La incautación de Estados Unidos a este buque fantasma de petróleo es la radiografía visible de la transformación de Venezuela en un régimen sostenido por una economía criminal que convierte oro y petróleo en poder político, y utiliza a países aliados (Cuba y Nicaragua) como infraestructura logística de un mercado negro transnacional.
Aaron Osoria

Lo que emerge de este caso es un sistema completo, deliberadamente diseñado para operar fuera del sistema financiero internacional, para blindar a una élite mediante complicidad económica, y para mantener un aparato represivo que ya no puede sostenerse con petrodólares legítimos.
Es, en el fondo, la pregunta a la respuesta de cómo sobrevive una dictadura moderna.
El Skipper: anatomía de un buque fantasma
Este barco pertenece a esa categoría inquietante conocida como “flota en la sombra”: superpetroleros viejos, sin seguros confiables, que apagan sus sistemas de identificación automática, cambian de nombre y bandera como quien cambia de identidad, y sirven para transportar el petróleo que ninguna naviera respetable tocaría.
Antes se llamaba Adisa. Había movido casi 13 millones de barriles de crudo iraní y venezolano desde 2021. Ya estaba sancionado por Estados Unidos por vínculos con el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán y Hezbolá.
Cuando fue interceptado en aguas internacionales frente a Venezuela, en un operativo que incluyó helicópteros, comandos navales y el respaldo del portaaviones USS Gerald R. Ford, el Skipper llevaba entre 1,1 y 1,85 millones de barriles de crudo venezolano, con un valor estimado de entre 50 y 100 millones de dólares. Navegaba bajo bandera de Guyana, aunque el gobierno guyanés aclaró que nunca estuvo registrado allí: la bandera era falsa, como todo lo demás en su identidad.
¿Hacia dónde iba?
Según fuentes estadounidenses, se dirigía a Cuba, como parte de una red que abastece a la isla con crudo venezolano e iraní, y que luego recoloca parte de ese petróleo en el mercado negro internacional.
Una porción del cargamento estaba destinada al consumo interno cubano, desesperado por combustible para mantener encendidas sus plantas eléctricas y su transporte. Otra parte, según múltiples análisis, sería revendida desde puertos cubanos hacia intermediarios asiáticos, donde el crudo venezolano se “lava” mezclándose con otros orígenes y termina en refinerías chinas con grandes descuentos.
La reacción de Caracas y La Habana fue predecible: denuncias de “piratería internacional” y “robo descarado”. Pero Washington respondió con frialdad legal alegando que el barco ya estaba sancionado, había sido usado para financiar organizaciones terroristas, y ahora tomaría posesión de los 1,85 millones de barriles tras el debido proceso judicial.
El caso del Skipper muestra cómo funciona todo el engranaje.
El oro como laboratorio previo del modelo ilegal del petróleo
Antes de perfeccionar el esquema con petróleo, el régimen de Maduro ya había construido un sistema prácticamente idéntico con el oro del Arco Minero, esa vasta región al sur de Venezuela convertida en zona de extracción depredadora, violenta e ilegal.
El oro es ideal para este tipo de operaciones: concentra inmenso valor en poco volumen, se transporta en avionetas, y una vez fundido y reetiquetado, es casi imposible de rastrear. Se convierte así en moneda de intercambio directo para pagar a militares, funcionarios y redes de lealtad. Pero también necesita salir del país y transformarse en divisas utilizables internacionalmente. Y ahí entran los aliados.
El caso revelador de las Islas Caimán
En 2019, una avioneta venezolana aterrizó en las Islas Caimán con 107 lingotes de oro valorados en más de dos millones de dólares, además de 135.000 dólares en efectivo escondidos. Los pasajeros, vinculados a redes de contrabando y al submundo de casinos venezolanos, presentaron declaraciones falsas: el oro era “de herencia”, dijeron. Pero las inconsistencias en pesos y documentación desataron una investigación judicial que terminó exponiendo todo el circuito.
El oro seguía ruta hacia Londres y Suiza. La empresa remitente estaba registrada en Curazao. Detrás aparecían otras empresas como utilizadas por mafias internacionales para mover oro venezolano.
Las transferencias pasaban por el Commerzbank de Lugano hacia el Bank of America en Miami. Se estima que estas maniobras generaron más de 3.000 millones de dólares en ganancias asociadas al oro venezolano ilegal en pocos años.
Nicaragua: la lavadora de origen
Paralelamente, Nicaragua se convirtió en el nodo central del blanqueo. A partir de cierto momento, las estadísticas oficiales comenzaron a mostrar un salto súbito e inexplicable en la “producción” de oro nicaragüense, muy superior a su capacidad minera real.
Lo que estaba ocurriendo era simple: oro venezolano entraba a Nicaragua, se “nacionalizaba” mediante empresas vinculadas al círculo de Daniel Ortega, y luego se exportaba desde Managua como “oro nicaragüense” hacia Emiratos Árabes Unidos, Suiza, Turquía, Estados Unidos o India.
El esquema beneficiaba a ambos regímenes. Ortega recibía comisiones y capital. Maduro transformaba oro sancionado en divisas limpias para alimentar su caja paralela. El oro nicaragüense oficial se inflaba artificialmente, y nadie hacía preguntas. Era un pacto mafioso perfecto.
Investigaciones en la frontera entre Brasil y Venezuela demostraron que este oro ilegal también se usaba para pagar cargamentos de alimentos y medicinas en plena crisis humanitaria, involucrando a empresas brasileñas con conexiones políticas locales.
En el plano geopolítico, el oro servía como medio de pago hacia Irán, triangulado con Turquía y Emiratos, y como fuente de riqueza personal para familias en el poder, incluida la de Ortega, cuya fortuna se estima en miles de millones de dólares.
El esquema del oro fue el prototipo: extracción depredadora, triangulación con un aliado político, blanqueo en centros financieros internacionales, enriquecimiento personal y financiamiento del aparato represivo. Una vez perfeccionado, solo quedaba escalarlo al petróleo.
El petróleo: mismo guion, pero a escala industrial

El petróleo replica el modelo del oro, pero con diferencias fundamentales: es voluminoso, difícil de ocultar, y absolutamente central para la supervivencia del régimen. Históricamente, más del 90% de los ingresos por exportaciones venezolanas provienen del crudo.
Hoy, con exportaciones rondando los 900.000 a 950.000 barriles diarios, el régimen depende de esos ingresos para pagar al aparato militar y de seguridad, financiar importaciones básicas y mantener redes de lealtad interna. El Skipper, por sí solo, cargaba crudo valorado en hasta 100 millones de dólares, equivalente a aproximadamente el 5% de las importaciones mensuales de bienes del país.
Economistas como Francisco Rodríguez advierten que, si Estados Unidos incauta un buque al mes, Venezuela podría entrar en otra recesión severa por caída brusca de ingresos petroleros. No es una exageración, se trata de aritmética elemental.
Cuba como parte del sistema del petróleo y el buque fantasma
Cuba ha sido históricamente beneficiaria del petróleo venezolano, pero con las sanciones internacionales, Caracas ya no puede venderlo libremente. La solución es un esquema de triangulación donde Cuba actúa como intermediario logístico y comercial.
El esquema funciona así: un buque carga crudo venezolano en instalaciones de PDVSA y se dirige formalmente a Cuba como envío de apoyo energético. En puertos cubanos, parte de la carga alimenta el consumo interno desesperado de electricidad y transporte. Pero otra parte se almacena y luego se transfiere a otros buques en operaciones de barco a barco.
Una vez que el crudo sale de Cuba, se declara bajo otros orígenes: mezclas, “crudo caribeño”, cualquier etiqueta que borre su rastro venezolano.
El cargamento termina en Malasia u otros centros asiáticos, donde se mezcla y se revende a refinadores chinos, normalmente con grandes descuentos y pagos mediante circuitos financieros opacos que incluyen criptomonedas.
Fuentes citadas señalan que La Habana no solo utiliza el petróleo para su consumo, sino que también revende parte del crudo en el mercado negro, involucrando a figuras del entorno familiar de Raúl Castro.
Para Cuba, esto cumple dos funciones vitales: acceso a combustible en medio de la caída de suministros desde Venezuela y México, y una fuente adicional de divisas a través de esa reexportación ilícita. Para Maduro, Cuba se convierte en un puerto de transformación donde el petróleo sancionado se convierte en petróleo vendible.
El buque fantasma: un recurso compartido
La flota en la sombra no es exclusiva de Venezuela. Es un recurso compartido entre Irán, Rusia y Venezuela, los tres grandes productores de petróleo sometidos a sanciones occidentales. La flota global asociada a petróleo sancionado puede rondar los 1.000 buques, de los cuales alrededor de 80 operan habitualmente en aguas venezolanas, y más de 30 están bajo sanciones específicas de Estados Unidos.
Buques como el Skipper tienen historiales de haber transportado tanto crudo iraní como venezolano, a veces en el mismo viaje. Es una logística transnacional construida deliberadamente para sostener regímenes sancionados, con capitanes dispuestos a apagar sus señales de rastreo, tripulaciones que aceptan contratos opacos, y armadores que alquilan barcos viejos a precios inflados porque el riesgo es enorme pero las ganancias también.
¿Para qué hace todo esto la dictadura de Maduro?
La pregunta parece obvia: para tener dinero. Pero la respuesta es más compleja. Maduro no solo necesita divisas, también necesita crear un sistema de poder basado en economía criminal de Estado, donde los recursos fluyen fuera del sistema financiero formal y se distribuyen con discrecionalidad absoluta.
La caja negra: dinero fuera del radar
Maduro necesita recursos que no pasen por cuentas bancarias fáciles de embargar, que no queden consignados en balances oficiales del Banco Central de Venezuela o PDVSA, y que se puedan usar sin rendir cuentas a nadie. Oro, petróleo triangulado, y pagos en efectivo o criptomonedas permiten financiar operaciones de inteligencia interna, redes de corrupción, y compra de equipamiento y servicios militares sin trazabilidad.
Esta caja negra es lo que mantiene funcionando al régimen cuando todas las cuentas oficiales están congeladas o bajo vigilancia internacional. Es la diferencia entre un gobierno sancionado que colapsa y uno que, contra todo pronóstico, sigue en pie.
Comprar lealtades: la dictadura de Maduro es una mafia
El régimen además de pagar sueldos a sus militares y funcionarios. Les entrega negocios. A generales, el control de minas, puertos, aduanas, sectores enteros del Arco Minero. A civiles cercanos, contratos de intermediación en alimentación, programas CLAP, transporte de petróleo. A aliados internacionales, participación en la reventa de recursos.
Esto transforma a la élite militar y política en cómplice estructural del esquema ilegal. Su fortuna personal depende de que el sistema continúe. Romper con Maduro significa perder un negocio, enfrentar investigaciones, quedar expuesto ante otros actores criminales que también participan del circuito. El costo de la deserción se vuelve prohibitivo.
Financiar la represión y el control social
Este dinero en negro, al no estar sujeto a controles presupuestarios ni auditorías, se dirige directamente a los cuerpos represivos: la DGCIM, el SEBIN, los colectivos armados. También financia la compra de alimentos y bienes para programas clientelares como el CLAP, que funcionan como mecanismo de control social: el régimen decide quién come y quién no.
Además, sostiene una red de espionaje político con fuerte asistencia cubana. Sin esa caja paralela, el régimen tendría dificultades severas para mantener el nivel de represión y cooptación que actualmente despliega.
Relevancia geopolítica: Venezuela como socio útil
Al ofrecer petróleo barato y triangulado, una plataforma logística en América Latina, y cobertura diplomática recíproca, Maduro asegura apoyo ruso en foros internacionales, acceso a armas y entrenamiento militar, soporte iraní en combustibles refinados y tecnología, y protección e inteligencia cubana.
Venezuela deja de ser un país normal para convertirse en nodo de una economía política sancionada global, donde todos los actores involucrados tienen algo que perder si el régimen cae. No es solo Maduro defendiéndose, es Maduro como pieza de un tablero mucho más grande, donde Moscú, Teherán y La Habana también juegan sus cartas.
El despliegue naval de Estados Unidos

El despliegue del USS Gerald R. Ford y otros activos navales bajo la operación Southern Spear marca un cambio cualitativo en la estrategia estadounidense hacia Venezuela.
Se trata de interdicción física: fuerzas especiales abordando buques en aguas internacionales, un portaaviones y un grupo de combate realizando vigilancia intensiva en el Caribe, y un objetivo explícito de desmantelar las redes criminales transnacionales y la flota en la sombra vinculada a Venezuela, Irán y Rusia.
Es un paso hacia una especie de bloqueo selectivo de facto, aunque sin declararlo como tal. Y las implicaciones son profundas.
El Caribe como frente de seguridad nacional
Estados Unidos percibe que Irán y Rusia están usando Venezuela y Cuba como plataforma logística cercana a sus costas, y que la flota fantasma y el tráfico de petróleo, armas y dinero negro en su “mar interior” representan un riesgo estratégico inaceptable. El reposicionamiento del Gerald R. Ford y otras unidades navales muestra que el Caribe vuelve a ser tratado como frontera activa, no como un simple “patio trasero” controlado por inercia histórica.
Esto tiene resonancias de la Guerra Fría, pero con actores y dinámicas diferentes.
Efecto disuasorio sobre el modelo del buque fantasma
Incautar el Skipper lanza una señal clara a armadores que alquilan barcos a redes venezolano-iraníes, a aseguradoras que aún cubren parcial o informalmente estos buques, y a tripulaciones y capitanes que aceptan tomar estos contratos. El riesgo, lejos de una sanción, pasa a la pérdida del barco y la carga en una operación militar, con repercusiones penales y financieras inmediatas.
Esto encarece los fletes, reduce la oferta de buques dispuestos a entrar en el negocio, y obliga a Maduro a ofrecer descuentos mayores y a aceptar condiciones aún más draconianas de parte de sus compradores.
En términos prácticos, cada buque incautado es un golpe directo a la estructura financiera del régimen: se pierden decenas de millones en ingresos inmediatos, se interrumpe el flujo logístico, y se envía un mensaje a quienes dentro del régimen manejan esas operaciones de que el margen de maniobra se estrecha.
Si esta política se sostiene, el impacto macroeconómico puede ser enorme, provocando caída de exportaciones reales, mayor dependencia de China y Rusia, y mayor costo político interno si disminuyen los recursos disponibles para pagar lealtades.
El golpe colateral a Cuba
Para Cuba, esta incautación y la intensificación de controles marítimos significan menos petróleo subsidiado en un contexto donde México también ha recortado envíos. Eso se traduce en más apagones, más crisis energética, más vulnerabilidad social. Hay menos margen para usar el petróleo venezolano como fuente de reventa en el mercado negro.
Estados Unidos logra así un doble golpe: a la caja de Maduro y al soporte logístico cubano que, paradójicamente, sostiene al propio Maduro. Es un círculo vicioso que Washington está tratando de romper mediante fuerza naval, no solo mediante diplomacia o presión financiera.
La arquitectura del modelo ilegal del petróleo
Lo que el caso del Skipper revela es la arquitectura completa de un narcorégimen. En términos prácticos, el mensaje de fondo que envía Estados Unidos es este:
“Maduro montó un Estado mafioso sostenido por oro y petróleo triangulados, y se va a romper aplicando fuerza”.
Lo que queda por ver es si esta estrategia logrará quebrar el sistema, o si simplemente lo obligará a adaptarse una vez más, encontrando nuevas rutas, nuevos intermediarios, nuevas formas de sobrevivir en los márgenes del orden internacional. Porque si algo ha demostrado este régimen es su capacidad de mutación como el peor de los virus.
Las fuentes principales citadas para el análisis fueron Infobea, Bitácora Económica, CNBC, El Economista, BBC Mundo, New York Times, entro otras.
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