Entre la vieja narrativa revolucionaria y los nuevos rostros del relevo, el régimen intenta simular transición sin tocar las bases de su dominación.
Aaron Osoria

Doble juego
Mira lo que ocurre en Cuba estas semanas y encontrarás la cresta de la hipocresía regida en el totalitarismo de la isla. Mientras el gobierno intenta proyectar una imagen de apertura con excarcelaciones parciales y discursos humanitarios, el núcleo duro del poder sigue intacto.
A un lado persiste la vieja narrativa de la Revolución, agotada pero todavía útil; al otro aparece una retórica de ruptura controlada, de renovación superficial y de supuesta transición. En realidad, ambas versiones sirven a la misma finalidad: preservar la continuidad de una élite política, militar y familiar que se resiste a desaparecer.
El régimen opera en modo supervivencia, envuelto en el decorado del cambio. Cuando una élite en crisis prolongada necesita sostenerse, suele recurrir a más de una máscara. Una de ellas apela a la legitimidad histórica, a la Revolución como mito fundacional, como excusa moral, como relato que todavía pretende justificar el presente.
La otra apuesta por la simulación de reforma, por voces jóvenes (ya mal gastados de desagradables, pero jóvenes de todas maneras), gestos de irreverencia, declaraciones ambiguas y pequeñas concesiones que buscan convencer al mundo de que algo se mueve dentro del sistema. Pero el movimiento, en este caso, es pura administración del desgaste.
No se ha movido, ni se pretende mover nada.
Excarcelaciones… ¿políticas?

La liberación de más de 2,000 presos anunciada por el gobierno cubano se inscribe en esa lógica. La medida fue presentada como un gesto humanitario, pero la información pública disponible apunta a que la mayoría de los beneficiados son presos comunes y no presos políticos. Esa distinción resulta crucial, y vale la pena detenerse en ella.
El régimen intenta capitalizar políticamente una decisión que elude el problema central: la existencia de personas encarceladas por razones de conciencia, protesta o disidencia. En otras palabras, el gobierno busca ganar tiempo y mejorar su imagen sin desmontar la estructura represiva que lo sostiene.
La esencia del juego consiste en aparentar apertura mientras se conserva el control. La hipocresía alcanza el diseño mismo de la maniobra, mucho más allá del lenguaje. El discurso oficial invoca la humanidad mientras silencia la transparencia, proclama la soberanía mientras ignora los derechos, promete alivio mientras evade la verdad.
Y mientras tanto, la maquinaria de vigilancia, castigo y control social continúa operando sobre opositores, activistas, periodistas, familiares y también menores de edad. La represión persiste; simplemente se presenta con nuevos envoltorios. Ni siquiera se esconde, simplemente se maneja, o no se hace nada…
Sandro Castro y el intento de lavado de imagen

En ese paisaje aparece una figura como Sandro Castro, que funciona como síntoma y no como excepción. Su presencia pública encarna una operación simbólica muy precisa: vender la ilusión de que existe una diferencia entre la vieja ortodoxia revolucionaria y una nueva sensibilidad más pragmática, más ligera, incluso más cínica.
Esa supuesta distancia, sin embargo, deja intacto el fondo. Incluso, lo vuelve más eficiente. Porque si la vieja narrativa exige obediencia y sacrificio, la nueva pide resignación con ironía y pone el dinero como la nueva gasolina para sostener toda la riqueza saqueada. Una ofrece solemnidad; la otra, espectáculo. Ambas terminan protegiendo la continuidad de la misma estructura de poder.
Crisis de legitimidad

Déjame ser claro. En Cuba hay una crisis de legitimidad tan profunda como la crisis política y la crisis económica. El discurso revolucionario ya no convence como antes, pero tampoco existe una apertura real capaz de sustituirlo. El sistema ensaya entonces una tercera vía aparente: una mutación controlada que evita tanto la ruptura como la continuidad declarada. Esa mutación reorganiza el reparto interno del poder para que sobrevivan los mismos de siempre bajo formas adaptadas a la nueva época, sin democratizar absolutamente nada.
La verdadera pregunta es para quién cambia Cuba y hasta qué punto.
Si el control de la economía estratégica, del aparato represivo y de las redes de privilegio sigue en manos del mismo bloque, la transición resulta ser una reconfiguración interna: un ajuste de imagen, una actualización del lenguaje, un relevo de rostros para asegurar que la herencia política llegue intacta.
Esa herencia tiene nombre, apellido y estructura. Es una constelación de intereses entre poder político, aparato militar, control económico y disciplina institucional. Por eso cualquier promesa de apertura resulta sospechosa si elude esos pilares. Democratizar Cuba implicaría algo mucho más profundo que excarcelar a algunos presos o permitir declaraciones ambiguas de figuras conectadas al poder. Implicaría desmontar el monopolio del Estado sobre la vida pública, la economía, la información y la disidencia.
Implica una purga desde el núcleo.
El relato de la transición
El relato de la transición controlada debe leerse, por tanto, como una táctica de permanencia disfrazada de promesa de futuro. El régimen necesita parecer flexible para seguir siendo rígido. Necesita simular cambio para evitar el colapso de su legitimidad. Necesita abrir pequeñas válvulas para contener la presión social, internacional y generacional. Necesita, sobre todo, que la población y el mundo crean que la historia puede continuar sin una ruptura real.
Lo que se juega en Cuba trasciende la disputa semántica entre revolución, reforma y transición. Es una batalla por el significado del poder. Si el lenguaje oficial logra convertir la represión en humanitarismo, la herencia en renovación y la continuidad en cambio, entonces el régimen habrá ganado tiempo otra vez.
Los riesgos de que la crisis se siga alargando
Y aplazar, en este contexto, implica un costo humano altísimo. Presos políticos, persecución a adolescentes, censura, exilio, pobreza estructural y una ciudadanía obligada a leer entre líneas lo que el poder no se atreve a decir de frente. La desfachatez del sistema reside en mostrarse parcialmente mientras intenta controlar la interpretación pública de sus propios actos.
Cuba no está ante una transición limpia, sino que se encuentra ante una disputa por la continuidad de una oligarquía que aprendió a sobrevivir mutando de discurso sin alterar su esencia. La vieja y pérfida Revolución sigue sirviendo como escudo simbólico. La nueva irreverencia sirve como decorado. Y entre ambas, el poder persigue una cosa muy concreta: que nada fundamental cambie.
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Arquitecto, profesor y escritor, fundador de Fdh Journal. Dedicado al análisis político, deporte, cultura y filosofía práctica. Promotor de la consigna “pensar como entretenimiento”.


