La película de Michael Jackson estrenada en este 2026 tiene dos lecturas muy distintas. La brecha entre fans eufóricos y críticos irritados dice tanto sobre el filme como sobre lo que hoy esperamos de este género.

La película no es buena en su capa más profunda
Alrededor de Michael existen malas reseñas, buenas taquillas, redes encendidas. En X y TikTok abundan los videos de espectadores que salen del cine diciendo que acaban de vivir un concierto de Michael en pantalla grande, mientras algunos bailan las coreografías durante la función. Sin embargo, la crítica ve otra película.
Reseñas en medios de peso hablan de infomercial pulido, biopic hagiográfico y producto corporativo antes que de una obra que se atreva a pensar al personaje. Esa brecha dice tanto sobre Michael Jackson como sobre lo que esperamos hoy de un biopic. No es menos cierto que el personaje se queda bastante alejado de la complejidad real que manifestaba la personalidad del rey del pop.
La cinta reproduce una devoción donde la leyenda no tiene defectos, no tiene fracturas internas trabajadas más allá de la fría relación con su padre, sobreexpuesta sin conseguir la tensión máxima entre el villano y el héroe, como claramente se manifiesta. hay una idea que pega, y es la de la obsesión trabajada como castigo y a la vez como virtud, reforzando el matiz del reflejo de Michael en una figura detestable como su padre Joseph, pero resultando en una calidez que jamás recibió. Eso es sumamente interesante y más desde el plano en el cual se construyó.
Richard Brody y el biopic sanitizado
En The New Yorker, Richard Brody firma un diagnóstico muy acertado. Para él, Michael es un biopic sanitizado que es, ante todo, all business. La película se fija en los movimientos empresariales que catapultan a Jackson a la fama —contratos, negociaciones, estrategias— y deja fuera de cuadro su vida personal en tres dimensiones: sexo, política y dinero.
Brody reconoce el talento que la película celebra y la ética de trabajo que muestra; lo que le reprocha es que, al evitar las zonas incómodas, renuncia a tratarlo como personaje y lo convierte en una marca a gestionar. Además, y esto es un añadido, tampoco es que reflejara mucho contexto en este sentido. Sí se capta la mentalidad de Michael Jackson a la hora de resolver temas de negocios en contraste con la ternura de su voz y gestualidad. Eso es todo un mérito.
Lo que el fan quiere ver

Las primeras reacciones del público apuntan a otra expectativa. Muchos fans describen Michael como una carta de amor y celebran sobre todo tres cosas: las coreografías, la recreación de los conciertos y la actuación de Jaafar Jackson. Aquí la película está sumamente lograda.
Cuando aparece la cuestión de las zonas oscuras, muchos matizan no querer otra película sobre las acusaciones la celebración de su arte, de su talento, es válida y logra el objetivo de tocar los corazones, con escenas muy emotivas vistas desde la perspectiva del milagro de un talento único, como los rostros de varios personajes —comenzando por el estudio con un Michael en su niñez llegando a la fibra más adentrada del productor, casi un verdadero padre.
En ese pacto, el biopic funciona como un espacio de nostalgia y devoción.
Dos ideas de cine en conflicto
Las reseñas más duras —de The New Yorker, el New York Times, Espinof, IndieWire— parten de la necesidad de mostrar una figura controvertida que debe atravesar sus contradicciones, no amortiguarlas. Para la crítica, el biopic tiene la responsabilidad ética de poner en contexto, complejizar, incomodar, incluso a costa de la imagen del ídolo.
Pero, para el fan, tiene una función afectiva: consolar, reafirmar el vínculo, permitir volver a habitar la iconografía —los pasos, la voz, la silueta— sin sentir que se traiciona esa devoción. Michael se alinea con la segunda de manera clara. Por eso puede ser, al mismo tiempo, una experiencia intensa para el fan y un fracaso para quien espera del cine algo más que la reproducción de un mito.
El mito se sostiene aunque la crítica no guste

Detrás de este desencuentro late la pregunta de si puede existir un biopic verdaderamente honesto de Michael Jackson cuando quienes controlan su imagen son los mismos que se benefician de su santificación.
La implicación del estate del artista convierte la película en algo más cercano a un documento de relaciones públicas de alto presupuesto que a una autopsia histórica. Realmente no importa. La película cumple los dos objetivos más sensibles: gusta al fan, y ha recaudado más de 700 millones de dólares a nivel mundial, consolidándose como uno de los mayores éxitos del año y posicionándose como una de las películas biográficas más taquilleras de todos los tiempos. Así de simple, le da una bofetada a la crítica.
La paradoja es que ese filtro —el que irrita a los críticos— es también lo que hace la película tan digerible para los fans porque elimina la fricción y deja en primer plano el brillo del escenario, las coreografías y la promesa de que, por un rato, Michael sigue vivo en la pantalla.
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Máster en investigación, arquitecto, novelista, ensayista y editor. Fundador de la Plataforma Fdh.

