Cacerolazos: 2026 cada vez con más protestas en Cuba

Cinco años después del 11J, Cuba ha desplazado las protestas en fechas hacia las noches oscuras dentro del país. Los cacerolazos son la mutación de la mortífera evidencia de que el régimen ya no se sostiene en su relato.

Aaron Osoria

cacerolazos en Cuba

La única luz en las noches empobrecidas

Una olla contra una tapa, una cuchara contra el metal, un ruido agudo abriéndose paso por la oscuridad como si quisiera corregirla. Sin pancartas ni tarimas, sin ningún orador en el centro de la escena; sólo edificios a medias, sombras en las ventanas, apagones que se repiten como si fueran parte del calendario, y esa percusión obstinada que rompe la gramática de la obediencia doméstica. En cada golpe cabe el cansancio acumulado, la rabia sorda, el hartazgo.

Cinco años después del 11 de julio de 2021, Cuba vive en esa tensión. El 11J fue el relámpago, la irrupción masiva casi inimaginable en la biografía reciente de la isla, el día en que miles de personas salieron a las calles de decenas de ciudades a gritar «Libertad», «Patria y Vida», «Abajo la dictadura».

Las noches de cacerolazos de 2026 son la prolongación de ese contrato roto con el miedo. Carecen de la espectacularidad de aquel julio y prescinden de la comodidad de una épica condensada en un día, en una foto, en un eslogan. Son menos épicas y más persistentes.

Mientras el 11J fue la imagen amplia —el país en plano general, desbordando las calles—, 2026 es la interferencia constante en la señal oficial: chispas pequeñas, escenas parciales que, vistas en secuencia, componen una atmósfera.

El relámpago del 11j

memorias del 11j

El 11 de julio fue, ante todo, un acto de imaginación. Durante décadas, la posibilidad de una protesta masiva y simultánea era un fantasma que circulaba más en la diáspora y en el exilio que en la conversación cotidiana dentro de la isla.

La narrativa oficial insistía en que la Revolución podía enfrentar carencias, errores, crisis, pero no una contestación frontal de una parte significativa de su propio pueblo. Y, sin embargo, ocurrió. De San Antonio de los Baños a La Habana, de Santiago a pequeños municipios, el país se vio a sí mismo en una escena que hasta entonces pertenecía a la categoría de lo impensable.

Ese día la protesta fue una escena fundacional mucho más que una lista de demandas. Se encarnó la herejía pública contra una religión política que había exigido fe y sacrificio a cambio de pan, educación y un relato heroico.

El 11J es, en ese sentido, una ruptura teológica además de política. El Estado deja de ser un dios infalible y se muestra como un poder humano y agotado, capaz de equivocarse, de mentir, de reprimir, de temer.

La represión posterior —los golpes, los disparos, las detenciones masivas, los juicios rápidos, las condenas desproporcionadas— intentó restablecer la sacralidad perdida por la vía del castigo. Ningún gobierno encierra tanto a su propio pueblo cuando se siente seguro de sí mismo; solo lo hace cuando, de pronto, se descubre vulnerable.

El país del ruido nocturno

cuba en las noches

El 11J fue la luz del mediodía, la de los teléfonos encendidos y las grabaciones que corrieron por el mundo. Los cacerolazos son, en cambio, oscuridad. La hora en que suelen ocurrir la determina el apagón, que es también su materia prima. La crisis energética convirtió la ausencia de electricidad en el escenario cotidiano de la vida, y la oscuridad dejó de ser un accidente para transformarse en política pública, en signo de un sistema que ya no logra garantizar lo básico pero que sí logra inmovilizar, controlar, castigar.

En esa penumbra prolongada, el cacerolazo aparece como un gesto mínimo pero cargado de sentido. Golpear una olla prescinde de organización, de liderazgo, de pancarta, y permite quedarse en el espacio íntimo de la casa sin la exposición de quien se planta en medio de una avenida. Sin embargo, el sonido atraviesa paredes, cruza calles, convoca. Alguien comienza y, poco a poco, otros se suman. Lo que empezó como un gesto individual se vuelve coro.

Y luego, los cacerolazos se han extendido también a las calles. El ruido además de eco, cada vez se vuelve más presencia.

Dicha mutación es el modo que ha encontrado una sociedad golpeada, empobrecida y vigilada para seguir diciendo que no. Hay barrios donde la secuencia se repite durante días. Se va la electricidad, se asoma la policía a controlar el ambiente, se encienden pequeñas fogatas con la basura acumulada, suenan las ollas, alguien grita «libertad» y, a lo lejos, otro responde. Sin fecha mítica; con una suma de noches que no entran en el calendario pero que van horadando la costra del miedo.

Cuando el hambre aprende a decir «libertad»

El régimen insiste en llamar a todo esto «malestar». La palabra es precisa en su ambigüedad porque reconoce que la gente está incómoda pero evita preguntar por qué. Hablar de malestar permite sugerir que se trata de un problema de gestión, apagones por falta de combustible, escasez por bloqueo, errores que hay que corregir. El malestar se administra con un poco más de arroz, con una visita de un cuadro del Partido, con una promesa, con un informe en el noticiero.

En las calles y en las ventanas la gramática es otra. Allí la frase rebasa el «tenemos hambre» y llega hasta el «abajo la dictadura», el «no tenemos miedo», el «libertad». Ese deslizamiento del reclamo material al reclamo político es lo que el poder intenta invisibilizar, porque reconocerlo implicaría admitir que la crisis ha alcanzado la legitimidad misma del régimen. El hambre que aprende a decir «libertad» se transforma en acusación contra el modelo, y eso ya no cabe en ningún informe de gestión.

Es ahí donde el eco del 11J se vuelve más nítido. Las consignas de 2021 no se disolvieron en el aire; regresan, transformadas mediante los cacerolazos, en 2026. Vuelven los mismos verbos —caer, liberar, cambiar—, las mismas negaciones, la misma palabra central que estructura el sentido de la protesta.

Libertad ya no es un eslogan importado ni una palabra monopolizada por el exilio; es la forma en que una parte de la sociedad nombra su propia experiencia de asfixia.

Un poder que administra su propia crisis

Frente a esa persistencia, el régimen ha afinado un tipo de gobierno que se asemeja menos al ejercicio clásico del poder que a una administración de daños. La respuesta estatal combina, en dosis variables, represión, control informativo y pequeñas concesiones calculadas.

La represión es el rostro más visible. Las detenciones en las noches de protesta, los golpes, las amenazas, los despliegues intimidatorios de las fuerzas especiales del Ministerio del Interior envían un mensaje que las condenas posteriores —más selectivas que las del 11J, pero igualmente ejemplarizantes— se encargan de anclar.

El control informativo opera en paralelo: el acceso a internet se reduce o interrumpe en momentos de mayor tensión, los datos móviles se vuelven intermitentes justo cuando circulan videos o llamados a protestar.

En los medios oficiales la narrativa es invariable, siempre los mismos actos vandálicos, las mismas manipulaciones pagadas desde el exterior, los mismos pequeños grupos que intentan desestabilizar a un pueblo heroico. El Estado despolitiza la protesta, la convierte en ruido irracional y en patología social para negarle su carácter de interlocutora. O eso intenta.

Las concesiones tácticas completan el cuadro. Allí donde los cacerolazos se vuelven más insistentes aparecen de pronto camiones con alimentos, anuncios puntuales, atenciones especiales. El Gobierno anuncia de vez en cuando la excarcelación de un grupo de presos, muchas veces en coordinación con actores externos como el Vaticano, y presenta esos gestos como actos soberanos de magnanimidad revolucionaria. Sin embargo, por la espalda, está encarcelando a más de los que libera.

La secuencia temporal, sin embargo, los delata como válvulas de escape para una presión que ya no pueden ignorar. Vista desde arriba, la estrategia es coherente con un poder que ya no confía en su propia narrativa. Gobierna desde la sospecha y se comporta como quien administra su propia biografía a la defensiva, sin capacidad ya de proyectar futuro.

Un país más pobre, pero menos callado

protestas contra el régimen cubano

Entre 2021 y 2026 la vida material en Cuba se ha deteriorado aún más. La crisis energética se ha vuelto crónica y los salones de clase, los hospitales, las fábricas, las casas, todo se organiza en función de la incertidumbre de la electricidad. Los salarios se evaporan en mercados cada vez más caros. La migración continúa vaciando barrios y familias. Quien puede, se va; quien no, sobrevive como puede. Y así.

En ese paisaje de desgaste se ha producido, sin embargo, otro aprendizaje menos visible, y es el del uso de la propia voz. La experiencia del 11J no se borró con las condenas. Quedó alojada en la memoria de quienes salieron, de quienes vieron salir a otros, de quienes escucharon por primera vez consignas que nunca habían sonado en su cuadra. Quedó en las familias con presos, en los amigos que emigraron forzados, en las iglesias que abrieron sus puertas, en los grupos de chat que sobrevivieron a los cortes de internet.

Esa memoria se combina con la práctica cotidiana de pequeñas desobediencias. La Cuba de 2026 es a la vez más vulnerable y más resistente. Más vulnerable porque el hambre, el apagón y la incertidumbre desgastan cuerpos y mentes. Más resistente porque ya probó, aunque sea por momentos, otras formas de ser ciudadano.

Cuando el silencio deja de ser una opción

¿Qué significa «libertad» en una isla donde la falta de pan, de luz y de futuro convive con la falta de derechos civiles y políticos? Hoy la libertad se vive, sobre todo, como obstinación, como la negativa a aceptar que la obediencia es la única forma posible de existir.

Ni programa político completo ni plan de transición detallado; sólo esa terquedad elemental que consiste en seguir golpeando la olla cuando se va la luz.

En Cuba, desde hace tiempo, el silencio está roto. Con retrocesos, con miedos, sin abarcar todo el territorio al mismo tiempo. Roto al fin. El régimen puede encarcelar cuerpos, cortar señales, repartir sacos de arroz en barrios en crisis. Lo que no ha conseguido —y es posible que ya no pueda conseguir— es que un pueblo que ha probado la experiencia de alzar la voz.

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