Estrecho de Ormuz: la garganta del mundo vuelta un infierno

En cualquier manual de geopolítica elemental, el estrecho de Ormuz aparece subrayado en rojo. Por sus aguas transita una fracción crítica del petróleo y del gas natural licuado que alimentan la economía planetaria. Intervenir en Irán es, por definición, intervenir sobre esa arteria. Estados Unidos lo sabía, Israel lo deseaba y, pese a ello, ambos decidieron cruzar la línea.

Aaron Osoria

estrecho de Ormuz

La guerra prometida no ha traído las promesas

El resultado del conflicto bélico no ha traído el orden prometido: nada mejora en el interior iraní, casi todo empeora en su entorno, y el sistema energético global ha entrado en una fase de fiebre de la que nadie conoce la salida.

Lo que está ocurriendo no es una “operación quirúrgica”, ni siquiera un castigo ejemplar que reordene el tablero. Es una guerra mal concebida, impulsada por la urgencia de un aliado —Israel— que lleva décadas construyendo el escenario para esta confrontación, y asumida por Washington con la confianza anacrónica de quien cree operar todavía en la geometría simple de la Guerra Fría.

La diferencia es que el mundo de hoy tiene las costuras mucho más expuestas: una transición energética a medias, Europa endeudada, Rusia en guerra abierta, el Golfo sembrado de bases estadounidenses y el Sur global dependiente de cada barril que atraviesa el estrecho de Ormuz, esos pocos kilómetros de agua.

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Estrecho de Ormuz: órgano vital

Y es que el estrecho de Ormuz no es un punto más en el mapa; es, con toda literalidad, el cuello por donde respira la economía mundial. No hace falta que nadie baje una barrera para cerrarlo: basta con que las minas floten, con que un par de barcos ardan en tiempo real, con que los seguros se disparen y los armadores concluyan que ningún buque de cientos de millones de dólares merece semejante riesgo. El mercado hace el resto.

La apuesta de Estados Unidos partía de un cálculo tosco. Bombardear con suficiente contundencia para destruir la infraestructura militar iraní y confiar en que el poderío naval norteamericano mantendría el estrecho “suficientemente abierto” mediante escoltas, amenazas y comunicados tranquilizadores, no fue la lectura más sensata. Arrogante, sin dudas.

La realidad se ha impuesto de otra manera. Bastaron unos cuantos ataques, el anuncio iraní de que ningún litro de petróleo pasaría sin su consentimiento y las primeras imágenes de barcos ardiendo para que Ormuz quedara semi estrangulado de facto. No lo cerró la marina iraní; lo cerraron el miedo y las pólizas de seguro.

En ese punto, la guerra deja de ser un asunto regional y se convierte en un problema de supervivencia energética global, aunque las decisiones se sigan tomando como si fuera un teatro de operaciones más.

El plan que no existía

Lo que hace especialmente grave la actuación de Washington no es solo la manera del procedimiento, sino el vacío que vino después. La campaña se ha vendido con eslóganes cambiantes: frenar una amenaza inminente, desmantelar la capacidad iraní de golpear a Israel, impedir el acceso al arma nuclear, debilitar las redes de milicias regionales, empujar —quizá— un cambio de régimen. Todo suena contundente en rueda de prensa; ninguno se traduce en un plan político coherente para el día siguiente.

La operación ha sido concebida casi exclusivamente desde el aire: listas de objetivos, imágenes de precisión, ondas expansivas documentadas. Se ha pensado mucho menos desde la economía política entendiendo qué hacen las monarquías del Golfo cuando sus bases se convierten en diana automática, qué hace Rusia con el precio del barril, cuánto puede aguantar Europa otra subida sostenida del gas, cuánto tiempo puede mantener Estados Unidos una guerra de desgaste en la que cada dron derribado cuesta al interceptor diez veces más que al lanzador.

La prueba más elocuente del error de cálculo es el propio régimen de Irán semanas después del inicio de la ofensiva. El régimen no ha colapsado. La Guardia Revolucionaria no ha desaparecido. El programa militar y nuclear no se ha evaporado. Lo que sí se ha conseguido es confirmar a la élite iraní que la única garantía de supervivencia es endurecerse, cerrar filas con mayor firmeza y usar hasta el límite las palancas que le quedan. Entramos entonces en el control sobre el estrecho de Ormuz. La operación demuestra, una vez más, que Estados Unidos sigue siendo extraordinariamente eficaz destruyendo y notoriamente incapaz de construir órdenes más estables.

La guerra que Israel llevaba décadas esperando

Para Israel, el conflicto tiene una naturaleza distinta. No es un accidente ni una deriva imprevista, sino la culminación de una estrategia construida durante décadas contra Teherán. Buena parte del establishment político y militar israelí ha sostenido durante años que Irán representa la amenaza existencial por excelencia, que su programa nuclear y sus redes de milicias son intolerables, que en algún momento habría que dar el paso. Ese momento ha llegado.

En ese marco, los costes colaterales —estrecho de Ormuz en crisis, los precios del petróleo disparados, las monarquías del Golfo convertidas en campo de batalla, Europa en tensión permanente— son exactamente eso: costes que pagan otros. No importa.

Israel calibra la guerra según parámetros propios: instalaciones destruidas, mandos descabezados, capacidad iraní para armar a Hezbolá y a las milicias iraquíes debilitada. Lo demás pertenece a la categoría del ruido o, en el mejor de los casos, a una presión útil sobre aquellos aliados occidentales que Tel Aviv considera tibiamente comprometidos.

La figura de Netanyahu agrava este cuadro con una dimensión que va más allá de lo estratégico. Llega a esta guerra con la mochila cargada: acusado de crímenes de guerra por la devastación de Gaza, sometido a causas de corrupción en su propio país, al frente de una coalición que ha intentado reescribir la ley penal israelí para sustraerlo de la rendición de cuentas. Un conflicto de largo aliento le ofrece una narrativa de necesidad permanente de su liderazgo, una cortina de humo sobre los crímenes anteriores, un pretexto para seguir aplazando cualquier examen de conciencia colectiva.

Que Líbano se consolide como frente activo, que Gaza continúe sangrando pese a los acuerdos fotogénicos, que la región entre en una lógica de guerra de baja intensidad permanente, son daños que su gobierno parece haber internalizado con comodidad.

Irán por dentro: régimen más duro sobre una sociedad exhausta

caos en Irán

Quienes imaginaron que un bombardeo masivo sobre Irán abriría una ventana de cambio interno asisten a la enésima confirmación de que la presión exterior mal planeada rara vez produce democratización espontánea. Irán llegaba ya a este momento después de una secuencia de protestas profundas entre 2025 y 2026, que mezclaban rabia económica, demandas de libertades y hartazgo acumulado con la corrupción y la represión sistemática. La respuesta del Estado fue miles de muertos, detenciones masivas, ejecuciones ejemplarizantes.

La economía venía ya al límite con una inflación desbocada, una moneda hundida, una generación joven sin horizonte visible más allá del mercado negro o de una emigración que tampoco resulta fácil. La guerra y las nuevas sanciones no han hecho sino empujar todo un escalón más hacia el abismo.

Un régimen que controla la policía, los tribunales, la Guardia Revolucionaria y el aparato religioso puede sobrevivir en condiciones de miseria extrema mucho más tiempo del que cualquier análisis optimista quisiera: le basta con organizar el miedo de manera sistemática.

La muerte de Ali Jameneí en los ataques no ha abierto ningún escenario de transición. El nombramiento de Mojtaba, su hijo, como nuevo líder supremo es un gesto de continuidad que roza la lógica dinástica. No hay reforma, ni apertura, ni siquiera intento de cosmética política; hay un mensaje de desafío: nos golpearon, pero seguimos de pie, con el mismo núcleo duro.

La guerra externa se usa para reactivar el reflejo nacionalista y para recordar a una población exhausta que, en tiempos de bombas, cualquier disidencia interna puede etiquetarse como traición.

Irán por fuera: golpeado, no neutralizado

En el plano militar, la contradicción resulta evidente incluso para quien se limita a seguir los titulares. Se habla de un Irán debilitado, pero los misiles y drones continúan cayendo sobre bases estadounidenses, ciudades aliadas y rutas de navegación. Una parte significativa de la infraestructura iraní ha sido destruida —lanzadores, depósitos, centros de mando— y el ritmo de ataques se ha reducido respecto a los primeros días. La proporción de misiles más sofisticados en cada salva ha disminuido. Sí, eso es cierto.

Sin embargo, también es cierto que se dista de una total neutralización. Irán no es solamente un arsenal en superficie; es también una industria militar acostumbrada a funcionar bajo sanciones permanentes y una red de instalaciones subterráneas diseñadas precisamente para sobrevivir a estas campañas. Lo que ejecuta ahora se asemeja a una guerra de guerrillas a distancia: salvas más pequeñas, uso intensivo de drones de bajo coste, ataques repartidos en el tiempo y en el espacio. Ahora, el estrecho de Ormuz se vuelve un tablero de presión.

Desde la perspectiva iraní, se trata de encarecer cada jornada de guerra para Estados Unidos, Israel y sus aliados, manteniéndose lo suficientemente en pie como para negociar, algún día, desde algo más que escombros. Mientras conserve esa capacidad de daño —aunque menguante—, no tiene incentivos para capitular. Y mientras esa capacidad exista, el mundo entero vive en un estado de tensión permanente, porque cualquier ataque más certero sobre un barco, una planta o una base puede empujar los precios de la energía un escalón más arriba. Ni hablar de los daños humanos, que po supuesto, existen y persisten.

Las monarquías del golfo: aliados convertidos en diana

ataques de Irán las instalaciones de Estados Unidos en el Medio Oriente

En medio de ese fuego cruzado, las monarquías del Golfo encarnan la ironía perfecta de esta guerra: son los aliados de Washington que pagan el precio más inmediato. Bahréin, Emiratos, Qatar, Kuwait, Arabia Saudita, Irak… todos han visto caer sobre su territorio misiles y drones iraníes dirigidos contra bases y activos estadounidenses. Donde ayer se vendía seguridad made in USA hoy se distribuyen protocolos de emergencia y promesas de refuerzo.

Son, además, grandes exportadores de petróleo y gas que dependen existencialmente del estrecho de Ormuz. Con el canal natural semi bloqueado, se ven obligados a recortar producción, llenar depósitos, forzar rutas alternativas hacia el mar Rojo. Cada día de guerra equivale a millones de barriles que no salen, a contratos que se renegocian, a ingresos que se vuelven inciertos.

Políticamente, están atrapados en una contradicción sin salida fácil. Resentidos porque no decidieron esta guerra y sin embargo sus ciudades y sus infraestructuras son blanco. Pero incapaces de romper realmente con Washington: sin el paraguas militar estadounidense, quedarían a merced de Irán, de rivalidades regionales y de la presión combinada de Rusia y China. Son aliados, pero también rehenes de una estrategia que no controlan y cuyas consecuencias soportan.

Europa varada entre dos incendios

Europa observa la escena desde una posición que combina la incomodidad con la incoherencia. Tras la invasión de Ucrania prometió emanciparse del gas y del petróleo rusos con una hoja de ruta de largo alcance. La crisis en el estrecho de Ormuz llega cuando esa transición está a medias: menos dependencia rusa, pero aún una exposición considerable a los suministros del Golfo y al mercado global del gas natural licuado. Cada escalada en el precio del crudo se traduce en inflación, malestar social y fragilidad política en capitales donde los gobiernos ya llegan justos.

En el plano diplomático, la Unión Europea no encuentra una voz propia. Afirma compartir el objetivo de impedir un Irán nuclear y de frenar su influencia regional, pero no suscribe del todo ni el momento ni la forma de la ofensiva. Protege sus barcos, evacúa a sus ciudadanos, envía el imponente portaaviones nuclear francés a la zona bajo un discurso cuidadosamente defensivo y, al mismo tiempo, cuida de no deteriorar el vínculo transatlántico que la mantiene dentro de la OTAN y alineada frente a Rusia.

El resultado es una tercera vía que no acaba de serlo: no abraza la guerra como propia, pero tampoco la cuestiona con suficiente profundidad; no quiere volver al gas ruso, pero observa con alarma la posibilidad de quedarse sin el gas del Golfo; habla de autonomía estratégica mientras su seguridad energética y militar continúa dependiendo de decisiones tomadas en Washington y, en cierta medida, en Jerusalén. Ahora,con la crisis en el estrecho de Ormuz, la soga se aprieta.

Rusia y Venezuela: los beneficiarios incómodos

Cuando se analiza la guerra con la frialdad aritmética del mercado energético, aparecen dos actores en la columna de beneficiarios inmediatos: Rusia y, en perspectiva, la Venezuela que ha regresado al escenario internacional bajo tutela estadounidense.

Rusia, sancionada y presionada económicamente por la guerra en Ucrania, contempla cómo el conflicto en el estrecho de Ormuz le pone un suelo alto al precio del petróleo y del gas. Sus barriles, que hace un año se colocaban con descuento a clientes como India o China, encuentran ahora una demanda renovada. Los ingresos fiscales aumentan, las finanzas para sostener el esfuerzo bélico en Europa oriental se oxigenan y Moscú recupera parte de la influencia que había perdido en el mercado energético global. El mensaje de Putin es directo: si Occidente quiere evitar quedarse sin energía, tarde o temprano tendrá que sentarse a negociar con él.

Estados Unidos, por su parte, ha movido ficha en Venezuela. Con la caída de Maduro y el control de facto sobre las decisiones clave en la industria petrolera, Washington se ha situado en la puerta de acceso a las mayores reservas probadas del mundo. Que esa producción se reactive a gran escala llevará tiempo; no es un grifo que se abre en una semana. Pero en un escenario donde Ormuz es un cuello de botella crónico y Rusia un proveedor sancionado, el petróleo venezolano bajo influencia estadounidense adquiere el valor de un comodín estratégico.

La coincidencia temporal entre esa operación y la guerra con Irán no prueba un plan maestro, pero sí dibuja una lógica de fondo: quien controle reservas y rutas de salida estará en mejor posición cuando la tormenta amaine.

Un horizonte de desgaste

Irán mina el estrecho de Ormuz

La pregunta que emerge al final de este recorrido es la más difícil: ¿cuánto puede durar esto? Lo suficiente como para que dejemos de hablar de una crisis y empecemos a hablar de un nuevo estado permanente de inestabilidad.

Ni Irán muestra señales de aceptar un alto el fuego mientras los bombardeos continúen, ni Estados Unidos e Israel parecen dispuestos a rebajar sus objetivos a algo alcanzable y verificable. En lugar de la guerra relámpago que muchos prefieren imaginar, se perfila un escenario de meses de golpes y contragolpes, con el estrecho de Ormuz semi estrangulado.

Ese horizonte de desgaste contiene una trampa adicional: el mundo se acostumbra. Los precios suben, se estabilizan un poco, vuelven a subir. Las noticias de ataques se vuelven rutina. Las imágenes de destrucción pierden impacto. La guerra pasa de acontecimiento a ruido de fondo. Cuando eso ocurre, los incentivos para arriesgar un acuerdo —que siempre tiene costes políticos internos— se reducen aún más.

Lo que el mapa deja al descubierto

Quizá la única forma honesta de cerrar no sea proponiendo una receta, sino señalando la lección que este episodio deja expuesta. Una vez más, una guerra que se vende como atajo —para eliminar una amenaza, para ordenar una región, para dar un mensaje— confirma que no hay atajos en un sistema tan interdependiente como el actual. Israel ha conseguido, de momento, la confrontación que buscaba durante décadas, pero no ha ganado la seguridad que promete a su población. Estados Unidos ha demostrado que sigue siendo capaz de arrasar objetivos a miles de kilómetros, pero no de diseñar una arquitectura de estabilidad que trascienda la próxima elección o el próximo titular de prensa.

Irán continúa siendo un régimen brutal hacia dentro y peligroso hacia fuera, con más razones ahora para abrazar la lógica del todo o nada. Ahora usa el estrecho de Ormuz para chantaje global. Las monarquías del Golfo descubren que su alianza con Washington no las protege de convertirse en campo de tiro. Europa constata que su aspiración de autonomía estratégica choca con su dependencia energética y militar. Rusia capitaliza el caos, y Venezuela reaparece no como país soberano que determina su propio modelo, sino como pieza en un ajedrez que otros mueven.

Así se ve el mundo cuando las grandes potencias deciden jugar con el cuello de botella energético del planeta como si fuera un tablero más. Lo correcto, en este contexto, se convierte en un concepto casi irreconocible. Lo incorrecto, en cambio, puede señalarse en elegir una guerra impulsiva en la garganta del mundo y fingir sorpresa cuando el mundo empieza a ahogarse.

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