Las ciudades misiles: el músculo bélico de Irán

Las ciudades misiles no le dan a Irán cobertura de victoria, pero sí le dan capacidad de castigo sostenido y tiempo estratégico —eso, más que el poder de fuego bruto, es exactamente lo que ha extendido la guerra.

Aaron Osoria

ciudades misiles de Irán

Bajo tierra, el infierno

Hay algo bajo las montañas Zagros que no ha podido destruir ningún bombardeo. Lejos de ser una metáfora, en la zona yacen túneles de hasta quinientos metros de profundidad, cavados en roca maciza desde 1984, donde la Guardia Revolucionaria guarda miles de misiles balísticos listos para disparar.

Irán los llama “ciudades misiles”. La expresión es, en su hipérbole, técnicamente exacta: tienen cuarteles, enfermerías, depósitos de combustible, centros de mando con fibra óptica y rieles para mover misiles de quince metros de longitud como si fueran trenes en un andén.

La bomba antibúnker más potente del arsenal estadounidense, la GBU-57, puede penetrar unos sesenta metros de concreto. Sesenta metros. Las ciudades misiles iraníes están a quinientos, según se dice.

Esa brecha aritmética —entre lo que existe y lo que puede destruirse— es probablemente la explicación más concreta de por qué la guerra que empezó en junio de 2025 con un intento de sacudida final hace semanas tras una breve pausa de tensiones, sigue sin resolverse.

El origen: una lección de la guerra con Irak

El programa arranca en 1984, cuando Irak ya bombardeaba ciudades iraníes y Teherán entendió que su espacio aéreo era indefendible. La solución no fue construir una fuerza aérea competitiva —eso requería tiempo, tecnología y relaciones internacionales que el régimen no tenía— sino enterrar sus vectores de ataque.

Ese año se estableció la primera base cerca de Kermanshah y comenzó una excavación que, según fuentes ligadas a la Guardia Revolucionaria, nunca se ha detenido. Durante décadas nadie supo exactamente qué había ahí adentro. La expresión “ciudades misiles” es interna al régimen y solo se consolida a finales de los 2000, cuando la red de túneles ya alcanzaba dimensiones que justificaban el nombre.

El mundo lo vio por primera vez en otoño de 2015, cuando la televisión estatal iraní difundió imágenes de un complejo supuestamente a quinientos metros bajo tierra, con galerías lo suficientemente anchas para que dos camiones lanzadores pasaran simultáneamente y techos de hasta quince metros de altura.

La narrativa que acompañó esas imágenes fue deliberada. Irán no enseñó sus ciudades misiles para que las estudiaran los analistas: las enseñó para que las vieran sus enemigos.

Lo que hay dentro de las ciudades misiles

arsenal de guerra de Irán a 500 metros bajo tierra

Cada base es, en esencia, una fábrica de represalias. Los túneles se extienden por decenas de kilómetros, alojando camiones lanzadores móviles (los TEL), silos rudimentarios y todas las infraestructuras logísticas necesarias para preparar y disparar misiles sin necesidad de salir a la superficie hasta el momento del lanzamiento. Las escotillas están diseñadas para ser invisibles desde los satélites hasta el instante en que se abren.

El inventario que guardan estas bases es el mayor arsenal balístico de Oriente Medio. Antes de la guerra de doce días de junio de 2025, el Comando Central estadounidense lo estimaba en más de tres mil misiles balísticos, sin contar misiles de crucero.

Los modelos más estratégicos son los de alcance medio: el Sejjil y el Kheibar Shekan, de combustible sólido, que pueden prepararse para el lanzamiento en cuestión de minutos; el Khorramshahr, el más pesado del arsenal, con cabeza separable múltiple; y los Fattah-1 y Fattah-2, que Irán presenta como hipersónicos y los analistas occidentales definen más precisamente como misiles balísticos con vehículo de reentrada maniobrable —lo que los hace difíciles de interceptar incluso si no alcanzan técnicamente la categoría hipersónica.

Todos ellos, combinados, cubren un radio de hasta dos mil kilómetros desde el oeste de Irán, lo que pone dentro de alcance no solo Israel sino todas las bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, toda Turquía y parte de Europa del Este.

Lo que sobrevivió y lo que no

La guerra de junio de 2025 fue la primera prueba real del sistema. Israel y Estados Unidos golpearon accesos, lanzadores y fábricas. El resultado, según estimaciones de JINSA publicadas en marzo de 2026, fue severo pero no fatal: alrededor del setenta y cinco por ciento de los lanzadores conocidos fueron destruidos, y los misiles de alcance medio cayeron entre un 47 y un 73 % respecto al inventario previo.

Irán, sin embargo, disparó más de quinientos misiles solo en la primera fase del conflicto y siguió lanzando durante los doce días completos. Los túneles profundos preservaron suficiente arsenal como para mantener la presión, y desde entonces Irán ha estado reponiendo el stock a un ritmo de decenas de misiles por mes.

Hay una paradoja en ese número. El problema no fue la cantidad de misiles almacenados sino la escasez de lanzadores capaces de sacarlos al exterior. Un misil en un túnel sin un camión que lo transporte y posicione es un objeto inerte. Israel entendió esto y concentró los ataques en los TEL, no en los depósitos subterráneos que sencillamente no podía alcanzar. Esa asimetría de vulnerabilidades es la que ha empujado a Irán a dispersar más sus operaciones de lanzamiento, usando las ciudades misiles cada vez más como centros logísticos y de preparación en lugar de plataformas de disparo directas.

La matemática del puerco espín

alcance misiles irán 01 01

La estrategia detrás de todo esto tiene un nombre en los círculos de análisis estratégico: doctrina del puerco espín. La lógica es simple, pero no deja de ser infausta. Irán sabe que no puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos ni contra Israel. No lo intenta. Lo que busca es hacer que el conflicto sea demasiado costoso para el otro lado, sosteniendo un ritmo de castigo suficiente para que la guerra sea políticamente insostenible para quien la inició. Las ciudades misiles son las púas del puerco espín: no atacan al oso, pero lo lastiman lo suficiente para que lo suelte.

La lógica financiera refuerza la estrategia. Un misil iraní de alcance medio cuesta entre diez y cien veces menos que el interceptor —un Arrow-3, un THAAD, un SM-3— que se necesita para derribarlo. Eso significa que Irán puede sostener barrajes modestos de menos de cincuenta misiles y mantener los sistemas de defensa israelíes y estadounidenses bajo presión continua sin agotar su propio inventario rápidamente.

La asimetría de costos convierte cada intercambio en una victoria económica relativa para Teherán, independientemente del resultado militar inmediato.

El analista Danny Citrinowicz resumió ante CBS News que, en definitiva, el régimen iraní simplemente no se va a rendir. No porque esté ganando, sino porque tiene los instrumentos para prolongar el sufrimiento del otro lado hasta que el cálculo político cambie.

A eso se suma un elemento que los modelos estratégicos occidentales tienden a subestimar y es que la agresión externa ha generado en Irán una coherencia institucional que ni la represión interna previa ni la crisis económica habían erosionado. No han emergido protestas masivas contundentes durante la guerra. La Guardia Revolucionaria opera con autonomía suficiente como para seguir ejecutando decisiones militares incluso tras la muerte de figuras de primer rango.

El umbral que nadie quiere cruzar

Aquí es donde el análisis se vuelve incómodo. El Atlantic Council ha señalado que Israel calculó mal cuando creyó que destruir el programa nuclear y degradar el arsenal convencional llevaría al colapso del régimen. El efecto puede ser el opuesto. Con sus capacidades convencionales desgastadas y sus ciudades misiles parcialmente comprometidas, la nueva dirigencia iraní tiene menos razones ideológicas para no cruzar el umbral nuclear. Si el régimen percibe que ya no tiene suficientes instrumentos convencionales para disuadir ataques futuros, la búsqueda de ese algo más se vuelve racionalmente inevitable. Y ese algo, en este contexto, solo puede ser una bomba. Nada más sombrío dentro del contexto actual.

Las ciudades misiles le dan a Irán tiempo estratégico para ir formulando sus teorías, conspiraciones, venganzas, o calcular los riesgos a asumir. Y en geopolítica, el tiempo es lo que separa una crisis contenida de una irreversible.

Las posibilidades manejadas en Washington

president trump attends the dignified transfer of u.s. service members

Desde mediados de marzo de 2026, la administración Trump evalúa activamente opciones de despliegue terrestre en Irán, aunque sin haber tomado una decisión formal. Las opciones sobre la mesa incluyen asegurar el Estrecho de Ormuz, tomar el control de la Isla de Kharg —desde donde sale el 90% del petróleo iraní— y custodiar materiales nucleares iraníes. Esto ocurre mientras ya hay unos 50.000 militares estadounidenses en la región y se despliegan entre 2.200 y 2.500 marines adicionales.

Trump ha declarado públicamente que no enviará tropas terrestres, pero simultáneamente el Pentágono prepara planes detallados para operaciones en tierra y el propio presidente habla de “estar muy cerca de cumplir los objetivos”. El riesgo que ven los analistas es el clásico “deslizamiento de objetivos”: la guerra comenzó para destruir el programa nuclear iraní, luego se amplió a degradar el arsenal de misiles, y ahora ronda la posibilidad de un cambio de régimen —la misma lógica que en 2003 llevó a la ocupación de Iraq.

Nada agradable sale de una situación percibida como tomada a la fuerza, en parte por la errática estrategia, en parte por la improvisación tras dar el golpe, en parte por arrastrar la condena del impulso de Israel y su obsesión bélica.

El contrasentido del animal enterrado

Hay algo perturbador en la imagen final de todo esto: arsenal bélico vasto guardado bajo quinientos metros de roca, en ciudades misiles que nadie había visto hasta hace diez años, operadas por una guardia que no necesita permiso de nadie para dispararlos, en un país que lleva cuatro décadas “excavando para no morir”. Eso no es una amenaza militar ordinaria, sino más bien una civilización que ha convertido su régimen en ingeniería.

Trump puede enviar marines, Israel puede seguir bombardeando entradas de túneles, los analistas pueden recalcular stocks y porcentajes de destrucción. Pero el problema de fondo no es cuántos misiles sobreviven: es que el régimen que los construyó tiene menos que perder cada día que pasa. Y un actor con poco que perder, enterrado a quinientos metros de profundidad, es exactamente el tipo de problema que la geopolítica del siglo XX no diseñó herramientas para resolver.

Veremos si este nuevo milenio arroja algo diferente, aunque un cuarto de siglo después, el panorama es más deprimente que antes.

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