Groenlandia de nuevo: Estados Unidos la quiere a la fuerza

Ver al presidente de Estados Unidos declarar públicamente que “cualquier cosa menos que el control estadounidense sobre Groenlandia es inaceptable”, ya roza el surrealismo para quien entiende lo que significa el respeto. Estamos hablando de un hombre que mira un mapa, señala un territorio que no le pertenece y dice “esto es mío” con la misma naturalidad con la que un niño reclama el juguete de otro en el parque. Nefasto cuando el poder se le otorga a gente que roza la sociopatía.

Aaron Osoria

bandera de Groenlandia en Copenhague

Groenlandia en el ojo del huracán Trump

Enero de 2026. La mayor isla del planeta se ha convertido en el escenario más visible de una tensión geopolítica que hace unos años habría parecido sacada de una novela distópica. Donald Trump insiste en anexar Groenlandia, un territorio semiautónomo danés de 2.166 millones de kilómetros cuadrados donde viven apenas 56,000 personas. Y aquí viene lo interesante, y a la vez aterrador. Nadie en Washington parece pensar que esto sea particularmente extravagante.

Porque no lo es. No para Estados Unidos.

Donald Trump

La obsesión no es nueva, la impaciencia sí

Retrocedamos a 1946. Harry Truman ofreció 100 millones de dólares en oro por Groenlandia. Dinamarca dijo que no. Estados Unidos se quedó con una base militar permanente de todas formas, algo que suelen hacer con naturalidad alarmante. Fast forward a 2019: Trump pregunta si pueden comprar la isla, los daneses se ríen, Trump cancela una visita de Estado, ofendido. Y ahora, en 2026, la cosa ha escalado con amenazas apenas veladas de acción militar.

¿Qué cambió? El contexto.

El hielo del Ártico se está derritiendo más rápido de lo que nadie predijo. China se ha posicionado como competidor estratégico real. Y la política exterior estadounidense ha abrazado lo que el analista Decio Machado llama brillantemente la “Doctrina Donroe”, un juego de palabras que fusiona Don Trump con Monroe y que resume perfectamente una estrategia que privilegia la fuerza militar y la coerción económica sobre cualquier pretensión de consenso internacional.

La diferencia entre la Doctrina Monroe original de 1823 y esta versión trumpiana es fundamentalmente de packaging. La primera se vendía como defensa de la independencia americana frente al colonialismo europeo. Los estadounidenses son excelsos expertos en manipular narrativas como los comerciales del Super Bowl, donde te venden como bueno y exquisito lo que es, en el 90% de los casos, una basura que necesita ser comprada para seguir moviendo el sobreconsumo.

En el caso de la segunda, o sea, la actual, ni siquiera intenta disfrazar el imperialismo. Es expansionismo sin complejos, sin la necesidad de justificaciones morales. América primero significa, literalmente, que Estados Unidos toma lo que considera necesario para mantener su hegemonía.

Tres razones por las que Groenlandia se volvió irresistible

sukkertoppen ice cap in southwest greenland (2013)

Déjenme ser claro… la obsesión estadounidense por Groenlandia responde a imperativos estratégicos absolutamente racionales dentro de su lógica imperial. No estamos ante un capricho, en esencia. Esto es lo que muchas veces ciertos analistas con posición contraria a la política exterior de Estados Unidos pasan por alto, reduciéndose el argumento a una tambaleane opinión basada en el juicio.

Seamos objetivos, nos guste o no.

1.      Geopolítica militar

Primero está el control geomilitar del Ártico. La famosa brecha GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido) es considerada fundamental para la defensa marítima del este de Estados Unidos. Si Rusia o China quieren mover armadas desde el Mar de Noruega hacia territorio estadounidense, tienen que cruzar esa brecha. Groenlandia es, literalmente, la puerta de entrada al Ártico y al Atlántico medio.

Estados Unidos opera desde 1941 la base aérea de Pituffik, conocida antes como Thule. Es la instalación militar más septentrional de la Fuerza Aérea estadounidense y alberga sistemas críticos de defensa antimisiles. Hablamos del Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos, diseñado específicamente para detectar y rastrear misiles intercontinentales lanzados contra Norteamérica. También tenemos una pista de aterrizaje de 3,000 metros desde la que despegan 2,600 vuelos anuales. Todo esto ya está ahí, funcionando, bajo acuerdos con Dinamarca desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero Trump quiere más. Su proyecto de “Cúpula Dorada”, un ambicioso sistema de defensa antimisiles espacial, necesita control absoluto sobre Groenlandia para funcionar. La premisa es directa: sin Groenlandia, la defensa hemisférica queda comprometida. Y para esta administración, “comprometida” es inaceptable.

2.      Economía emergente

El segundo imperativo es económico-tecnológico, y aquí la cosa se pone fascinante. Groenlandia tiene reservas evaluadas en 36.1 millones de toneladas de tierras raras. Esos 17 elementos químicos con nombres imposibles que nadie conoce pero que son absolutamente esenciales para turbinas eólicas, motores eléctricos, sistemas de defensa, dispositivos electrónicos, drones, aviones de caza y hasta discos duros.

El proyecto Kvanefjeld combina tierras raras ligeras y pesadas con uranio, zinc, zirconio y niobio. Debajo del hielo groenlandés hay también grafito, litio, cobre (definidos por la Agencia Internacional de la Energía como “minerales críticos” para la transición energética), además de potencial para níquel, cobalto, cromo, platinoides y antimonio. Mike Waltz, exasesor de seguridad nacional de Trump, dijo que la postura hacia Groenlandia se centra en “minerales críticos” y “recursos naturales”.

Y ahora viene el dato que explica la urgencia: China controla aproximadamente el 70% de la producción minera mundial de tierras raras y más del 90% de la refinación. En 2024, China extrajo alrededor de 270,000 toneladas mientras Estados Unidos apenas produjo 45,000. Pero lo verdaderamente preocupante para Washington es que China refina el 99% del disprosio ultrapuro mundial (usado para estabilizar chips a altas temperaturas) y toda la producción de samario, el metal que va en los aviones F-35 y los misiles estadounidenses.

Léelo de nuevo: Estados Unidos depende de China para producir sus propios sistemas de defensa. Ahora… China, con todo y que te pueda o no gustar su estado, o dictadura, o régimen, no tiene la culpa de que Estados Unidos no posea las condiciones necesarias en su propio territorio.

De hecho, en octubre de 2025, China endureció dramáticamente sus controles de exportación. Cualquier producto que contenga más del 0.1% de su valor en tierras raras chinas necesita licencia de exportación. Esto afecta directamente a Nvidia, Apple, TSMC, SK Hynix, Samsung. Todos los gigantes tecnológicos que fabrican chips para inteligencia artificial, electrónica de consumo y sistemas industriales.

Para Estados Unidos, acceder a los minerales de Groenlandia no es una cuestión industrial. Es seguridad nacional. Se trata de reducir la dependencia del procesamiento chino. Es, fundamentalmente, poder seguir fabricando armas sin pedirle permiso a Beijing.

3.      Comercio de ruta

El tercer imperativo es logístico-comercial. El calentamiento global está derritiendo el Ártico y abriendo rutas comerciales que hasta hace poco eran ciencia ficción. La Ruta Marítima del Norte podría quedar libre de hielo todo el año hacia 2030, acortando hasta un 40% el trayecto entre Asia y Europa respecto a las rutas del Canal de Suez o Panamá.

Rusia ya se posicionó con bases militares, una flota incomparable de rompehielos nucleares y defensa aérea avanzada. China, aunque sin acceso directo al Ártico, lanzó su estrategia de “Ruta de la Seda Polar”. En septiembre de 2024 abrió por primera vez una ruta comercial directa con Europa a través del Ártico, reduciendo el tiempo de navegación de 50 días (vía Cabo de Buena Esperanza) o 40 días (vía Suez) a tan solo 20 días.

Para Estados Unidos, permitir que Rusia y China dominen estas rutas emergentes equivale a ceder el control sobre el futuro del comercio global. Como dice el analista Justin Crump: “Si China logra consolidar su presencia en ese corredor, asegurará por primera vez en la historia un paso interoceánico fuera de la influencia de la OTAN”. Groenlandia está exactamente en esa intersección geográfica que Washington considera indispensable.

Groenlandia piensa por sí misma: “Elegimos a Dinamarca”

primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielsen

La respuesta de los directamente afectados ha sido inequívoca. El primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielsen, en conferencia de prensa conjunta con la primera ministra danesa Mette Frederiksen, fue claro:

“Si tenemos que elegir entre Estados Unidos y Dinamarca aquí y ahora, elegimos a Dinamarca”.

Nielsen siguió.

“Es importante que todos comprendan que Groenlandia no desea ser propiedad de Estados Unidos. Groenlandia no desea ser gobernada por Estados Unidos. Groenlandia no aspira a formar parte de Estados Unidos”.

Tres variaciones de la misma negativa para que no queden dudas.

El ministro danés de Relaciones Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, confirmó tras reunirse en Washington que existe un “desacuerdo fundamental” entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia sobre el futuro del territorio. Enfatizó que ceder Gronenlandia es “imposible” y “contraviene todas las normativas internacionales”.

La primera ministra Frederiksen fue más allá y advirtió que si Estados Unidos decidiera atacar militarmente a Groenlandia, “sería el fin de todo, incluida nuestra OTAN y, por tanto, la seguridad que se nos ha proporcionado desde el final de la Segunda Guerra Mundial”.

Dinamarca activó una directiva militar de 1952 que establece que los soldados daneses deben “emprender inmediatamente la lucha” contra cualquier ataque a territorio danés sin esperar órdenes. Incluso si se trata de tropas estadounidenses. Esta orden permanente exige que el personal militar danés entre en combate sin vacilar ni pedir autorización si consideran que existe un ataque.

A las claras, Dinamarca está preparando a su ejército para potencialmente luchar contra Estados Unidos.

Europa entre la espada y la pared

La crisis de Groenlandia ha puesto a la OTAN en una posición imposible. Dinamarca organizó ejercicios militares llamados “Arctic Endurance” (Resistencia Ártica) para reforzar las capacidades de seguridad y defensa de la isla. Participaron Alemania, Francia, Reino Unido, Noruega, Países Bajos y Suecia. Aviones de combate, operaciones navales, entrenamiento en condiciones árticas.

Estados Unidos no participó. Tiene una base militar permanente en Groenlandia pero no participó en los ejercicios de defensa de la isla. La paradoja es tan absurda que casi resulta cómica. Casi.

La OTAN fue diseñada como alianza defensiva contra amenazas externas. Ahora enfrenta la posibilidad impensable de que su miembro más poderoso ataque a otro miembro de la alianza. Como señala el experto Domènec Ruiz, Estados Unidos ha puesto a la Unión Europea ante un dilema implícito: “Si quieres que siga apoyando a Ucrania, tienes que cederme Groenlandia”.

La Unión Europea tiene una cláusula de asistencia mutua (Artículo 42.7 del Tratado de Funcionamiento) que Dinamarca podría invocar si se viera realmente agredida militarmente por Estados Unidos. Esto obligaría a los 26 miembros restantes a ir en ayuda de Dinamarca. ¿Contra Estados Unidos? Sí, contra Estados Unidos.

El16 de enero de 2026 (un día antes de la salida de este artículo), miles de personas se manifestaron en Nuuk (Groenlandia) y en ciudades danesas como Copenhague, Aarhus, Aalborg y Odense. No protestaban contra Rusia o China. Protestaban contra Estados Unidos.

Una genealogía del saqueo legitimado

Para entender por qué Estados Unidos considera perfectamente natural reclamar territorios ajenos (Groenlandia ahora, cualquier otro antes y después) necesitamos repasar rápido su historia de expansionismo institucionalizado.

La Doctrina Monroe de 1823 en la práctica, rápidamente se transformó en justificación para la expansión estadounidense. James K. Polk reinterpretó la doctrina en 1845 como “política de expansión de Estados Unidos”. Washington invadió México y lo obligó a ceder el 55% de su territorio en 1848. Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Colorado. Todo perdido en un año. Les gustó el sabor del poder, en exceso.

El Corolario Roosevelt de 1904 fue más allá: los desórdenes internos de las repúblicas latinoamericanas constituían un problema para el funcionamiento de las compañías comerciales estadounidenses. Por tanto, Estados Unidos debía “restablecer el orden” mediante presión política o intervención armada. Simple.

El Corolario Hayes de 1880 declaró a Centroamérica y el Caribe “zona de influencia exclusiva” estadounidense. Estados Unidos debía ejercer control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese. Esta lógica terminó en la ocupación del canal de Panamá (inaugurado en 1914) y la ocupación de Nicaragua entre 1912 y 1933.

La lista de intervenciones es extensa: la guerra hispano-estadounidense de 1898 (control de Cuba, Puerto Rico, Filipinas), invasión de República Dominicana en 1965 con más de 40,000 marines, golpe contra Salvador Allende en Chile (1973), la Operación Cóndor en el Cono Sur apoyando dictaduras en Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina, invasión de Granada (1983) con 7,000 soldados, invasión de Panamá (1989) que dejó aproximadamente 3,000 muertos.

Hasta Venezuela ha sido bombardeada por Estados Unidos. Todo siempre se justifica y se retroalimenta lo que deja Estados Unidos en inestabilidad para luego “estabilizar”. Es un ciclo interminable. Por supuesto, muchos de habitantes del continente tienen memoria corta, intereses o amor por el dólar.

Los que están en contra cometen el siniestro error de alinearse con ideologías que ayudan a justificar los desastres del norte. Los más sensatos y equilibrados, sólo pueden narrar, como eseste caso.

Destino Manifiesto o “por qué Dios quiere que invadamos”

Esta conducta no es accidental ni oportunista. Está ideológicamente fundamentada en dos conceptos: el Destino Manifiesto y el excepcionalismo estadounidense.

El Destino Manifiesto, acuñado por el periodista John L. O’Sullivan en 1845, sostenía que Estados Unidos estaba destinado por designio divino a expandir su territorio desde el Atlántico hasta el Pacífico, llevando la democracia y sus valores. La idea reflejaba “un sentido de superioridad y propósito divino que permeaba la cultura y las políticas de la época”.

El excepcionalismo estadounidense, como señala el historiador Anders Stephanson, es “la convicción histórica del mundo de que lo que Estados Unidos haga o deje de hacer es decisivo para el futuro de la humanidad”. Estados Unidos es “la nación indispensable”, una creencia que justifica una política exterior que prioriza los intereses estadounidenses por encima del derecho internacional y la soberanía de otros pueblos.

Esta concepción se arraiga en el imaginario puritano de los primeros colonos, que se consideraban un “pueblo elegido” con una misión providencial. El ministro puritano John Cotton afirmó en 1630: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas”. El Gran Sello nacional estadounidense incluye la inscripción latina Annuit Cœptis (“Él [Dios] ha favorecido nuestros emprendimientos”).

Como explica el historiador Jay Sexton, “Dios favorecía a los protestantes angloparlantes, quitándoles tierras a la Iglesia católica, abriendo nuevos mercados y nuevos territorios para la producción agrícola y para el comercio”. Parte del Destino Manifiesto incluía “la exaltación de la raza blanca anglosajona”, considerando las mezclas raciales del imperio hispánico como “aberrantes”.

Todo esto, entiéndase bien, no es historia antigua. Es el marco ideológico que sigue operando hoy cuando Trump dice que Groenlandia debe ser estadounidense. Cambia el lenguaje, desaparece la referencia explícita a Dios o a la raza, pero la lógica permanece intacta: Estados Unidos tiene derecho a expandirse porque lo necesita para mantener su hegemonía. Sencillo.

N entraré en el tema de la arrogancia gringa y demás, que bien se pudiera. Prefiero quedarme con las más absolutas objetividades.

El imperio en decadencia que no acepta declinar

La Casa Blanca en Estados Unidos

Ahora, desde la perspectiva de las teorías de relaciones internacionales, esto se inscribe en lo que John Mearsheimer denomina “realismo ofensivo”: la tendencia de los Estados a acumular el mayor poder posible, aspirando incluso a una posición hegemónica. En un sistema internacional anárquico sin autoridad supranacional, las grandes potencias buscan maximizar su cuota de poder para garantizar su seguridad, supuestamente…

La racionalidad geopolítica estadounidense ha entendido históricamente que la reproducción de la hegemonía global se sustenta en el control de los factores de poder: geografía, recursos, espacio. La administración Trump busca redefinir su hegemonía a través de una “geopolítica de intereses vitales” que combina el hard power, alianzas bilaterales y una diplomacia coercitiva que prioriza la resiliencia interna.

Pero múltiples analistas coinciden en que esta estrategia refleja una “fase de decadencia hegemónica”. La expansión de la hegemonía liberal estadounidense ha dado paso a “una pérdida de poder relativo de Estados Unidos en un entorno estratégico cada vez más complejo y multipolar”.

Estados Unidos transitó por una etapa de hegemonía indiscutible (1945-1970) a una etapa de declive relativo desde entonces. En este contexto, la obsesión por controlar Groenlandia, el Canal de Panamá y otros territorios estratégicos puede interpretarse como un intento desesperado de sostener una hegemonía en declive mediante la imposición unilateral y la ruptura del derecho internacional.

Como advierte Decio Machado: “Estamos en esta fase agónica ya de la potencia hegemónica que se agota”.

Las consecuencias o cómo dinamitar la OTAN desde adentro

Lo irónico de todo esto es que, como señala Henry Ziemer del Center for Strategic and International Studies, “hay muy poco que Estados Unidos necesite de Groenlandia que no pueda lograrse dentro de los marcos de seguridad y cooperación ya existentes”. El Acuerdo de Defensa de 1951 ya habilita a Washington a establecer nuevas áreas militares en coordinación con la OTAN.

Pero Ziemer alerta: “La negativa de Estados Unidos a descartar el uso de la fuerza para adquirir Groenlandia puso a la OTAN en modo de crisis”. Existe el riesgo de una “espiral de escalada retórica que termine debilitando la cohesión de la alianza atlántica, en beneficio de Rusia”.

Esta crisis ocurre simultáneamente con la guerra en Ucrania. Como explica Domènec Ruiz, la situación “quita la atención que estamos prestando a Ucrania y nos obliga a analizar dos escenarios muy peligrosos a la vez”. Europa teme que Trump retire su apoyo a Ucrania si los europeos mantienen una posición firme sobre Groenlandia.

En el plano global, la estrategia estadounidense de control de recursos y rutas comerciales intensifica la competencia con China y Rusia, acelerando la transición hacia un orden multipolar. China ha respondido fortaleciendo su control sobre la cadena de suministro de minerales críticos. Rusia consolida su dominio del Ártico. El resultado es una fragmentación del orden internacional y la intensificación de rivalidades sistémicas.

El siglo XIX nunca terminó, solo mejoró el marketing

president donald trump
President Donald Trump speaks with members of the media before boarding Marine One on the South Lawn of the White House en route to Joint Base Andrews, Maryland, Friday, January 9, 2026. (Official White House Photo by Molly Riley)

La obsesión estadounidense por Groenlandia no es un capricho de Trump. Las formas, probablemente sí, pero de eso se pudiera sacar todo un artículo y ni vale la pena a estas alturas. Estamos ante la manifestación contemporánea de una lógica imperial profundamente arraigada en la historia y la cultura política estadounidense, sustentada en la convicción de que Estados Unidos tiene el derecho y el deber de controlar los espacios geográficos, los recursos y las rutas comerciales que considera vitales para su seguridad y hegemonía global.

La pregunta que plantea Groenlandia es si el mundo aceptará pasivamente el retorno a una lógica imperial donde las grandes potencias simplemente se apropian de territorios ajenos invocando “intereses vitales”, o si las instituciones internacionales, el derecho internacional y la soberanía de los pueblos aún significan algo en el siglo XXI.

“¿Por qué hablar de ‘tomar el control’ cuando puedes obtener lo que deseas simplemente comportándote adecuadamente?” dijo un empresario groenlandés anónimo citado por El Mundo.

La insistencia estadounidense en controlar todo lo que le toca y lo que no le toca por derecho refleja, en última instancia, la incapacidad de una potencia hegemónica en declive para adaptarse a un mundo multipolar donde la cooperación, el respeto mutuo y la adhesión al derecho internacional deberían prevalecer sobre la imposición unilateral y la fuerza bruta.

Pero seamos honestos: ¿cuándo en la historia las potencias han aceptado su declive pacíficamente? Estados Unidos no será la excepción. Groenlandia es solo el primer capítulo de una transición que promete ser larga, violenta y profundamente desestabilizadora.

La diferencia es que ahora lo estamos viendo en tiempo real, sin el barniz diplomático que solía disfrazar estas dinámicas imperiales.

Y eso, al menos, tiene la virtud de la honestidad…

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