Lo más interesante de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl no es si te gusta o te disgusta, ni si sabe cantar o no. Lo fascinante es que en quince minutos de espectáculo se cruzan casi todas las tensiones de la cultura contemporánea. Colonia e imperio, industria y autenticidad, representación latina y explotación comercial, talento clásico y carisma, crítica política y entretenimiento masivo. Es un caso de laboratorio.
Aaron Osoria

Un puertorriqueño colonial en el corazón del imperio
Empecemos por el contexto político que casi nunca aparece en la transmisión televisiva. Puerto Rico. La isla no es un país independiente ni un estado pleno de la Unión, sino un territorio de Estados Unidos con un estatus ambiguo. Sus habitantes tienen pasaporte estadounidense, pero no pueden votar al presidente ni decidir directamente su representación en el Congreso. Son ciudadanos a medias, atrapados en una figura colonial del siglo XX que sobrevivió a todas las descolonizaciones del siglo pasado.
Bad Bunny nace y se forma en ese escenario. No es un latino desde afuera que viene a conquistar el mercado gringo. Es un sujeto colonial que vive la contradicción de pertenecer políticamente a un país que no le reconoce los mismos derechos. Cuando aparece en el escenario del Super Bowl, lo que vemos es la colonia puesta en el centro del ritual más importante del imperio. No porque se haya resuelto nada, sino porque el mercado ha decretado que ese sujeto hoy es rentable. Bad Bunny es un producto comercial.
Esa presencia puede leerse de dos maneras. Como trofeo cultural de Estados Unidos; “miren lo diverso que somos, hasta nuestro territorio colonial produce estrellas”. O como irrupción simbólica de la periferia en el altar del centro; “nuestro hijo más famoso está aquí, les guste o no”. Las dos lecturas conviven.
La latinidad en el día más gringo

El Super Bowl es la fiesta nacional de Estados Unidos. Bandera, himno, jets militares en el cielo, anuncios millonarios, narrativa de grandeza. Durante décadas ha sido un escenario eminentemente anglosajón, incluso cuando se invita a artistas latinos. Se les presenta adaptados al inglés, integrados al molde.
Bad Bunny rompe parte de esa tradición. Canta prácticamente todo el show en español, sin pedir permiso ni traducir para el oído anglo. El universo visual del espectáculo es abiertamente latino y caribeño. Cuerpos, colores, ritmos, gestos, todo remite a Puerto Rico y a una latinidad urbana reconocible.
Para mucha gente, eso es una victoria simbólica. La lengua y la estética que fueron históricamente marginales ocupan por fin el centro de la escena, sin disfrazarse de otra cosa. Para otros, es la prueba de que el imperio, lejos de ceder, ha aprendido a empaquetar la diferencia como producto. El Super Bowl celebra lo latino a fuerzas a través de Bad Bunny como un sabor más del menú nacional, pero sin renunciar a su posición de poder.
De nuevo, ambas cosas son ciertas a la vez. Hay conquista y hay cooptación. El orgullo y la sospecha caminan juntos.
Crítico del sistema, estrella del sistema
Bad Bunny no llega al Super Bowl como artista políticamente neutro. Su obra ha sido, en varios momentos, crítica del propio sistema que ahora lo exhibe. Canciones como “El Apagón” o “Lo que le pasó a Hawaii” hablan de gentrificación, de cómo el turismo y la inversión foránea encarecen la vida y expulsan a los locales de sus barrios. Denuncian apagones, privatizaciones y la sensación de abandono estructural en Puerto Rico.
Es decir, no solo es canto de fiesta, también pone en palabras el malestar de una isla precarizada dentro de un marco colonial y neoliberal. Eso le ha dado una dimensión política real para muchos de sus seguidores más despiertos.
Al mismo tiempo, su show llega en un contexto estadounidense de endurecimiento de políticas migratorias y un discurso público hostil hacia la población latina. La presidencia de Trump ha intensificado deportaciones, expandido facultades de ICE y convertido al ilegal en enemigo interno. No es casual que el propio Trump se haya burlado de Bad Bunny, calificando su presencia en el Super Bowl como ridícula y subrayando que nadie entiende lo que canta.
Aquí vemos un juego delicado. La industria cultural abraza al artista que el poder político desprecia. La NFL y las marcas lo contratan porque vende, y vende mucho. El gobierno lo señala porque simboliza una demografía a la que teme. En medio de eso, Bad Bunny aprovecha la plataforma sin convertir el show en mitin, pero sabiendo que su cuerpo y su lengua, en ese lugar, ya son un mensaje.
Talento clásico contra carisma contemporáneo

Una parte de la polémica gira alrededor de una pregunta antigua. ¿Tiene talento? Si por talento entendemos virtuosismo vocal, dominio técnico, buena dicción, afinación sólida y control expresivo, la respuesta es no. Vamos, no se necesita ser experto para saber que Bad Bunny es un pésimo cantante. Profesores de canto que analizaron su actuación señalaron problemas de afinación, poca proyección, nasalidad marcada y una dicción que vuelve ininteligible gran parte de lo que dice. Ni los hispanos entienden la mitad de lo que dice.
No toca instrumentos en escena, no compone en el sentido tradicional de escribir música y arreglos complejos, figura más como coautor dentro de un engranaje urbano colectivo. Desde la vara clásica, está lejos del ideal de músico completo. De hecho y a las claras, no es músico ni tiene talento musical.
Pero el fenómeno obliga a cambiar la pregunta. Porque a pesar de todo eso, Bad Bunny ha sido el artista más escuchado del mundo en plataformas de streaming y ha ganado el Álbum del Año con un disco íntegramente en español. Luego, ha llegado al escenario musical más visto del año.
Esto habla de un desplazamiento. El centro del talento se ha movido, y es preocupante en análisis más profundos que ahora no corresponden. Hoy pesa tanto o más la capacidad de conectar afectivamente con una generación que siendo objetivos, está en detrimento vocativo. Hoy se premian muchas cosas menos el virtuosismo, tema también para otro momento.
Y precisamente Bad Bunny no es un virtuoso musical, pero tiene algo que la industria hoy valora al máximo. Carisma, presencia, narrativa. No es justo decir que no tiene talento de manera categórica, tampoco. Lo más preciso es decir que su talento está desviado de lo que entendíamos tradicionalmente y alineado con lo que el ecosistema actual demanda, aunque demande poco…
La industria del goce fácil y la economía de la atención
Esto nos lleva a otro fenómeno. El tipo de entretenimiento que hoy domina. El reggaetón comercial, donde se ubica gran parte de la obra de Bad Bunny, se construye sobre bases rítmicas simples, repetitivas, letras directas, muchas veces sexualizadas, con imaginarios de fiesta, consumo, deseo inmediato. Eso, por sí mismo, no es ni bueno ni malo. Es una forma de cultura popular. Lo mismo sucede hoy en la literatura, con revisar los libros más vendidos de 2025 es fácil darse cuenta. Hoy lo rápido, lo simple, lo superficial, lo trivial, conforma el poder mediático.
Plataformas de streaming y redes sociales operan sobre la lógica clara de captar y retener atención el máximo tiempo posible. El contenido que mejor funciona es el que se entiende sin contexto, recompensa rápido con un ritmo, un estribillo, una imagen contundente, y se puede fragmentar en clips de segundos.
El reggaetón encaja casi a la perfección. La música deja de ser algo que uno se sienta a escuchar detenidamente y se convierte en banda sonora para videos, fiestas, gimnasios, desplazamientos. La profundidad deja de ser una exigencia. La función principal es sostener un ambiente.
Bad Bunny no inventa esa lógica, pero se beneficia de ella. Su obra, diseñada para perreo y repetición, es idónea para un mundo de scroll infinito. Desde ahí la preocupación es legítima. Cuando la norma es la gratificación inmediata, la mente se acostumbra a consumir sin procesar demasiado, y la industria refuerza esa tendencia porque es rentable.
Representación latina como espejo y mercancía

Sería fácil quedarse en la crítica elitista y cerrar ahí. Pero hay otro lado. Para millones de jóvenes latinos, Bad Bunny no es un símbolo del declive, sino de algo parecido a una victoria. Por primera vez, alguien que habla como ellos, que no suaviza su acento, que no pasa al inglés para gustar, que viene de un barrio periférico del Caribe, se sienta en la mesa grande de la cultura global.
Esa identificación es poderosa más allá de marketing. Es biografía compartida. Cuando aparece en el Super Bowl sin travestirse de estrella anglo, es lógico que se lea como un “por fin”.
Al mismo tiempo, esa representación es capitalizable. Sellos, marcas y plataformas han encontrado en la figura del latino auténtico una mina de oro. Se vende identidad, se vende barrio, se vende precariedad convertida en estética. Lo que para abajo es espejo, para arriba es mercancía.
De nuevo, la ambivalencia. Bad Bunny es una figura que representa de manera legítima a una parte de América Latina y el Caribe, y a la vez, una pieza de una industria que empaqueta esa representación para el consumo masivo y se enriquece de ello.
De músico a generador de plantillas
La transformación del artista en la era digital es otra pieza del rompecabezas. Antes, un cantante era principalmente alguien que hacía música. Hoy es también un generador de códigos reutilizables. Frases, gestos, atuendos, fragmentos de audio que otros usan para sus propios contenidos.
Bad Bunny es especialmente apto para esto. Su modo de hablar y cantar es desde lo conceptual, mediocre, pero desde el marketing, imitable. Sus letras producen frases que se pueden sacar de contexto y usar como lema o chiste. Sus bailes y gestos se convierten en desafíos, trends, memes.
El resultado es que su figura se expande mucho más allá de las canciones completas. Vive en clips de TikTok, en historias de Instagram, en remixes y doblajes. Su talento, entonces, se reconfigura como capacidad de generar materia prima simbólica para que otros jueguen. Eso refuerza su presencia y consagra el carisma por encima del virtuosismo tradicional.
Política sin discurso
En el show del Super Bowl, Bad Bunny no se levantó a dar un discurso sobre el estatus de Puerto Rico ni sobre las deportaciones. No hizo consignas, no se puso panfletero. Sin embargo, en el contexto actual, su sola presencia adquiere un peso político inevitable.
Es un hombre latino, puertorriqueño, colonial, cantando en español, en el escenario con mayor visibilidad del año, en un país donde el poder político vigente endurece políticas antiinmigrantes. La reacción de Trump y de sectores conservadores, que lo desprecian y critican el uso del español, confirma que no lo perciben como neutral.
Es un ejemplo claro de cómo hoy la política se juega también en el quién y el dónde, no solo en lo que se dice. Un cuerpo, una lengua, una estética, en cierto lugar, ya son una toma de posición, aunque el texto formal sea solo entretenimiento. Bad Bunny habló desde la performance e imágenes muy simbólicas, como el premio dado al niño de 5 años que ICE había encerrado cruel e inhumanamente. En ese sentido, fue una victoria aplastante sobre el estadounidense conservador.
Crítica envuelta en fiesta
No hay que olvidar que debajo del ruido comercial hay canciones de Bad Bunny que sí articulan críticas concretas. Al colonialismo, a la gentrificación, al abandono estatal. Esa dimensión está en la letra y en los videoclips.
La paradoja es que esa crítica viaja en el mismo paquete que el goce fácil. La canción que denuncia la expulsión de los locales por el turismo puede sonar, esa misma noche, en la terraza del bar para turistas. La misma música que nombra la herida sirve para bailar encima de ella.
Aquí el fenómeno no es exclusivo de él. Es la lógica de la cultura pop contemporánea. La industria aprendió a absorber la crítica y venderla como estilo. Eso no la vuelve completamente inocua, muchas personas sí se acercan a esos temas gracias a la canción, pero sí la vuelve ambigua.
Un espejo complejo, no un veredicto moral

Al final, Bad Bunny en el Super Bowl no es la causa de nada. Es un espejo donde se ven reflejados muchos procesos a la vez. El colonialismo que no se ha resuelto pero se exhibe. La latinidad convertida en estética dominante del espectáculo. La convivencia de crítica real con explotación comercial. El desplazamiento del talento técnico por el carisma y la presencia. La industria del goce inmediato consolidada por plataformas y redes. La necesidad de representación de millones de personas que nunca habían visto sus códigos ocupando el centro.
No se necesita decidir si Bad Bunny es bueno o malo para la cultura. Lo interesante es admitir que concentra las tensiones de nuestro tiempo. El agotamiento del canon clásico, el poder brutal de la industria, la búsqueda de identidad en medio de un mercado global y la capacidad de un espectáculo de quince minutos para ser, a la vez, negocio, símbolo, contradicción y síntoma.
Ni héroe ni villano. Un personaje situado en el cruce exacto de dónde estamos, nos guste o no.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


