismo de extracción de rentas, un acelerador de desigualdades y un aseguramiento político del control sobre el circuito de divisas, todo en un contexto de recesión, inflación y desplome productivo.
Lo que la dictadura cubana vende como “robustecimiento” de la economía nacional es, en realidad, la institucionalización de una dualidad monetaria y cambiaria que ya fracasó en los años noventa y que ahora se reimplanta sobre una sociedad mucho más empobrecida.
El contexto de la dolarización: crisis terminal

Esto llega tras varios años de deterioro acelerado de la economía (por llamarle de alguna manera al desastre realizado por décadas). El propio títere Díaz-Canel reconoció en diciembre de 2025 que el PIB se contrajo más de un 4%, que la inflación oficial está disparada, que persisten apagones prolongados, que la canasta básica normada no se puede asegurar y que las producciones agropecuarias e industriales son insuficientes.
Y el escenario seguramente es peor. La recesión es prolongada, la inversión está desplomada, el sistema energético colapsa y la emigración masiva drena recursos humanos y remesas a la vez.
La Tarea Ordenamiento, presentada como la gran reforma para devolverle “racionalidad” a la economía, terminó siendo un detonante inflacionario demoledor. Todo fue un desastre.
GAESA como verdugo que se alimenta de la dolarización
GAESA es el conglomerado militar que controla buena parte de los sectores estratégicos (turismo, comercio, finanzas, infraestructura) y una porción desproporcionada del flujo de divisas. La combinación de monopolio militar, opacidad total y prioridad a inversiones para alimentar el bolsillo de la minoría por encima de alimentos, industria o transporte ha profundizado las distorsiones productivas y distributivas.
En este contexto, el régimen enfrenta tres problemas convergentes:
Sin divisas suficientes, el país no puede importar combustibles, alimentos ni materias primas básicas.
Sin credibilidad interna ni externa, no puede estabilizar su moneda ni atraer inversión productiva.
Sin reformas estructurales reales, la productividad no despega y la economía sigue atrapada en estancamiento e inflación.
Es sobre este suelo inestable donde se levanta la “dolarización parcial”.
El paquete publicado en la Gaceta (Decreto-Ley 113/2025, Resolución 140 del MEP y Resoluciones 125 y 126 del BCC) se presenta como un “nuevo sistema de gestión, control y asignación de divisas”.
Las medidas son presentadas como “temporales”, con la promesa de que el peso cubano seguirá siendo “el centro del sistema monetario” y que se aspira a “construir una economía donde el peso recupere su valor” en el futuro. Todo es un timo.
El relato oficial intenta construir la idea de un arreglo técnico, racional y necesario, destinado a encauzar las divisas hacia prioridades productivas y sociales, y a la vez “proteger la moneda nacional”. Pero la arquitectura concreta del sistema revela algo muy distinto.
Lo que el régimen está haciendo realmente con la dolarización “parcial”

Primero, pretende institucionalizar una dolarización controlada y discrecional. Con la retención forzosa del 20%, el Estado queda como socio obligatorio, como si no bastara todo el daño y robo que han realizado al país. En términos prácticos, se convierte en socio forzoso de todo ingreso en divisas, capturando parte de esos recursos sin necesidad de producir nada a cambio (como siempre ha hecho), y utilizándolos para sus propios objetivos (deuda, importaciones prioritarias, GAESA, etc.).
Ahora también, para los actores que no generan divisas pero las necesitan —por ejemplo, empresas productivas que producen para el mercado interno, o mipymes que requieren importar insumos—, se crea la figura de la Capacidad de Acceso a la Divisa (ACAD):
La ACAD es una autorización otorgada por el Ministerio de Economía y Planificación (MEP) que define quién puede comprar divisas, cuánto puede comprar y con qué frecuencia. No existe un listado exhaustivo de criterios objetivos, verificables y transparentes. El mecanismo abre un amplio campo para la discrecionalidad y el lobby político-burocrático.
En la práctica, significa que las empresas y actores no estatales quedan en la necesidad de competir por el favor del MEP para ser incluidos en la lista de quienes pueden comprar divisas a través del sistema bancario. La ACAD se convierte en una herramienta de control y subordinación política donde ofrece acceso a divisas a cambio de alineamiento y dependencia.
Además, la retórica oficial habla de un “mercado cambiario” formal, pero no se trata de un mercado libre donde oferta y demanda definan el precio, sino de un mecanismo de asignación administrada de divisas, con el Estado como intermediario central. El tipo de cambio oficial sigue sin definirse claramente al inicio del proceso; se habla de que será “más cercano” a la realidad, pero no se elimina la brecha con el mercado informal, donde el dólar supera con creces el valor oficial vigente.
El discurso vs la realidad: la “temporalidad” como coartada de la dolarización
Un elemento central del relato oficial es que este esquema sería “temporal”. La palabra “temporal” aparece con insistencia en Cubadebate, Granma y en las intervenciones de funcionarios.
Sin embargo, el diseño normativo no fija plazos concretos, condiciones de salida ni rutas claras para desmontar el esquema. En un contexto de recesión, inflación, deuda y falta de crédito externo, no existe ninguna señal creíble de que el régimen cubano vaya a renunciar a la captación de divisas que este sistema le garantiza.
Como subraya El Toque, la “temporalidad” funciona más como hoja de parra discursiva que como descripción realista. Se trata de un recurso retórico para tranquilizar a la ortodoxia ideológica y para no admitir abiertamente que el peso cubano ha perdido casi toda funcionalidad como reserva de valor y unidad de cuenta.
Tres efectos estructurales de la dolarización: desigualdad, distorsión y segmentación
Diversos economistas y análisis independientes coinciden en que la dolarización parcial tendrá consecuencias profundas que van en dirección contraria a lo que predica el discurso oficial.
1. Desigualdad social agravada
La dolarización parcial profundiza una desigualdad que ya era evidente desde los años 90. La brecha entre quienes tienen acceso a divisas y quienes dependen exclusivamente de salarios y pensiones en pesos cubanos será todavía mayor.
La mayoría de los ingresos laborales —especialmente en el sector estatal— siguen pagándose en CUP a precios miserables e inhumanos, y no hay señales de incrementos salariales reales que compensen la pérdida de poder adquisitivo.
Los mercados abastecidos (incluidos los vinculados a mipymes y empresas que operan en divisas) venden mercancías a precios alineados con el valor efectivo del dólar, mientras la población asalariada en CUP llega a esos mercados con moneda fuertemente devaluada.
La nueva dolarización amplía el circuito de bienes y servicios dolarizados, accesibles solo a quienes tienen acceso directo o indirecto a divisas, reproduciendo una fractura social que recuerda —y supera— la de los noventa.
En un país donde el salario medio ronda los 20–25 USD al cambio real y la canasta mínima de supervivencia supera ampliamente esa cifra, la dolarización parcial institucionaliza una exclusión brutal: una parte del país compra en dólares, la otra sobrevive como puede (tal cual hace desde años atrás).
2. Distorsión de precios y decisiones económicas
La coexistencia de múltiples tasas de cambio —oficial, bancaria, informal— genera un entorno donde “los precios y costos relativos no hablan el mismo idioma”. Un mismo bien o servicio puede parecer rentable en el papel a la tasa oficial, pero resultar ruinoso cuando se calcula al tipo de cambio efectivo del mercado informal.
Las empresas estatales pueden presentar “resultados positivos” ficticios, basados en tasas de cambio artificialmente favorables, mientras destruyen valor desde un punto de vista macroeconómico.
Las señales de precios dejan de orientar correctamente las decisiones de inversión, producción y consumo; la planificación se vuelve más opaca y las decisiones se distorsionan por la contabilidad dual. El resultado es un entorno de “pseudo-racionalidad” donde se multiplican proyectos que solo son viables en el papel, donde se premian actividades rentistas conectadas al circuito de divisas y se castiga la producción real que opera en pesos devaluados.
3. Segmentación en dos economías paralelas
El esquema consolida la formación de dos economías superpuestas:
Una economía dolarizada parcial, con acceso más estable a insumos, mejor abastecimiento y mayor margen de maniobra, pero fuertemente controlada por el régimen y atravesada por privilegios discrecionales.
Una economía en pesos, empobrecida, con mercados desabastecidos, salarios deprimidos y sin capacidad de ahorro ni inversión.
Los “vasos comunicantes” entre ambas son prácticamente inexistentes. Esto refuerza patrones de exclusión y reproduce un sistema de ciudadanos de primera y segunda categoría económica, con todo lo que ello implica para la cohesión social y la legitimidad del régimen.
Control político y captura de divisas: el corazón de la dolarización
Más allá de las justificaciones técnicas, el diseño revela con claridad dos objetivos políticos centrales.
1. Capturar divisas sin desmontar el modelo
Asegurar una entrada de dólares relativamente estable, sin necesidad de lograr superávit comercial ni incrementar sustancialmente las exportaciones, todo bajo control del “Estado” quien retiene divisas sin hacer ni ofrecer absolutamente nada.
Además, le permite tener cierto margen de maniobra para importar alimentos, combustible y bienes esenciales, evitando un colapso social que podría desbordarse políticamente. De esa manera, sostienen la maquinaria burocrático-militar y las inversiones priorizadas por GAESA y la cúpula del poder.
Todo ello sin realizar reformas estructurales reales: sin liberalizar de verdad la empresa estatal, sin abrir el crédito y la inversión de forma transparente y competitiva, sin reconocer derechos plenos al sector privado, sin desmontar el monopolio político y económico.
2. Subordinar al sector privado y condicionar su supervivencia
La ACAD y los permisos discrecionales convierten a las mipymes y otros actores no estatales en dependientes estructurales del Estado totalitarista. El sector privado deja de ser un actor autónomo y pasa a ser un apéndice tolerado, útil mientras aporte divisas y alivie la escasez, pero siempre bajo control.
En lugar de convertir al sector privado en motor de innovación y crecimiento, el diseño lo encadena a una lógica de dependencia y subordinación, reproduciendo el viejo patrón de “apertura administrada” que tantas veces fracasó en el pasado.
El análisis del “enemigo”: El Toque, Pavel Vidal y la anatomía de la dolarización
El análisis de El Toque y del Observatorio de Monedas y Finanzas de Cuba desmenuza los efectos previsibles del paquete de diciembre:
La dolarización no podrá sustituir al mercado informal de divisas mientras se mantengan la inflación alta, el déficit fiscal y la desconfianza en la política económica.
Un mercado formal que no logra equilibrar oferta y demanda termina siendo solo un “precio administrado”, mientras el “precio sombra” real sigue siendo la tasa del mercado informal.
El Estado corre el riesgo de usar el nuevo mercado como mecanismo de recaudación neta: comprar divisas sin venderlas en igual proporción, lo que aumentaría la escasez y presionaría aún más al alza el tipo de cambio informal.
Lejos de resolver el problema cambiario, la dolarización parcial puede tensarlo aún más, al sumar nuevos demandantes de divisas sin incrementar significativamente la oferta y sin construir credibilidad en la política económica.
La dimensión simbólica de la dolarización
Hay, además, una dimensión política e ideológica que no es menor.
Durante décadas, el discurso oficial cubano construyó la idea de una economía “antimperialista”, desconectada del dólar y autosuficiente en su modelo socialista. La presencia del dólar en los años noventa fue presentada como una concesión forzada por el “Período Especial”, un accidente histórico que sería corregido una vez superada la crisis.
Las medidas de diciembre de 2025 implican tres reconocimientos implícitos:
Que el peso cubano no cumple las funciones básicas de una moneda en una economía moderna.
Que la economía real cubana es incapaz de sostener siquiera sus importaciones mínimas sin depender del dólar, ya sea vía turismo, remesas o exportaciones puntuales.
Que la Tarea Ordenamiento, presentada como gran acto de soberanía monetaria, ha sido un fracaso de dimensión histórica.
Medios y analistas externos lo han sintetizado…
“Cuba acepta el fracaso de su reforma monetaria y oficializa la dolarización parcial”.
Para un régimen que lleva décadas construyendo su legitimidad sobre un relato de autonomía económica frente a Estados Unidos, este giro tiene un alto costo simbólico.
Pero el cálculo del poder parece claro, es preferible asumir la contradicción ideológica antes que enfrentar un caos social incontrolable. Se sacrifica coherencia discursiva en nombre de la supervivencia política.
Cómo tomarse esto y qué lectura hacer de la dolarización

Desde una mirada analítica y, a la vez, política, el paquete de diciembre puede leerse en varios niveles.
1. Como confesión de derrota
La dolarización es, en esencia, la admisión de que el modelo económico vigente no funciona y de que la moneda nacional ha sido vaciada de contenido. El régimen se ve obligado a reintroducir abiertamente el dólar porque no puede controlar la inflación, no puede garantizar producción interna suficiente, no puede sostener un tipo de cambio creíble. No puede, en definitiva, sostener su propia ficción monetaria. Es una maniobra a la defensiva en medio de las tensiones geopolíticas que afecta el bolsillo de senado “comunista”.
2. Como intensificación del control
A pesar del lenguaje tecnocrático, el corazón del diseño es más centralización, más discrecionalidad y más control político sobre las divisas. El Estado totalitarista se reserva el derecho de decidir quién genera, quién retiene y quién accede a divisas. Los mecanismos formales funcionan como filtros, no como garantías. El sector privado es tolerado en la medida en que aporte divisas y alivie escaseces, pero se le deja claro que su supervivencia depende del favor del aparato estatal. La dictadura impone una correa de transmisión hacia el centro político.
3. Como acelerador de desigualdad y fractura social
En una sociedad ya desgastada, la dolarización “parcial” condena a una parte creciente de la población a quedarse fuera de los circuitos de acceso a bienes y servicios básicos. Ya de por sí, adquirirlos requiere un esfuerzo casi sobrehumano.
4. Como repetición de un error histórico, pero en peor contexto
La novedad no es la dolarización, sino el regreso a un esquema que ya mostró sus límites, ahora sobre una economía más débil, un Estado más endeudado y una población más empobrecida. La “apuesta” es, por tanto, más riesgosa y menos sostenible.
Dolarización: más tiempo para el régimen, menos futuro para el país
La dolarización “parcial” oficializada el 11 de diciembre es, en suma, un movimiento defensivo de un régimen acorralado por su propia ineficiencia y por la magnitud de la crisis. Le permite:
Ganar algo de aire de corto plazo.
Capturar divisas sin cambiar el modelo.
Reforzar su control sobre los actores económicos.
Mantener la ficción de que el peso sigue siendo la moneda “central”.
Es el tipo de medida que permite a un sistema sobrevivir un poco más, pero que empeora las condiciones materiales y simbólicas del país que dice gobernar.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


