La 98.ª ceremonia de los Óscar: claro diagnóstico de nuestros tiempos

La 98.ª ceremonia de los Óscar entendió que ya no se puede fingir que el entretenimiento y la política viven en habitaciones separadas. El cine, al menos el cine que Hollywood decide celebrar en este momento, ha dejado de aspirar a la neutralidad. Se ha convertido en un acto de posicionamiento.

Aaron Osoria

escenario de los oscar 2026 01

Protagonistas de la noche

La noche tuvo dos protagonistas en el palmarés. One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson, se llevó seis estatuillas —incluyendo mejor película, dirección y guión adaptado— y consagró a uno de los grandes autores del cine estadounidense tras catorce nominaciones personales a lo largo de su carrera.

Sinners, de Ryan Coogler, que batió el récord histórico con dieciséis nominaciones, obtuvo cuatro premios, entre ellos el de mejor actor para Michael B. Jordan. La distancia entre esas dos cifras se dio en aviso en un artículo previo. Estaba prevista la baja tasa de conversión. Sin embargo, todo ello engloba en sí mismo, una declaración de intenciones sobre lo que la Academia prefirió celebrar este año.

Paul thomas anderson y la victoria de la arquitectura

La película de Anderson, inspirada en la novela Vineland de Thomas Pynchon, sigue a un ex revolucionario —interpretado por Leonardo DiCaprio— perseguido por un militar corrupto que encarna Sean Penn, en una sátira sobre autoritarismo, migración y los límites del poder. Anderson reconoció en la sala de prensa que la película “tiene un claro paralelo con lo que sucede en las noticias cada día”, y nadie en la industria fingió no entender a qué noticias se refería.

Sean Penn ganó su tercer Óscar —tras Mystic River y Milk— y no estuvo presente en la gala porque viajó a Ucrania. Esa ausencia, involuntariamente, engordó el subtexto político de la noche con más elocuencia que cualquier discurso. Penn ingresa así al club prácticamente inexistente de tres veces ganadores del Óscar, junto a Daniel Day-Lewis (con mención a ser este el único actor en ganarlo 3 veces como mejor actor), Jack Nicholson y Meryl Streep.

Entre los seis premios de Anderson, uno merece atención especial por lo que inaugura: el Óscar a mejor casting, otorgado por primera vez en los noventa y ocho años de historia de la Academia. La ganadora, Cassandra Kulukundis —colaboradora de Anderson desde Hard Eight en 1996—, lo recibió por un trabajo que incluyó descubrir a Chase Infiniti, traer a Jim Downey y escalar a DiCaprio en un rol contra su imagen habitual (si bien el legendario actor ha hecho todo, y bien).

Al premiar la selección artesanal de rostros humanos en el mismo año en que la inteligencia artificial domina la conversación sobre el futuro del audiovisual, la Academia envió un mensaje que trasciende la ceremonia.

Sinners y la derrota que no es derrota

michael b. jordan gana el oscar a mejor actor

Que una película con dieciséis nominaciones termine con cuatro premios puede leerse como fracaso o como revelación. La segunda lectura es la correcta. Sinners, un thriller de vampiros ambientado en el sur de Jim Crow que Ryan Coogler concibó como “una película inusual en la superficie”, es apenas la octava película de terror en recibir una nominación a mejor película en toda la historia de los Óscar, y solo El silencio de los inocentes había ganado esa categoría dentro del género. Su presencia en la lista ya es una victoria estructural.

Los cuatro premios que sí obtuvo son, cada uno, un hito por derecho propio. Michael B. Jordan ganó su primer Oscar por un papel doble que lo consolida como nuevo rostro del drama serio de alto presupuesto. Ryan Coogler fue reconocido por el guión original de una arquitectura narrativa que funde horror, historia racial y mitología surerña.

Ludwig Göransson, con su tercer Óscar tras Black Panther y Oppenheimer, se convierte en el primer compositor en ganar tres premios de la Academia en el siglo XXI.

Autumn Durald Arkapaw escribió el hito más contundente de la noche: primera mujer en ganar el Óscar a mejor cinematografía en noventa y ocho años de historia, primera mujer negra en ser siquiera nominada en esa categoría. Su trabajo, enteramente fotográfico en formato IMAX 65mm, fue además una reivindicación del proceso artesanal frente a la producción digital.

Guillermo del toro y la artesanía como resistencia

Frankenstein, la nueva incursión de Del Toro en el gótico clásico, obtuvo nueve nominaciones y tres premios: mejor diseño de vestuario para Kate Hawley, mejor diseño de producción y mejor maquillaje y peluquería. Las cuatrocientas horas de trabajo artesanal de prótesis sobre Jacob Elordi que están detrás de ese último premio se volvieron, en el contexto de la noche, una respuesta implícita a la pregunta que la inteligencia artificial lleva meses formulando a la industria. El gótico de autor, más allá de sus ambiciones estéticas, se afirmó también como laboratorio de excelencia técnica.

Las actuaciones: la veteranía y la irrupción

jessie buckley ganó el oscar a mejor actriz principal

Jessie Buckley ganó el Óscar a mejor actriz por Hamnet, de Chloé Zhao, una película sobre el duelo y la maternidad en la familia de Shakespeare. La victoria reivindica el cine de época íntimo frente a los grandes espectáculos, y consolida a Zhao como la segunda mujer en recibir múltiples nominaciones a mejor dirección en toda la historia de los Óscar, tras Jane Campion.

El premio a mejor actriz de reparto fue para Amy Madigan por Weapons, y merece una detección: Madigan ganó su primer Óscar a los setenta y cinco años, cuarenta años después de su primera nominación por Twice in a Lifetime en 1985, con apenas catorce minutos en pantalla. El intervalo entre nominación y victoria es el más largo en la historia para una actriz, superando el récord de treinta y dos años de Geraldine Page.

Además, Madigan es la primera persona en ganar un Óscar por interpretar a un villano de terror en 32 años.

madigan ganó su primer oscar a los setenta y cinco años 01

La inteligencia artificial: el elefante en la sala

Conan O’Brien marcó el tono desde el monólogo de apertura:

“Tengo el privilegio de ser el último presentador humano de los Óscar. El año que viene será un Waymo con esmóquin”.

La línea funcionó como risa nerviosa colectiva porque detrás del gag hay un sector que acaba de atravesar huelgas históricas motivadas, entre otras razones, por la amenaza de la automatización creativa.

conan o’brien marcó el tono desde el monólogo de apertura de los oscar

Días antes de la ceremonia, un video generado por IA que mostraba a Brad Pitt y Tom Cruise en una pelea que se viralizó, encendiendo alarmas en la industria sobre los derechos de imagen y el copyright. O’Brien y Will Arnett —que al presentar los premios de animación declaró que “esta noche celebramos personas, no IA, porque la animación es más que un prompt”— no hablaban de un futuro hipotético; se referían a una realidad que ya toca la puerta.

La Academia actualizó sus directrices para establecer que las herramientas de IA generativa “ni ayudan ni perjudican” las posibilidades de nominación, siempre que “la autoría creativa humana esté en el centro del logro”. Analistas describieron esta postura como un “don’t ask, don’t tell” tecnológico: tolerancia al uso técnico de la IA, siempre que no aparezca como sustituta del autor.

Controversias previas —el uso de IA para ajustar acentos en The Brutalist o para modificar el color de ojos en Dune: Part Two— demostraron que la línea entre herramienta y decisión estética es ya prácticamente invisible.

El primer premio de casting de la historia, el trabajo fotográfico de Arkapaw en IMAX 65mm, las cuatrocientas horas de prótesis de Del Toro: en ese contexto, cada premio a la artesanía humana fue también un acto de posicionamiento.

Mecenazgo o eutanasia: el cine de autor en el exilio del algoritmo

La 98.ª edición de los Óscar terminó por confirmar la esquizofrenia de una industria que premia la excelencia técnica de obras como el Frankenstein de Del Toro, mientras admite en silencio que su existencia depende del mismo gigante que desmantela la experiencia colectiva de las salas.

El dardo de Conan O’Brien a Ted Sarandos fue el acta de rendición de la Academia. Netflix se ha convertido en el mecenas necesario para el cine de autor a gran escala, pero a cambio de convertir el ritual cinematográfico en un trámite legal para ganar estatuillas antes de que la obra sea devorada por el flujo del algoritmo.

Esta tensión entre el arte y el negocio alcanzó su punto más crítico cuando el humor de O’Brien desnudó la incomodidad de la sala: la “magia del cine” hoy se financia con la monetización del aislamiento doméstico.

Mientras los estudios tradicionales se refugian en franquicias seguras, el streaming asume el riesgo creativo, pero despoja a la película de su peso cultural como evento social. El resultado es un cine de primer nivel técnico que nace y muere en un servidor, dejando al espectador no como parte de una audiencia, sino como un dato más en la métrica de retención de una plataforma.

Geopolítica en el podio

mr. nobody against putin ganó el oscar al mejor documental 01

El nombre de Donald Trump casi no se pronunció, pero su administración fue el referente implícito de la noche. La película que llevó el vestido más pronunciado de la noche evoca con sátira un régimen autoritario que radicaliza el tema de la migración como justificación para volver hacer grande al país. El mensaje está claro.

Javier Bardem recibió aplausos al declarar “Free Palestine” antes de entregar un premio. “The Voice of Hind Rajab”, docudrama tunecino sobre una niña palestina de seis años asesinada durante el asedio israelí de Gaza, fue nominada a mejor película internacional. Su protagonista, el actor palestino Motaz Malhees, no pudo asistir por restricciones de viaje, y su mensaje —“Pueden bloquear un pasaporte, pero no una voz”— se convirtió en otra cita viral de la noche.

En el frente ucraniano, Mr. Nobody Against Putin ganó el Óscar al mejor documental. El director Pavel Talankin pidió desde el escenario, en ruso, “en nombre de nuestros hijos, paren todas las guerras ahora”. Es el tercer documental crítico con el Kremlin que gana ese premio esta década, tras Navalny en 2023 y 20 Days in Mariupol en 2024. El asedio cultural es claro, aunque debatible frente a otros frentes medio mediáticos y “occidentales”.

Sean Penn, ausente por estar en Ucrania. Talankin, presente para pedir el fin de la guerra. La gala, en su propia disposición, operó como crónica del momento aunque en una pequeña franja de los tantos problemas que enfrenta el mundo.

El cine latinoamericano: memoria como urgencia

The Secret Agent, de Kleber Mendonça Filho, ambientada en la dictadura militar brasileña de los años setenta, obtuvo cuatro nominaciones incluyendo mejor película y mejor actor para Wagner Moura —primer brasileño y sexto latino en la historia de esa categoría—.

Moura declaró que la película “nació del trauma de la presidencia de Bolsonaro y de la ausencia de memoria histórica en Brasil”, y que “estamos resolviendo ahora nuestro problema con la memoria fortaleciendo la democracia”. Su nominación se suma a la victoria de Aun estoy aquí de Walter Salles el año anterior, consolidando a Brasil como potencia del cine político iberoamericano en el circuito de premios internacionales.

La globalización del relato

El palmarés de 2026 incluye una película noruega, un documental danés-ruso, un drama brasileño, una animación basada en mitología coreana —KPop Demon Hunters, de Netflix, ganó mejor largometraje animado—, un filme mexicano-hollywoodense sobre Frankenstein y un docudrama tunecino sobre Palestina. La Sentimental Value noruega fue además la primera película de ese país en ganar mejor película internacional, rompiendo una racha de siete nominaciones previas sin victoria.

La Academia, con más de nueve mil miembros internacionales, ha creado un electorado que refleja —mejor que en cualquier momento anterior de su historia— la diversidad geográfica del público mundial. La gran sala del cine global ya no habla solo en inglés ni mira solo hacia Hollywood.

La sala contra el streaming: la batalla que no termina

La nominación de «F1» a mejor película fue una de las grandes sorpresas de la noche: un filme de carreras producido por Apple con Brad Pitt, que recaudó 631 millones de dólares y que varios críticos habían descartado como proyecto de vanidad.

Su presencia en la lista recuerda que la Academia amplió las nominaciones a diez precisamente para dar cabida a códigos populares que de otro modo quedarían fuera de la conversación.

Ryan Coogler grabó un video de diez minutos explicando por qué Sinners debía verse en IMAX 70mm, reafirmando su fe en la experiencia comunal del cine en sala. Ted Sarandos, co-CEO de Netflix, respondió que quienes insisten en ese modelo se aferran a un “concepto anticuado”.

Universal, mientras tanto, anunció que a partir de 2027 extenderá la ventana de exclusividad teatral a un mínimo de cinco fines de semana. El debate no ha terminado; apenas ha encontrado nuevas trincheras.

Lo que la gala de los Óscar deja al descubierto

lo que la gala de los oscar deja al descubierto

La 98.ª ceremonia puede leerse como un acto de resistencia múltiple: contra la automatización creativa, contra el autoritarismo político, contra la uniformidad cultural y contra la idea de que el cine de género o el cine no anglosajón son categorías menores.

Las películas premiadas, en el fondo, hablan de poder, de quién lo tiene, quién lo pierde y quién lo disputa.

Anderson dedicó su premio a sus hijos, “para disculparme por el desastre que les dejamos en este mundo”. Joachim Trier, recogiendo otro de los galardones de la noche, citó a James Baldwin para pedir que no se apoye a políticos que ignoran el bienestar de los niños. Talankin habló en ruso para pedir el fin de las guerras. O’Brien recordó que treinta y una naciones de seis continentes estaban representadas en la sala, con el mensaje implícito de que el cine es, por naturaleza, lo contrario de una frontera cerrada.

La gala osciló entre el chiste sobre el Waymo con esmóquin y el grito de parar todas las guerras. Eso es el retrato fiel de una industria que, en 2026, ya no puede fingir que el entretenimiento y la política viven en habitaciones separadas, aun reconociendo que las alfombras pueden dejar una sensación extraña entre demagogia e hipocresía. En este sentido, el llamado al “optimismo” es una simbología que pretende denunciar mientras se vive, aceptando que la realidad es cruel y el bienestar en selectivo por regiones en una civilización enteramente fracturada.

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